Divididos: “Hoy el negocio es el odio”

Todo comenzó como un juego. Como dos canillitas de los años 40 que voceaban las noticias del barrio desde el sótano de una fábrica de zapatos, en El Palomar. “Cuando se fue Luca, a los dos meses apareció Diego, que se había ido a Córdoba, y nos juntamos un rato ahí en el sótano de la fábrica de zapatos de mi papá. Era una cosa muy chiquita, pero me había armado un lugar donde poner la portaestudio y poder jugar”, recuerda Ricardo Mollo. “Estábamos los dos solos, reflexionando sobre todo lo que nos había pasado, y las primeras cosas que empezaron a salir fueron esos dos personajes que llamábamos ‘los canillitas’. Poníamos algo y empezábamos a relatar lo que pasaba y los canillitas reflexionaban sobre eso que estaba pasando. Ahí empezó a gestarse Divididos”.

Era 1988. La muerte de Luca Prodan a fines de 1987 había desmembrado a Sumo, y Ricardo Mollo y Diego Arnedo jugaban a los canillitas mientras buscaban una salida. “Eran dos pibes que andaban por ahí y ven que hay una fiesta en una casa, entonces uno subía a un árbol a mirar. ‘¿Y? ¿Qué está pasando?’, le preguntaba el otro desde abajo. ‘Están bailando ahí en un lugar y no sé qué’ y le relataba la situación. Era todo un absurdo y gritaban medio con una vocecita rara, finita, así como los canillitas de las películas argentinas en blanco y negro. Había muchos. El más famoso era Toscanito. ¿Sabés por qué gritaban así en las películas? Porque en esa época no había Dolby”.

Arnedo: ¿Y vos te acordás que esos dos personajes llegaron a la actuación? Una vez los llevamos a Obras. Eran los personajes de “Tajo C”. En un show decidimos invitar a unos músicos que tocaban más o menos lo que habíamos grabado y nosotros dos nos disfrazamos como de canillitas e hicimos una performance.

Mollo: Sí, con galochas, esos pantalones de pescadores, que cortamos y quedaron como si fueran de esa época de las películas.

Arnedo: Pero lo bueno de aquellos primeros años era que vos [Ricardo] tenías algo con qué grabar todas esas cosas. Cuando se nos ocurría algo que nos parecía bueno, íbamos y lo grabábamos; cualquier cosa.

Mollo: Y ahora que me hacés acordar, la primera letra que hicimos fue “De qué diario sos” (incluída en el primer álbum de Divididos, 40 dibujos ahí en el piso, 1989). Porque, claro, una de las cosas que teníamos eran estos personajes, estos pibes, y lo primero que cantamos arriba de una base fue eso: “¿Y vos de qué diario sos?”, como un diálogo entre estos dos canillitas que se cruzaban en la calle. En algún lado esos casetes deben estar todavía.

Arnedo: Lo insólito es que esos canillitas de los primeros días después medio que crecieron y deambularon, se perdieron un poco, y volvieron a aparecer con “Tajo C”. Estábamos por grabar La era de la boludez y cuando vino Gustavo Santaolalla a escuchar al sótano para ver qué canciones teníamos, le mostramos esos casetes y cuando escuchó eso dijo: “Esto está buenísimo, hay que meterlo en el disco”. “Pero esto suena como el orto, Gustavo”, le dijimos, porque era la versión original. “No importa, yo tengo un lugar en Los Ángeles donde limpian todo y te lo dejan perfecto”, nos dijo. Y me acuerdo de que después fuimos a ese lugar a limpiar la cinta, porque tenía un acople imposible, y… ¿te acordás qué pasó? [Arnedo mira cómplice a Mollo, que asiente sonriendo]. Entramos para hacer el trabajo y escuchamos una voz que salía de los parlantes, nos miramos y dijimos: “¿Qué hace Luca acá?”. Estaban limpiando unas cintas de Jim Morrison, unos relatos de poemas de él, y su voz sonaba igual a la de Luca.

Mollo: Bueno, de esos casetes de los primeros años que escuchó Santaolalla también salió “Dame un limón”. Le faltaba un estribillo y lo compusimos ahí mismo. Estábamos armando un rompecabezas al que le faltaban piezas, porque en esa época no teníamos muchos temas. Por eso cuando escuchó “Tajo C” se volvió loco. En realidad, ese era un tema que le dedicamos a las Locas como tu madre (programa de radio fundado por Diana Baxter, Silvia Armoza, Mónica Weinberg, Ingrid Recchia y Karina Ryvak). ¿Te acordás? Estábamos en el sótano y nos habían invitado al programa, entonces le digo a Diego de llevarles un tema. Nos pusimos una batería, armamos una base y empezamos a hacer ese relato de las mujeres argentinas (aquel que enumeraba “Betty, Peggy, Mery, July… Tita Merello, Azucena Maizani, Olinda Bozán y… la Gorda Matosas”).

Arnedo: Mientras la sala se inundaba, ja, ja… Estábamos grabando y como llovía mucho se empezó a inundar el sótano.

Mollo: Pero bueno, el nacimiento de esa cosa fue a partir de estos canillitas que reflexionaban sobre lo que veían del mundo. De su mundo, ¿no? De su barrio y de sus dirigentes y de qué diario sos. La letra, te digo, aplica al día de hoy. Eso me mata, ¿viste? Es seguir escribiendo de diferentes formas, pero en la misma realidad. La problemática sigue siendo la misma.

En los 90 era la era de la boludez, ¿y hoy?

Mollo: Hoy más boludos. La era de la recontra boludez. Al final no aprendimos nada, como dijo Luis en un momento.

En este disco nuevo tienen mucho de esos canillitas contando lo que pasa en su barrio…

Mollo: Claro, seguimos siendo esos dos canillitas que se juntan a reflexionar, ja, ja.

FOTO: IGNACIO ARNEDO

Un mundo ganado

Hoy llegó la carroza del cielo/ trayendo pociones para este mal/ El cochero sonriente y amable/ le abre la puerta al virrey actual/ Con su estirpe joven, hambriento, no notarás/ que no trae nada y que sólo viene a llevar”, canta, vocea Mollo en “Mundo ganado”, el primer tema nuevo que la banda lanzó después de nueve años, allá por 2019, y que se convirtió en el primer adelanto del álbum editado finalmente en noviembre de 2025, Divididos. “Un banquete de hoy por un hambre a futuro es el trato/ es lo que vendrá/ Con valijas de piel de otros/ tu sueño, tu anhelo, se llevarán”. Al parecer, los canillitas siguen contando lo que ven a su alrededor, subidos a la copa de un árbol.

Estoy frente a las tres partes de Divididos, los cuatro cómodamente sentados y de muy buen humor, en la sala de control de su estudio/quinta de Parque Leloir. ¿La excusa? Hablar de Divididos, el álbum, pero también de Divididos, la banda, en lo que será su primera entrevista con Rolling Stone en 26 años.

El trío terminó de construir este estudio pocos meses antes de grabar Amapola del 66 (2010) con la pintura aún fresca. Lo que antes era un comedor, hoy es la sala principal del estudio y las habitaciones linderas se transformaron en una suerte de Disney para músicos: una habitación con decenas de guitarras y un apartado para los bajos; otra con bombos y toms del piso al techo, bien ordenados en tres grandes estanterías; y una más repleta con amplificadores de todo tipo y tamaño, estuches de guitarras, viejos grabadores y parlantes.

Las paredes de la sala principal están pintadas de color rojo sangre y en el centro reina la batería de Catriel Ciavarella. Desde el techo cuelgan una decena de delfines grises, que forman parte de la estética/gráfica del nuevo disco desde afiches, flyers y visuales. “Están hechos a mano”, aclara Mollo. “Los delfines fueron el primer símbolo de Sumo”, agrega el guitarrista en referencia a la portada del álbum debut de Sumo, bautizado en 1985 Divididos por la felicidad. En el presente de la Aplanadora todo parece cruzarse y resignificarse.

Según certifica el papel ayuda memoria que Diego Arnedo lleva en el bolsillo trasero de su jean negro, y que oportunamente le dio el ingeniero de sonido del grupo, Facundo Rodríguez, “el primer tema del disco, ‘Mundo ganado’, salió en junio de 2019, y terminamos de grabar el último tema en junio de 2025”.

En medio de ese período de seis años de gestación (aunque en rigor los demos de varias canciones ya estaban registrados desde algunos años más), el “mundo ganado” del que hablan en la canción sufrió una pandemia y varias de las ideas incluidas en el nuevo álbum surgieron desde ese encierro. “En esos días salió ‘Insomnio’; la primera versión la grabamos cada uno desde los celulares, en su casa”, cuenta Mollo. “En pandemia aprendí a manejar ProTools en la computadora. Me acuerdo de que conseguí un permiso para ver a mi vieja, que tenía quilombos, y aproveché y me vine hasta la sala y me llevé una compu que había acá. Yo había jurado morir sin tocar el ProTools, pero bueno, no va a ser así. La usé para jugar en casa, para hacer canciones en el encierro, relegando y extrañando obviamente los sonidos naturales de acá, pero me ayudó a desarrollar ideas más allá de la calidad de audio. Es como decir: ‘Voy a escribir un libro, pero no tengo una máquina de escribir. Entonces, lo escribo a mano’. Fue como encontrar el recurso en ese momento para poder expresarme. De ese juego salió ‘San Saltarín’. Jugaba a hacer canciones con reminiscencias de otras que había escuchado y, bueno, ‘Saltarín’ es como una marcha que tiene reminiscencias a ‘Crua Chan’. Terminó siendo como un guiño”.

FOTO: IGNACIO ARNEDO

Antes hablábamos de la época en que Santaolalla los producía, pero hace tiempo que no dejan que un tercero (en este caso, un cuarto) los produzca… ¿Cómo les funciona la autoproducción?

Mollo: A mí, por momentos me dan ganas de tener un productor, porque la mirada del otro es importante. Lo que pasa es que tiene que ser una persona que vos sientas que va a trabajar en conjunto y no va a hacerlo para sí mismo. A nosotros nos funciona así porque nos cuidamos. Cada uno cuida el sonido de su instrumento, pero a la vez cada uno está atento al sonido del instrumento del otro. Por ahí yo toco algo en la guitarra que no estaba en el tema y ellos me dicen ‘eso está bueno, déjalo así’. No era lo que iba a tocar, pero confío en la mirada de ellos y cuando voy al control a escucharlo, claro, tenían razón.

Arnedo: Claro, eso es algo interesante, es la pérdida del concepto de uno mismo cuando te parás un poco en tus propias cosas. Porque manejamos un montón de variables y, de repente, están los otros, que te dicen algo, y la opinión te cierra y te termina de convencer. Desde ese consenso se genera la producción.

Ciavarella: Y también los años, la experiencia, la posibilidad de tener un estudio propio. Como dice Ricardo, a veces tienta una mirada externa, pero a la vez llegamos con todo mucho más cocinado de lo que hubiese sido cuando éramos más pibes y no teníamos la chance de tener tanto tiempo y tantas variantes a nivel sonoro y tanto laburo detrás.

Mollo: Igual, la figura del productor, sobre todo acá, llegó tarde para nosotros. Porque los discos de Sumo eran una producción caótica de todos los Sumo opinando, ¿me entendés? Era buenísimo porque era un caos.

Arnedo: Sí, cada uno se iba subiendo el fader, ja.

Mollo: Como no sabíamos usar la automatización de las máquinas, cada uno sabía en qué momento tenías que subirle. Imaginate lo que fue el primer disco. Para nosotros fue entrar a un espacio nuevo, donde no sabías bien qué hacer, pero tenías una idea de lo que querías que pasara. El productor es lo que pasa entre el músico y el ingeniero.

FOTO: IGNACIO ARNEDO

Del moretón a la cicatriz.

La última vez que había estado en esta quinta fue en agosto de 2002. Todavía la casa no era un estudio, apenas una improvisada sala de ensayo, con instrumentos colgados de sus paredes. Divididos acababa de editar Vengo del placard de otro, un disco en el que los canillitas contaron, a su manera, lo que veían en aquellos años de crisis institucional, social y política de la Argentina. La imagen de la tapa del álbum, responsabilidad del diseñador Alejandro Ros (al igual que ahora en Divididos), era una morcilla. “Es un poco como el moretón argentino. La morcilla es un argentino, cagado a palos. ¿Hay algo más argentino que una morcilla? Representa el machucón de los que vivimos acá”, decía Arnedo.

Veintitrés años después, la portada de Divididos vuelve a confirmar lo bien que se le da la metáfora gráfica sobre la Argentina a Alejandro Ros (recordar los años de menemismo explícito reflejados en la tapa de Miami, de Babasónicos, 1999). Un retazo de tela blanca, otro celeste y una costura con hilo quirúrgico que intenta cerrar la herida. “Un día fui al estudio de ellos y escuché el álbum completo sin hablar. ¡Arrasador!”, dice Ros. “Después hablamos un montón, leí mucho las letras y aparecieron varias ideas. Diego dijo de hacer algo con una bandera y entonces fui a comprar una, la rompí y luego la cosí con hilo quirúrgico. Creo que la imagen juega muy bien con el nombre de la banda y así fue también que salió el título del disco: Divididos”.

“Por esas cosas que nos hace el tiempo/ por laberintos de rosales voy/ Cae la flor sobre su propia espina/ No hay sueño que no lleve cicatriz”, canta, vocea Mollo en “Bafles en el mar”.

“En el disco hay un concepto que está sintetizado en esos dos colores de la tapa, que remiten un poco a nuestra patria y cuenta de dos energías que se desencuentran, porque una tira para un lado y la otra tira para el otro, y genera ese desgarro”, dice Arnedo. “Esa sutura es un poco una expresión de deseo. Juntar eso de nuevo, esa polarización, tratar de que con esa sutura, en algún momento, los hilos se disuelvan y suceda eso que todos queremos: la unión de los argentinos”.

 “La cicatriz es una expresión de deseo, la costura de las heridas de una sociedad que gracias a muchos factores se polariza y al polarizar se pierden un montón de matices y en esa pérdida viene la división. Por eso también el disco se llama Divididos. Estamos divididos, pero queremos coser esa división y poder aliarnos en este viaje”, completa Mollo citando otra de las letras del disco, “Aliados”.

¿Y ustedes qué cicatriz o qué herida sin cerrar tienen?

Arnedo: Todos las tenemos, seguro. Cada persona tiene su cicatriz, que tiene que ver con las adversidades, con aquello que te pasó que no estaba en tus planes y que de pronto te golpeó, y te quedaste lastimado y hubo que curarlo.

Mollo: También hay heridas de guerra. A veces hablo con algún amigo sobre la pérdida auditiva, que me pasa, y me dicen ‘¿podés vivir con eso?’. Son heridas de guerra, cosas que han pasado por haber vivido. Herida de guerra es la pérdida de un amigo, de un compañero, en este caso Luca, que se fue. O Killing [Jorge Castro, histórico manager y amigo de la banda], que se fue también. Son cosas que te van dejando como marcas y que así como por ahí yo tengo heridas de haber trabajado y haber tenido accidentes de trabajo, cuando las veo me acuerdo del momento. Justamente en el disco hablamos de eso, de la recomposición… El paso del tiempo hace esa magia que es ir cerrando esas cosas, pero también dejándote una señal, una marca. Porque es parte de tu memoria. No hay sueño que no lleve cicatriz. Uno tiene que apostar, aunque a veces se lastime. “Por laberinto de rosales voy”. Porque, claro, estás yendo por un laberinto no de hojas suaves, sino de espinas. Es un camino que te deja pequeñas cicatrices. Está bueno si en algún momento llegás a ese lugar deseado, no olvidarse de todo eso que te pasó hasta llegar ahí.

Ciavarella: A mí me preguntan mucho si “ya cumplí mi sueño”, por estar acá donde estoy. Como si cumplir un sueño fuese llegar a un lugar y quedarse ahí. A mí me parece fabulosa la frase “no hay sueño que no lleve cicatriz”, porque es muy real. Grafica un poco lo que yo quiero decir a veces cuando hablo del sueño. El sueño tiene su día a día, sus situaciones, sus cosas. No es “llegué al sueño y listo”, todo color de rosa.

FOTO: IGNACIO ARNEDO

Mollo: No, no, no. El sueño es encontrar el camino. Como dijo Kerouac.

Ciavarella: Todos los días me cuesta, porque me doy manija, porque hacés una cosa que no te gustó. La repercusión que tiene hacer algo que no te gustó. Nada es fácil. Por ahí hay gente que lo vive así, como en una nebulosa de felicidad eterna, llegar a un sueño.

Mollo: Llegar al sueño te va a dar mucho sueño, porque te vas a empezar a aburrir. ¿Esto era el sueño? Lo más lindo fue llegar hasta acá, porque es todo un camino sin camino. Me voy acordando de frases, como la de “Sopa de tortuga”, que era una analogía que hacíamos… Como que las tapas de los discos parecen sobres de sopa. Esa canción está dedicada a los cazadores de canciones, esos que buscan el hit. Y después del hit, morite. Sos el artista del año, llegaste, y el año que viene, ¿qué hago?

Mollo dice que fue Alejandro Ros el que al crear la imagen de tapa sirvió en bandeja el nombre del álbum. “Ale y su minimalismo extremo”, dice Arnedo. “Todos los discos se pudieron haber llamado Divididos, pero acá, cuando Alejandro vino con esa imagen, no hubo debate, tenía que ser Divididos. Después descubrimos que los puntos de sutura eran doce y dijimos: ‘¡Qué hijo de puta este Alejandro! Le puso doce puntos por los doce temas del disco y no nos dijo nada’. Cuando lo llamamos y le comentamos, resultó que no lo había pensado. ‘Las fuerzas del más allá’, nos dijo”.

Mollo: Lo que más fuerte sonó fue la cosa paradójica de Divididos suturado. ¿Entendés? Como divididos, pero no. Como pasó siempre. Yo me acuerdo de la primera vez que vi el nombre Divididos en la tapa de Página/12, cuando se dividió la CGT. Ahí dije “uf, qué fuerte”. Cuánta fuerza y cuánto que trae este nombre que se eligió por otra razón, pero que fue tomando su verdadero espacio a medida que pasó el tiempo. Las cosas no se piensan y son… Suelen ser mágicas. Andá a saber, ja.

En “Doña Red” dicen “vuela pensador, vuela sin pensar”…

Mollo: Claro, porque la única manera de poder volar es que no lo pienses porque si no, te quedás. La vieja frase de que la abeja con su tamaño, en relación a sus alas, técnicamente no puede volar. Por eso la abeja no lo sabe. Nunca se puso a pensar que con estas alitas no podía volar.

Arnedo: Es un concepto medio prodeano, ¿no? No pensar… “Están pensando mucho, no piensen tanto”, decía Luca. “¿Qué quieren? ¿Quieren ser perfectos, ser perfeccionistas?”.

Dos faros: Luca y Spinetta

A lo largo de las dos horas de la entrevista, y habrá que decir también que de los 50 minutos de extensión del álbum, hay dos nombres que sobrevuelan una y otra vez: Luca Prodan y Luis Alberto Spinetta. “Recuerdos de Luisito/ esa barca que nunca zarpó”, canta, vocea Mollo en “Insomnio”, parafraseando “Cantata de puentes amarillos” del álbum Artaud (1973).

“Luis es parte de esa energía que nos regaló y que nos dejó esto”, dice Mollo. “Y ‘El faro’ también habla un poco de eso. ‘¿A cuántas balsas estoy? Naufragando’. ¿A cuántas balsas creo que estoy? ¿Y cuántas balsas me faltan para llegar a ese estado de conciencia? Siempre Luis vuela por ahí, porque fue un referente en todo sentido, en nuestros momentos más críticos, de situaciones de crecimiento, entre comillas, y de exposición. Siempre era: ‘¿Qué haría Luis en este caso?’. Él siempre tenía esas frases que las escuchás ahora y decís ‘¡qué maestro!’. Fue un maestro que dejó mucha enseñanza. Como Luca, que fue otro maestro que dejó otro tipo de enseñanza. Nos dejaron herramientas y eso está buenísimo”.

Mollo confiesa que se los extraña, que extraña al amigo y a la energía de esas dos personas que fueron tan generosas con ellos. “Qué suerte que tuvimos esos referentes, con tanto amor para dar. Porque hoy lo que veo, y entiendo que es parte de lo adictivo, parte del negocio, es la violencia como estímulo, el impacto en algo que ves, la edición de algo que dijiste con el único objetivo de generar odio en el otro. Hoy el negocio es el odio, porque el odio genera consumo de datos. Lo único que quieren es eso, que se consuman datos. Entonces yo te voy a poner cualquier cosa para que vos consumas datos. Si tomáramos conciencia de eso, las cosas podrían tener un pequeño cambio. Poder decir ‘pará, me estás metiendo la mano en el bolsillo. Me estás regalando odio y yo te pago’. Es perverso”.

Divididos, el disco, es una obra reflexiva quizá como nunca antes en la historia de la banda. Potente por momentos, cálida y arrulladora por otros. Golpea, pero también acaricia. Canciones que se revelan crudas, pero que buscan el camino de la esperanza. “Es que si no tenemos esperanza, nos ganaron. La que queda es continuar en este mundo veloz, como dice en la última parte de ‘Doña Red’, después de que el tipo cae y se da cuenta de que fue víctima de una pantalla y que entra en un mambo y dice: ‘¿Dónde estoy? ¿Dónde me va a llevar este lugar?’. Doña Red sin red. O sea, estás en el aire y es muy fuerte”, continúa Mollo.

“El tipo reflexiona todo eso y termina reconociendo que el enemigo no está afuera, que el enemigo es él, es su cabeza”, completa Arnedo. 

Ciavarella: Creo que en casi todos los temas del disco podés encontrar esa doble faceta, de un sol dentro de este contexto oscuro.

Mollo: “Poetas traigan luz” (“Reviente el mi mayor”).

En lo personal, ¿ustedes dónde encuentran la esperanza?

Mollo: Bueno, en la creatividad. En la creatividad diaria, no en la de la composición de una canción o de escribir un libro. La creatividad diaria que vos puedas desarrollar, eso que tenés, sea para lo que sea, que tenga un desarrollo y que puedas entrar en esa contraposición de este mundo cibernético, donde todo está digerido, ¿entendés? No, dejame masticar a mí y dejame sentir la textura de la comida. No me des un puré que ya está ahí. Dejame a mí desarrollar las papilas gustativas, los jugos de mi cuerpo. La creatividad, en todo sentido, en lo que sea.

Ciavarella: La esperanza está también en la cantidad de pibes y jóvenes que están haciendo cosas increíbles y creativas, sin la necesidad de la inteligencia artificial. Porque pareciera que el mainstream se come todo y lo que queda es lo malo. Pero no.

Mollo: Se eclipsa mucho con lo que ya está digerido, ¿viste? O sea, te ponen un tema número uno hecho por IA y vos decís “pará, que hay un montón de gente componiendo cosas nuevas. No me des este refrito que te hace una máquina que solamente favorece a los dueños de esas plataformas”. El tema ‘Mundo ganado’ viene también un poco de una reflexión de un CEO, creo que de Volkswagen o de una empresa de automotores, que le preguntan a quién le tiene miedo, a Mercedes Benz o a Toyota y el tipo dice ‘no, yo le tengo miedo a Google y a los grandes formadores de estas cosas’. El tipo empieza a enumerar todo lo que va a desaparecer en ese mundo feliz. Entonces, ¿dónde queda el ser humano en todo esto?

Ciavarella: Yo siempre pienso que el ser humano se las arregla para ir por el medio. Por lo menos en este plano, lo que tengo cerca, en este país. El hijo de Ricardo es un loco de los autos y se pone a dibujar autos y le gusta ir a aprender a dibujar autos. Creo que hay esperanza en eso, en el humano mismo.

Arnedo: Mirá cuando esos pibes, o pibes más chicos, toquen y de teloneros tengan a tres robots.

Ciavarella:  No, eso no va a pasar.

Arnedo: ¿No? No sé si no va a pasar.

Ciavarella: Yo no dramatizo porque veo que hay tantos jóvenes en otra situación. Tu hijo toca el piano y no lo podés creer.

Arnedo: Pero lo otro también viene con todo.

Mollo:  Igualmente, no es renegar de la tecnología, sino no perder de vista que la tecnología es una herramienta. Tenés una tuerca y tenés una llave, que es para ajustar esa tuerca. Hoy la tecnología es esa llave francesa que la regulás y ajustás la tuerca. Pero si es la finalidad, nos vamos a perder los creativos del futuro.

Arnedo: Para mí es como Frankenstein… Se va a comer al constructor.

Ciavarella: Ojalá tenga razón yo. El humano va a prevalecer.

Mollo: El tema es el exterminio de la naturaleza. Porque el alimento de todo esto que estamos hablando son los recursos.

Arnedo: Y bueno, ya lo dijimos: “Madre selva ven a mí. Y ven por vos” (“Revienta el mi mayor”). O sea, ven un poquito, respira en medio de ese cemento.

Mollo: Es verdad que todos los temas tienen una parte muy cruda y fuerte. Y por otro lado tienen como un grito de esperanza.

Ciavarella: Totalmente, porque está el lado que parece que nos va a comer y el otro lado con un montón de cosas que dan esperanza.

¿Y Dios dónde está para ustedes en medio de todo esto?

Mollo: ¿Cuál de ellos? Preguntale a los físicos cuánticos. ¿Dónde está Dios? Dios está ahí. Dios vive dentro tuyo. Si no, no tiene sentido. Si Dios no vive dentro de ti, hay algo que está mal.

Arnedo: Dios es la naturaleza.

Ciavarella: Para mí Dios está en la sensibilidad. Yo creo que sigue habiendo gente sensible, en el buen sentido. Gente sensible es ese papá con el nene en el medio del show. Yo veo a Dios ahí, en la gente sensible que no anda tirando mierda, que vive su vida de una manera más copada y va dejando cosas buenas en todo.

Arnedo: Pero viste, es lo mismo. Hay un Dios para un lado y otro Dios para el otro.

Mollo: Pero no hay que entrar en esa, porque ellos necesitan que entremos ahí. Dios no está tirando misiles de un lado para el otro. No, Dios está acá, adentro tuyo. Es la conciencia. Ya lo dijo el gran poeta: “La conciencia es la abuela que regula el mundo”. Y cuando te detenés un rato en esa frase decís: “La abuela”. ¡Qué genialidad!

Arnedo: ¿“Jugo de lúcuma” era esa?

Mollo: No, era otra. Se llamaba así: “La conciencia que regula el mundo” [el guitarrista hace referencia a “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo”, el tema que cierra el disco Invisible, de Invisible, de 1974]. Ves que Luisito siempre está dando vueltas.

Permítanme aquí una pequeña digresión antes de seguir adelante con la entrevista. Un pequeño apartado que bien podría titularse “Potencial transferido”.

Jacobo Grinberg fue un psicólogo y científico mexicano nacido en 1946 que dedicó buena parte de su vida al estudio de la conciencia humana y, especialmente, a su relación con la estructura del espacio. Sus investigaciones incluyeron tanto los diversos prodigios de los chamanes mexicanos como los fenómenos conocidos como telepatía o comunicación a distancia.

Grinberg basaba su hipótesis acerca de lo que llamaba “potencial transferido” o “interacción cerebro a cerebro” en la teoría cuántica, que establece una relación entre partículas alejadas en el espacio. Con esa premisa, si las partículas poseen una relación a distancia, Grinberg sostenía que dos cerebros podían funcionar de la misma manera.

Luego de varios experimentos con niños, en 1994 se preparaba para su proyecto más ambicioso: conectar dos mentes a distancia, la de un hombre en México y la de otro en la India. Pero días antes de viajar para llevar a cabo el experimento, Grinberg desapareció y nunca más se supo de su paradero. Las teorías conspirativas señalan a la CIA como responsable de su desaparición, aunque hay quienes también aseguran que accedió finalmente a otro plano de la realidad. ¿Había Grinberg descubierto un potencial de la conciencia humana jamás explorado? ¿Sus estudios habían probado “la unidad total del estado de conciencia, capaz de modificar la realidad desde sus orígenes”? Vuela pensador, vuela sin pensar.

Volvamos entonces a la sala de control del estudio de Parque Leloir, donde la charla se extiende por el camino de esa conciencia que regula el mundo, la abuela, en palabras del poeta. “La conciencia es lo que te da la apertura y te permite primero conocerte a vos, que es lo más importante. Y a partir de ahí al resto. Para mí lo más importante es tener conciencia. Le di muchas vueltas a eso porque me interesa el tema del estado de conciencia y la percepción de la realidad. Hay todo un tema ahí que empezó ahora a iluminarse, pero ya hay algunos adelantados que en los años 90 empezaron un poco a traer luz para este lado y así como trajeron luces… desaparecieron. Pero tiene que ver con eso. A veces uno cree que son herramientas hippies y en realidad no lo son”.

Ciavarella: El tema es que hay todo un aparato para bastardear.

Mollo: Y claro, está todo preparado para que cuando vos decís una cosa, te desacrediten. Pero hay que seguir pensando, para que eso no se expanda. Que la polarización no nos lleve a esta cosa de los necesitados y los superpoderosos.

Aliados en un viaje

De los superpoderosos del mundo a la frase “el algoritmo no tiene moral” (que bien podría ser parte de un próximo tema del grupo) hay apenas un paso en esta charla apasionada, que de la unidad de la conciencia se mueve velozmente a las reglas actuales de la industria musical y de allí a la necesidad de contar con aliados en este viaje, tal como Mollo canta, vocea, en el tema que abre Divididos.

“Es la canción más distinta del disco y creo que de todo lo que hicimos”, dice Arnedo, responsable, según Mollo, de la mayor parte de las letras de Divididos. “Por eso también me pareció que estaba bueno que sea la primera del álbum, que arrancara con eso. Es algo que no te esperás. Es medio Sumo también”. El guitarrista asiente y dice que tiene “una cosa ochentosa”, mientras Catriel recuerda que al principio le sonaba a Morphine. “La guitarra está afinada en un tono que es casi un bajo”, insiste Mollo y asegura que una vez que encontró ese sonido no se podía bajar de ahí. “Pasa que cuando agarro un instrumento distinto me hace pensar otras cosas, la cabeza se va para otro lado, en las melodías y eso. Entonces enriquece lo que viene. Ahora tengo ganas de tocar todos los temas con esa guitarra”.

Como sugiere Arnedo, “Aliados” suena a Sumo, sí, y también a post-punk. Cuenta la leyenda que fue Luca el que llegó con sus discos y casetes en los años 80 y les mostró a sus compañeros de grupo bandas y estilos hasta entonces desconocidos para los jóvenes músicos del oeste bonaerense. ¿Será que fue así? “Sí, hubo mucha música que escuché por primera vez gracias a él”, asegura Arnedo. “Joy Division, Bob Marley, Wire, Linton Kwesi Johnson. Tenía un radiograbador y muchos casetes y nos ponía discos. La música de ese momento, la new wave, el post-punk, todo eso. Cocinaba y escuchaba Joy Division. Cocinaba unos tucos a fuego lento que tardaba como seis horas. ¡Y ponía Joy Division! Era para matarse, ja”.

Mollo: Y su arco musical llegaba hasta Harry Belafonte. Hemos tocado temas de él en vivo, como “Matilda” [la Hurlingham Reggae Band solía tocar en vivo un medley de Belafonte: “Coconut woman”/ “Jamaica Farewell”/ “Matilda”].

Arnedo: Yo no sabía, boludo.

Mollo: El tipo sacaba eso… y también un montón de grupos. Yo le hablaba siempre de la Premiata Fornería Marconi, que era un grupo italiano. Pero él me decía: “Sí, pero el disco que hay que escuchar de ellos es Per un amico”. Claro, era uno de los primeros discos, porque después ya se habían puesto a hacer otra cosa más parecida a Genesis. Él se quedaba con la esencia del grupo original. Me hacía escuchar una cantante italiana, Loredana Bertè, que cantaba una especie de reggae. El tipo te abría la cabeza por ese lado, por escuchar otras cosas que no tenían que ver con eso que estaba sonando en la radio. Igual, para mí, más que lo que nos mostró, lo más fuerte era lo que hacía, la actitud. Una forma distinta de encarar eso que tanto te gusta. O sea, rompió con eso que hablábamos antes de la prolijidad, de mostrar más el corazón, de pelar. Hacer música con el cuerpo, no con el instrumento. Para mí eso fue lo más fuerte.

Arnedo: Creo que apareció en el momento justo en donde había que reaccionar y nosotros mismos no lo podíamos hacer, antes que él llegara. Y él fue como agitar, salir, vamos a tocar a los barcitos, vamos a los barcitos a no tocar también, hay que moverse. Como que veía que lo que había acá era una energía muy quieta. Era un momento justo al final del proceso, de la dictadura, y cuando subió Alfonsín en el 83, estábamos recién ahí en el Café Einstein. Pero más allá de eso, no creo que haya sido ni el proceso, ni Alfonsín, ni nada. Él era así. Lo encontramos en un momento de su vida que pudo controlar una situación muy difícil y se habrá sentido un poco mejor de ánimo con el tema de su adicción y de ahí su energía como de decir “vamos a la vida”.

Mollo: Él también debe haber proyectado en nosotros una posibilidad, ¿no?

Arnedo: Sí, habrá visto también que nosotros estábamos a punto.

Mollo: ¿Viste la frase de la canción de niños que dice “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”? Él hizo así y nosotros salimos a jugar.

¿De esos años arrastran también cierto humor, que ha sido una pata clave en la historia de Divididos?

Arnedo: El humor ha sido un condimento eterno. En algunas épocas más, pero siempre nos salvó. Porque probablemente las cosas que más te acordás vienen de los mejores chistes o de los momentos más graciosos con tus amigos, en tu casa. El humor ganó siempre. Estuvo por arriba todo el tiempo. El familiar más gracioso, viste. Yo me acuerdo de Killing y me acuerdo del tipo gracioso. Del tipo que entraba con una sonrisa y cambiaba todo. Creo que nos hemos contagiado de eso. También es tan importante porque el humor lava, y porque también disculpa. El humor supera, es permisivo. Hacés un buen chiste y pasó por arriba de todo.

Mollo: Con el humor les metés oxígeno a las cosas. Es el oxígeno en el momento donde las cosas se ponen duras, se compactan y parece que no, pero con el humor se destraba. Además, es un chorro de oxígeno para que afloje todo y encuentres el otro ángulo de una situación de la que no podías salir.

Arnedo: Y de eso hicimos canciones. Algo que no era común y nos permitió no ser tan solemnes.

Mollo: Otroletravaladna es el disco donde nosotros tuvimos el mayor conflicto interno, porque habíamos compuesto un tema que se nos escapó. “¿Qué ves?” se escapó y aparecieron cosas. ¿Y ahora qué hacemos? Nada. Nos rechiflamos, la pasamos como el orto. Pero cuando llegó el momento de plasmar eso en la obra, le encontramos la vuelta para seguir sosteniéndolo a través de eso, a través del humor. Le dio oxígeno al quilombo.

Arnedo: ¿Vos te acordás que en esta misma sala nos hemos caído al piso de la risa? Cuando llegás a la risa, cuando eso llega al cuerpo, es imbatible. Y también creo que utilizamos una ironía sobre nosotros mismos. No creerse algo demasiado. Con el humor desarmás el ego. Porque te reís de vos mismo y no queda nada. Podés hacer cualquier cosa y eso está bueno. Ahí conseguimos una veta.

En esos años de Otroletravaladna, ¿llegaron a pensar en separarse?

Mollo: Nadie nunca pensó en eso. Y mirá que hubo situaciones así a lo Enrique VIII, ¿viste?, de traiciones y cosas cercanas. Pero siempre estuvimos en este barco juntos. Más allá de todo.

Arnedo: Pero eso que decís, me quedé pensando… Creo que si hubo un momento donde todo hubiese terminado, fue ahí, en esa época de Otroletravaladna. Pero no terminó. Y si no terminó ahí…

Mollo: Si ya en el fondo del fondo seguimos adelante, ya está.

Arnedo: Me acuerdo de grabar ese disco en los estudios Ion, con el Portugués da Silva. Un divino, pobre.

Mollo: Nosotros estábamos en un mambo que estábamos 17 horas grabando y a veces nos quedábamos, se iban todos y nos quedábamos charlando en el estudio. Hasta el otro día, que llegaban y querían limpiar. Entraba un señor llamado Dionisio, que Dios lo tenga en la gloria, se asomaba por el vidrio con sus cosas para limpiar la sala, y le decíamos “no, hoy no”, y se iba. Fueron tiempos difíciles, pero los atravesamos entendiéndonos. O sea, los momentos límite siempre son cuando la bonanza se corre y los aplaudidores se van porque no hay nada que sacar. Y ahí siempre quedábamos estos dos.

Los canillitas del sótano…

Mollo: Exacto. Volvíamos a esa primera foto en el sótano. Como jodíamos siempre: la dupla Caradeorto y Simpatía, ja, ja, ja.

Agradecimientos producción fotográfica: Adriana Maestri (Realización de Bandera de Tapa y de retratos), susana vertone  y Sebastián Suchowolski (realización bandera apertura de nota),  Leopoldo Montero Ciancio y Billy Alvarez.

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