Buddy Guy: “Soy el único viejo tocando blues”
Desde su rincón habitual, la banqueta con las iniciales BG en el respaldo, al final de la barra, el dueño de Buddy Guy’s Legends observa a los cientos de personas que colman su club. Tirando del barbijo pandémico que aún usa en las reuniones públicas, se inclina hacia adelante y mira el escenario. “En una hora podría tomarme una copa y subir”, dice.
En un punto, es solo una noche más en el club y restaurante de blues de Chicago que Buddy Guy abrió hace más de 35 años. Las mesas sobre el piso de damero amarillo y azul se están llenando una vez más de turistas, tipos tatuados, parejas jóvenes y fanáticos del blues de toda índole. Las paredes siguen adornadas con fotos de Guy arriba y abajo del escenario, con sus discípulos (Eric Clapton, Stevie Ray Vaughan) y con sus héroes (B.B. King, Muddy Waters). Los empleados en el mostrador de merchandising cerca de la entrada se preparan para vender remeras, gorras y otros souvenires con la imagen de Guy o el logo del local.
Cuando no está de gira, Guy visita su club regularmente, en parte para supervisar la operación, pero también para empujar el negocio, ya que a veces los clientes aparecen con la esperanza de que suba al escenario, esté o no anunciado. Pero esta no es cualquier noche; como proclama un cartel sobre la barra, es su cumpleaños, el número 89. Aunque apenas se nota: su complexión es suave y parece delgado y ágil con su saco de lunares sobre una camiseta blanca, y con una de sus características gorras blancas. Los fans se acercan, le desean feliz cumpleaños y lo saludan con el puño. Guy responde a cada uno rápidamente, luego le hace una señal a un bartender, que le trae una botella de su cognac favorito.
Algunos asistentes esta noche probablemente han sido fanáticos de Guy por décadas; otros puede que lo conozcan como la versión mayor de Sammie Moore en las escenas finales de la película Sinners, el aclamado hit de blues y vampiros dirigido por Ryan Coogler. “Me parece que cada vez que voy al supermercado escucho: ‘Ese se parece al tipo de Sinners’”, dice Guy con una sonrisa. Después se desliza del taburete y se dirige al puesto de merchandising para firmar copias de su álbum recién lanzado, Ain’t Done with the Blues (“No terminé con el blues”), y posar para selfies con los fans que hacen fila.
Una hora después, el trabajo apenas empieza. Convocado al escenario, acepta una torta de cumpleaños con velitas, rodeado por algunos de sus ocho hijos adultos y varios nietos. Pero en cuanto la banda residente de la casa arranca con un blues, la familia abandona el escenario y Guy se queda. Entonces, el reservado anciano se transforma en el astuto y sugerente Buddy Guy, la leyenda. “¡Si no me amás, tal vez tu hermana lo haga!”, gruñe, provocando risas y vítores. Después de media hora, regresa al puesto de merch y reanuda la firma de autógrafos y las selfies, pero la gente quiere más música. Cuando le pasan un micrófono, Guy retoma la faena, esta vez adentrándose en la multitud y exhortando más blues. No se irá hasta las 2 a.m. La imagen de Guy invocando la energía de alguien décadas más joven es sorprendente, incluso para su familia. “Siempre decimos: ‘Oh, Dios mío, es viejo y se va a caer’”, dice su hija Shawnna Guy, artista de hip-hop desde los años noventa. “Lo mirás en el escenario y simplemente se mueve de un lado a otro y golpea las cuerdas con una toalla, luego pone la guitarra detrás de su cabeza y la toca con una baqueta. Y pensás: ‘¿Por qué demonios me preocupo? ¡Ni siquiera podría hacer [lo que Buddy hace]’!”.
Ain’t Done with the Blues es su vigésimo álbum de estudio. Se irá de gira por la Costa Oeste unas semanas después de nuestro encuentro. Pero la vigencia de Buddy Guy no es necesariamente algo que él mismo (ni nadie más) hubiera imaginado años atrás. Durante las primeras décadas de su carrera, a menudo fue pasado por alto y subestimado por la industria musical. Ahora, los pioneros del blues que lo inspiraron –King, Waters, Howlin’ Wolf, Guitar Slim y muchos más– han desaparecido hace mucho, al igual que otros que aprendieron de él, desde Jeff Beck hasta Vaughan. Guy, el inquebrantable del blues que no pudo tener una oportunidad durante mucho tiempo, los sobrevivió a todos.
“Soy el último viejo que todavía camina y toca blues”, dice. “De eso hablamos con Muddy [Waters] y Howlin’ Wolf antes de que murieran. Me dijeron: ‘Amigo, por favor mantené vivo el blues’. Y así lo intento”. Como dice el joven guitarrista de blues Christone “Kingfish” Ingram: “En cuanto al blues mainstream, es el último original”.
Una clave para su supervivencia es que nunca fue un purista del blues. Desde sus primeros sencillos y su primer álbum, Left My Blues in San Francisco, de 1967, Guy mezcló blues con soul, acordes de rock potente y R&B enérgico, junto con un estilo desenfrenado de tocar la guitarra y un lamento que siempre amenazaba con descarrilar, pero nunca lo hacía.
Su reciente serie de álbumes está llena de cameos de todo el espectro musical (Mick Jagger, Keith Urban y Kid Rock, entre muchos otros) y presentan un sonido fuerte, crujiente y apto para la radio; Ain’t Done with the Blues, que acaba de ser distinguido con un Grammy como Mejor Álbum de Blues Tradicional, lo une con Ingram, Joe Walsh y Peter Frampton. Como dice Bruce Iglauer, de la discográfica de blues Alligator, “Buddy efectivamente rockeó el blues, al mismo tiempo que mantenía su espíritu. No sé si alguien más ha hecho eso. Tal vez sienta que es el último caballero con armadura y que parte de su trabajo no es repetir la tradición, sino llevarla a un contexto más moderno”.
Gracias en parte a Sinners y a músicos como Ingram, el blues parece estar en mejor forma que en mucho tiempo; Ingram ha creado un sello independiente para fomentar nuevos talentos en el género. “He visto a muchos jóvenes artistas de color salir y tocar esta música, o música basada en este género”, dice. “La gente está deseando más música auténtica”.
Pero una vez que perdamos a Guy, no solo veremos el fallecimiento de un músico que llevó la guitarra de blues a nuevas e inventivas alturas, que influyó a todos (desde los Rolling Stones y Clapton hasta Vaughan e Ingram), y logró tener un raro segundo tiempo en el mundo de la música. También estaremos perdiendo un vínculo vital con las raíces de la música y el trasfondo cultural del que surgió el blues. En pocas palabras, nunca volveremos a ver a alguien como Guy. “Tenemos que aceptar que estos artistas más jóvenes no crecieron con el Movimiento por los Derechos Civiles”, dice Shawnna. “Así que sus historias no van a ser similares”.
Nadie lo sabe mejor que Guy. Ha tocado para o conocido a tres presidentes, aunque no al actual ocupante de la Casa Blanca, a quien ve con escepticismo (“Es un hombre rico, una persona rica, y tiene palos de golf aquí y allá y todas esas cosas”, dice. “No está con ningún pobre”, añadiendo sarcásticamente. “¿Va a estar pensando en mí y en vos?”). Guy recuerda la noche de 2012 cuando estuvo en la Casa Blanca, como parte de un homenaje al blues durante el primer mandato del presidente Obama. “Sabés, hice una broma sobre eso”, dice Guy con una sonrisa. “Dije que cosechaba algodón en la granja con un baño exterior. Algunos se rieron, pero es verdad, hombre. Les digo: ‘No muchos de ustedes saben lo que es un baño afuera de la casa’”.
El largo camino al éxito
Durante al menos las últimas tres décadas, el blues ha sido bueno con Buddy Guy, evidencia de lo cual se exhibe ampliamente en su propiedad en Orland Park, a las afueras de Chicago. Escondida en un matorral de árboles en cinco acres, incluye una casa con cinco habitaciones, una piscina cubierta y una residencia para el jardinero. En la cocina, completa con estantes llenos de sus especias favoritas, ha llegado un lote de rosas blancas de cumpleaños de Carlos Santana, junto con una tarjeta de Coogler y su esposa, Zinzi. “Como ves”, dice Guy, sentado en la mesa del comedor bañada por la luz la mañana después de su fiesta de cumpleaños en Legends, “tengo una mesa de billar ahí abajo. Crecí en la granja. No hay mesa de billar en la granja, amigo. Sólo tenías un agujero donde picabas algodón”.
Como de costumbre, Guy se levantó temprano, alrededor de las cinco de la mañana, lo que significa que sólo durmió tres horas. Ese horario es otro recordatorio de la vida que tuvo, hace casi un siglo, creciendo en una cabaña en una plantación sin agua corriente y con ventanas de madera (no de vidrio).
Nacido como George Guy en Lettsworth, Luisiana, en 1936, Guy creció en una familia de campesinos que entregaba la mitad de sus ganancias a los terratenientes, pasando los días recogiendo algodón bajo un calor brutal. “Se llegaba a 44° todos los días en junio, julio y agosto, y todo lo que teníamos era un maldito sombrero de paja”, dice, luciendo otra gorra blanca y un saco a cuadros esta vez. “Cuando amanece, sacás el culo de ahí, volvés a casa, te metés en la bañera y te preparás para volver a hacerlo mañana”.
Al principio, la casa de los Guy no tenía electricidad, lo que significaba que no había radio ni tocadiscos. Pero la vida de Buddy comenzó a cambiar cuando el joven de 13 años escuchó a un peón de campo tocar en la guitarra “Boogie Chillen” de John Lee Hooker, y luego se la enseñó a él. Poco después, Guy se sintió aún más atraído por la música después de ver tocar a Lightnin’ Slim. La primera guitarra de Buddy, que su padre le compró, solo tenía dos cuerdas.
Al mudarse a Baton Rouge, Luisiana, en 1951, Guy trabajó en una fábrica y luego en la limpieza de la Universidad Estatal de Luisiana mientras comenzaba a tocar en bares; otro héroe suyo, Guitar Slim, lo inspiró a sacar notas desgarradoras de su guitarra. Al mudarse a Chicago el 25 de septiembre de 1957 –una fecha que recuerda tan bien que la repetirá varias veces durante dos días de conversación–, consiguió trabajo en clubes y grabó para el sello local de blues Cobra.

Un día fatídico, llevó una cinta con canciones que había grabado en una estación de radio de Luisiana a Chess Records, la principal discográfica de blues de Chicago.
Guy comenzó a trabajar como guitarrista de sesión, capaz de respaldar a cualquiera desde Waters hasta Koko Taylor (escuchá sus aportes en “Wang Dang Doodle”) y Howlin’ Wolf (lo mismo con “Killing Floor”). “Me llamaban a casa porque no podían conseguir que otro guitarrista viniera a tocar el ritmo que querían”, recuerda. “Dicen: ‘Si quieren que se haga bien, llamen a Buddy Guy’”. Pero también comenzó a sacar sus propias cosas. Una noche, durante un descanso de una actuación en un club, dejó la guitarra y se olvidó de apagarla; una clienta que pasaba accidentalmente rozó el instrumento con su vestido, lo que produjo una especie de ruido alegre. Fue una revelación que llevó a Guy a experimentar con la distorsión y la reverb.
Su habilidad para el show también comenzó a aumentar. Desde el escenario, a menudo se aventuraba no solo entre el público, sino también fuera del club y en los baños, aun tocando, con el cable de la guitarra arrastrándose detrás suyo. “Cuando todo era tan tradicional, llegó con un sonido diferente, salvaje y loco”, dice Ingram. “Me gusta darle crédito como el precursor de este sonido blusero y rockero; Jimi [Hendrix] vio eso y lo llevó a otro nivel”.
Chess comenzó a lanzar sencillos de Guy, como el ardiente “First Time I Met the Blues” de 1960, pero la estancia de Guy en el sello resultó ser una de las varias oportunidades perdidas en su carrera. Leonard y Phil Chess, quienes dirigían la compañía, no sabían muy bien qué hacer con el joven Guy de veintitantos años. “Lo dominante de la guitarra de blues en ese momento era el sonido más controlado de B.B. King o Albert King”, dice Iglauer, quien más tarde lanzaría uno de los álbumes más finos y salvajes de Guy, Stone Crazy. “En ese momento, Buddy estaba tratando de volverse un poco más loco de lo que Chess le permitía”.
Chess presionó a Guy para que hiciera discos de jazz o novelty (como “Gully Hully”, que era algo así como música surf de Chicago), pero ninguno tuvo éxito. Guy ha contado que Leonard Chess pensaba que su guitarra sonaba a “ruido”. Guy también ha sostenido que los hermanos Chess querían cambiar su apellido a “King” para que sonara como si estuviera relacionado con B.B. o Albert. Marshall Chess, hijo de Leonard y veterano ejecutivo de la industria musical, admite que los hermanos Chess no apreciaban el enfoque artístico de Guy y preferían mantenerlo en segundo plano. “Hay un rumor de que a mi papá no le gustaba cómo tocaba Buddy”, dice. “Eso no es cierto. Mi papá era muy supersticioso con las bandas de sesión, y no le gustaba añadir cosas nuevas cuando ya tenía éxito con la anterior. Nunca supo lo brillante que era Buddy. No creo que nadie en Chess lo supiera”.
Guy también fue subestimado en otros lugares, como aquella vez que apareció en la televisión británica y lo presentaron como Chuck Berry. Llegó al punto de conseguir trabajo en una empresa de grúas para pagar las cuentas. Fueron días muy difíciles. Tom Hambridge, el baterista y productor que guiaría los álbumes posteriores de Guy, una vez lo visitó en un camarín y observó cómo devolvía una botella abierta de coñac Rémy Martin. Después de verlo hacer lo mismo en otras ocasiones, Hambridge finalmente le preguntó por qué. En un recordatorio del racismo que podía acosar a los artistas de blues, Guy le dijo que una botella abierta indicaba peligro. Como recuerda Hambridge: “‘Porque ya me han envenenado’. Había pasado que escupían u orinaban en botellas. Dijo que se había enfermado antes, así que la botella debía estar sellada en su caja”.
Como más tarde sucedería con artistas desde Hendrix hasta Lana Del Rey, otro país tendría que impulsar la carrera de Guy. Las radios negras en Estados Unidos lo ignoraban, pero Guy se convirtió en un héroe para un grupo de jóvenes músicos británicos amantes del blues, cautivados por su combinación de intensidad, distorsión y presencia escénica. Guy recuerda una vez haber visto “un rostro blanco” en uno de sus shows y asumir que era un policía; pero, dice riendo, “¡era Eric Clapton!”. Como Clapton escribiría más tarde, “creó un sonido enorme y poderoso, y me dejó impresionado… Era como un bailarín con la guitarra, tocando con los pies, la lengua y lanzándola por todos lados”.
Jeff Beck, Keith Richards, Jagger y otros también adoraban a Buddy. Muchos años después, Jimmy Page, otro discípulo, le dijo al hijo de Guy, Greg, que Buddy era “el dios de la guitarra”. Al principio, Guy no sabía qué pensar de la contracultura emergente que lo abrazó en los años sesenta. “Vi a los Stones llegar con tacos altos, casi parecían mujeres”, recuerda. “Digo: ‘¿Qué es esto?’. Llegué a San Francisco y dije: ‘Hombre, mirá esto’. No sabía lo que era un hippie. Vi a hombres con el pelo largo. Pero se volvían locos [por mi música], hombre: ‘¿Qué tenés en ese amplificador?’”.
Pero las malas rachas continuaron. A medida que los años sesenta llegaban a su fin, Guy y su entonces compañero, el armoniquista Junior Wells, se convirtieron en un dúo imperdible y se les ofreció la oportunidad de hacer un álbum producido por Clapton. Pero en medio de la adicción a la heroína, Clapton abandonó el proyecto y el álbum permaneció en los archivos durante dos años hasta ser lanzado sin mayor repercusión. A principios de los años setenta, Guy ya no tenía contrato discográfico y optó por abrir un club propio, el Checkerboard Lounge, en el sur de Chicago. “Sin un disco, se está volviendo difícil encontrar lugares para quedarme”, dijo en ese momento. A menudo se presentaba en el Checkerboard, pero amigos y clientes, incluso la familia, estaban igualmente acostumbrados a verlo barriendo, haciendo inventario o preparando el escenario para los shows de otros artistas.
A veces, ni siquiera sus hijos sabían exactamente a qué se dedicaba, solo que hacía viajes de negocios y traía suficiente dinero para montones de regalos de Navidad. Los compañeros de clase de Greg Guy en la secundaria le preguntaban si el “Buddy Guy” que estaba con los Stones –quienes lo contrataron a él y a Wells como teloneros en su gira europea de 1970– era su padre, y no estaba seguro; para él, su papá era solo George. En una fiesta barrial en los años ochenta, Greg recuerda haber escuchado música fuerte en un parlante y, sin saber de qué se trataba, decidió ponerle fin. “Saqué el disco de la bandeja y lo tiré”, dice. “No quería escucharlo”. Resultó ser uno de los álbumes de su padre. Greg quería escuchar a Prince.
Un hermoso segundo acto
En una habitación de la casa de Guy, los recuerdos de su éxito están en exhibición. Además de numerosos premios –incluidos ocho Grammy y una Medalla Nacional de las Artes–, hay un cartel que proclama parte de la autopista 418 en Luisiana como “Buddy Guy Way”; una carta de agradecimiento que Jagger le escribió después de que Guy se uniera a los Stones en Nueva York en 2006 para la filmación de la película Shine a Light (“Fue muy divertido y no veo la hora de ver la película”); fotos de Guy tocando en el escenario con Clapton, John Mayer, Susan Tedeschi y otros. Una escultura de una mujer desnuda está montada en la pared de un baño cercano.
Una pintura de Stevie Ray Vaughan ocupa un amplio espacio en una pared. En agosto de 1990, Guy, Vaughan, Clapton y otros zaparon en Alpine Valley, Wisconsin, y luego se fueron yendo del lugar. Guy dice que se sentó en un helicóptero destinado a Vaughan, quien tomaría un vuelo más tarde. “Cuando salió mi helicóptero”, dice Guy, recordando la densa niebla de la noche, “dije: ‘Gracias a Dios que salimos de ahí’, porque Stevie, Eric y los demás querían que fuera a cocinar para ellos al otro día”. A la mañana siguiente, Guy estaba saliendo a comprar ingredientes para el gumbo cuando su esposa le dijo que había una llamada de la gente de Vaughan: el guitarrista había muerto cuando su helicóptero se estrelló contra una pista de esquí. “Hombre, ni siquiera podía …”, dice Guy, sombríamente. “Sólo me vuelvo a sentar. No podía ni moverme”.
Irónicamente, ese período también marcaría el comienzo de la resurrección de Guy. Con la música de raíz de vuelta en boga, a fines de los años ochenta –gracias en parte a Vaughan, así como a artistas como Robert Cray y Los Lobos–, Guy finalmente consiguió un contrato discográfico importante, esta vez con el sello británico Silvertone. Su primer álbum para ellos, Damn Right, I’ve Got the Blues, de 1991, con cameos de Beck, Clapton y Mark Knopfler, se convirtió en el tardío gran éxito del entonces hombre de 55 años, vendiendo medio millón de copias y trayéndole su primer Grammy (en la categoría Blues Contemporáneo). Su hija Shawnna, que no se dio cuenta de que su padre era un “superhéroe” hasta que lo vio en concierto y observó las reacciones a su actuación maníaca en el escenario, notó un cambio en su estatus. “Nos mudamos de un garaje para un coche a un garaje para tres coches que era del tamaño de la casa”, recuerda. “Solíamos tener un Toyota y una camioneta. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, tuvimos un Ferrari, un Rolls-Royce y un Land Cruiser. Yo estaba como: ‘Oh, Dios mío, papá, lo lograste’”.
Para entonces, otra generación de músicos de blues descubría a Guy. Cuando conoció a Guy en los años noventa, Tedeschi quedó impresionada con su musicalidad: “Su tono de guitarra era increíble”, dice. “Podía tocar cualquier cosa. Era maravilloso verlo”. Pero también se encontró con el lado seductor del alto y fornido músico de cabello rizado. “Era muy lindo, y de hecho, una vez fue muy coqueto conmigo”, dice Susan. “Años después, me dice: ‘Sabía que debería haberte invitado a salir’. Entonces le dije: ‘Sí, deberías haberlo hecho, ¡habrías tenido una oportunidad!’. La reputación de Guy como conquistador se remonta aún más atrás: en los años sesenta, Marshall Chess le pidió a Guy una de esas pociones místicas del Sur que supuestamente podían atraer a las mujeres, y Chess recuerda que Guy le dio un “pequeño saquito de tela rosa, cosido a mano, lleno de cosas extrañas”.
Después del Checkerboard Lounge, Guy abrió Buddy Guy’s Legends, que en 2010 se mudó de su primera ubicación a la actual. Dado que enero puede ser un mes lento en el club, Guy comenzó a tocar a principios de cada año. Su nuevo estatus era evidente en los fans que hacían cola fuera del club –a veces con temperaturas bajo cero– para conseguir un lugar y ver a su héroe. La vereda frente a Legends estaría atestada de barbacoas y parrilladas de pescado. “Había dos tipos de Tennessee que eran verdaderos contrabandistas y hacían licor de 180 grados”, recuerda Mike Illingworth, superfan de Guy y asistente no oficial. Pero las frías noches eran, para Illingworth, tolerables. “Hay muchos buenos músicos que están surgiendo, pero no al nivel de Muddy, Wolf y Buddy”, dice. “Gary Clark Jr. es un gran músico, y hay cuatro o cinco así. Pero hay un gran vacío después de Buddy”.
Guy puede que no haya estado satisfecho creativa o artísticamente durante sus años en Chess Records, pero para cuando comenzó a ser reconocido, había aprendido lecciones vitales de aquella experiencia, especialmente sobre la forma en que los músicos de blues de la época a menudo eran estafados o recibían tratos injustos. “Yo sabía lo que pasaba”, dice con gravedad. “Me callé y los vi ser jodidos, perdón por la expresión.… Siempre anduve con hombres 20 o 30 años mayores que yo, porque pensé que podría aprender de ellos”.
Cuando Coogler estaba hablando con Guy para el papel de la versión mayor de Sammie en la película Sinners –un guiño a un tío de Coogler que es un gran fan de Guy–, el director recuerda que Guy contaba haber visitado a un músico de blues mayor, con resultados reveladores. “Habló de ir a la casa de un músico que, a sus ojos, era súperexitoso, y sentarse en un sofá, y lastimarse el trasero”, dice Coogler. “Se dio cuenta en ese momento de la injusticia de la situación, porque ese músico seguía viviendo en la pobreza”. Guy ha trabajado duro para evitar ese destino. Tiene su propia editorial musical y en 2005 registró su propio nombre como marca.
Las experiencias de vida de Guy también impregnan los discos. Para escribir canciones para Guy, Hambridge hablaba con él sobre su vida. Uno de los resultados, “Show Me the Money”, del álbum Skin Deep de 2008, estaba arraigado en la historia de explotación de Guy. “Buddy me dijo que en aquellos días, a veces [los dueños de los clubes] no pagaban”, dice Hambridge, quien recuerda que Guy le contó que subía al escenario muchas noches pensando que debía tocar tan bien que después del espectáculo, los dueños de los clubes le dijeran: “No iba a pagarte, pero maldita sea, acá tenés tu dinero”.
De hecho, una conversación con Guy es una visita guiada a la historia del blues. Una pregunta sobre Willie Dixon, el bajista, compositor y productor que dominó la escena de Chicago, le hace fruncir el ceño. “A Willie Dixon se le dio crédito por muchas cosas que no hizo, hombre”, dice. “Chess le estaba quitando, y él les quitaba a los músicos”.

Pero la mayoría de las historias de Guy se cuentan con la sonrisa melancólica de un hombre que sabe que sus días de ser subestimado y mal pagado han quedado atrás. Hace una imitación sorprendente de Hooker, incluyendo su tartamudeo, y le encanta recordar la vez que Hooker se peleó con una persona de baja estatura por unas mujeres. O aquella vez que Guy fue reclutado por el Departamento de Estado para tocar conciertos en África Oriental, incluyendo uno en Uganda bajo el futuro dictador Idi Amin. Guy dice que en ese momento no era consciente de lo asesino que podía ser Amin. “No sabía que les estaba cortando los dedos y chupando su sangre”, recuerda Guy con una risa. “¡Debería haber tenido miedo de tocar la nota equivocada!”.
¿A quién extraña más? Guy hace una pausa. “Bueno, odio tener que elegir”, dice. “Cuando llegué a Chicago, B.B. King estaba tocando las cuerdas de la guitarra como nadie lo había hecho jamás. Pero no podría nombrar a uno. Muddy, Howlin’ Wolf, Little Walter, T-Bone Walker, Lightnin’ Hopkins. Toda esa gente. Si tuviera que tomar una decisión, diría que todos ellos”.
¿El final del camino?
A medida que avanza la mañana, Guy está colocado. En realidad, está imitando estar colocado, recordando los días en que compartía cartel con los Grateful Dead y bandas similares, junto con las fans que acudían en masa a esos conciertos. “Todos estaban así”, dice cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás como si estuviera completamente drogado. “Veía a todas esas mujeres lindas. Les dije [a los músicos]: ‘Oigan, ¿se están divirtiendo? Me encantaría estar mirando todo esto con la mente clara en lugar de estar drogado y con los ojos cerrados’”.
La supervivencia de Guy se puede atribuir a su astucia empresarial, pero también a su estilo de vida. Dice que recurría a un “poquito de whisky” porque era tímido y el alcohol lo ayudaba a calmar los nervios antes de salir al escenario. Todavía toma coñac de vez en cuando, como lo hizo en Legends. Pero cree en la moderación. Ya sea en el estudio o en otras situaciones laborales, Guy a menudo evita la comida por completo. “Mi longevidad tiene que ver con que no me paso de la raya en nada”, dice. “Sé cuándo dejar de comer cuando estoy lleno. Si comés demasiado, te va a hacer algo. Me criaron así: cuando es suficiente, es suficiente. Esperá hasta mañana. Te das cuenta de que tomé un par de tragos anoche. Pero nunca me han detenido por conducir ebrio y nunca atropellé a nadie porque sé cuándo parar”.
Guy rara vez se detiene. Después de un largo día de producción –y sin comer– en el set de Sinners, llegó el momento de filmar las escenas de la actuación en vivo que se ven al final de la película, con Guy dándolo todo junto a Ingram y Hambridge. A pesar de la hora tardía, Guy parecía recargado. “Para cuando terminamos, él apenas había calentado”, dice Coogler. “No quería dejar de tocar”.
Cuándo Guy mismo dejará la carretera es tema de debate. Una supuesta gira de despedida en 2024 se extendió hasta el año pasado y podría continuar este año. Su familia acepta que se niegue a desacelerar. “Nosotros decimos: ‘Oh, papá, ¿no querés sentarte y disfrutar de los frutos de tu trabajo?’”, dice Shawnna. Buddy responde: “¿Las cuentas van a dejar de llegar?”. “Decimos: ‘Está bien, buen punto’. Mi papá es un hombre del campo. Viene del Sur. Es un hombre trabajador y esos valores fundamentales los tiene bien arraigados. Además, cuando llegás a esa edad, tenés que seguir moviéndote. Una vez que dejás de moverte, todo se apaga, y no queremos que eso suceda. Preferimos verlo de pie, sonriendo, riendo y disfrutando lo que hace”.
Aun así, Guy y sus compañeros saben que su tiempo se acaba. “Es mejor que lo veas ahora”, dice Illingworth, quien ha presenciado más de mil shows de Guy. “Es como ver el último partido de Pelé. Es ahora o nunca”.
Como demostró en Legends, Guy puede moverse por su cuenta, lentamente, pero con determinación. Pero abundan las señales de advertencia. Hace dos años, tuvo que reprogramar una serie de shows debido a un tema de salud, y en los aeropuertos su familia se ha asegurado de que pueda ser transportado en silla de ruedas. “No le gustaba al principio”, dice Greg Guy. “Me dijo: ‘¿Qué estás tratando de decir? ¿Que soy viejo?’”. Guy admite a regañadientes que tiene algunos dolores y molestias más estos días. “Hoy estoy dolorido, me puse algunos parches [para el dolor muscular] más; mañana se me podría pasar”, dice en su casa después de la noche en Legends.
Luego está ese otro asunto: quién mantendrá el blues vivo cuando Guy ya no esté en escena. Reflexionando sobre el impacto de Sinners, que está impregnado del blues del Delta del Mississippi de los años treinta, Guy dice: “Siento que ayuda un poco al blues, porque hay mucho blues en él y [la gente tiende a] tratar al blues como si fuera un hijastro, especialmente si sos negro. Mis nietos saben de eso, pero ¿qué pasa con tus nietos? Lo que más me preocupa es que los jóvenes ya no lo escuchan porque ya no lo tocan”.
Ingram dice que no ha tenido conversaciones directas con Guy como las que Buddy tuvo con sus predecesores, pero sabe que lo considera entre sus sucesores. “Definitivamente me ha mencionado como uno de los que llevan el género adelante, y se lo he agradecido”, dice. Tedeschi dice que Guy se ha sentado con ella y su esposo, el guitarrista Derek Trucks, para hablar sobre cómo seguirán con la música cuando se haya ido. “Es bastante fuerte”, dice ella. “Son unos zapatos muy grandes para ponerse”.
A medida que cae la tarde, Guy anuncia que se va a retirar, pero en este caso, sólo para su siesta habitual. Su única preocupación es ser despertado por llamadas automáticas y estafas telefónicas. De las muchas lecciones duramente aprendidas que ha comunicado a sus seres queridos, Guy está particularmente orgulloso de transmitir otra: sobre esas solicitudes telefónicas fraudulentas y la forma en que acechan a las personas para robarles plata. “Le dije a mi hijo: ‘¿Te están tratando de sacar el número de la tarjeta de crédito?’”, cuenta. Le dije que les conteste: ‘¿Quieren mi número de tarjeta? [Es] F-U-C-K-Y-O-U’”. Se ríe a carcajadas y con ganas. “Cuando te llaman así, quieren algo. Nadie te va a regalar nada”.













