Ángela Carabalí: “Entendí que una historia necesita un rostro para que el país la sienta”
Para Ángela Carabalí, el cine no nació como una decisión estética, sino como una necesidad. Su nuevo documental, Soñé su nombre, parte de un sueño recurrente con su padre desaparecido y se transforma en un viaje que cruza lo íntimo, lo político y lo espiritual. En esta conversación, la directora habla sobre el proceso de convertir una experiencia personal en una historia colectiva, el lugar de la espiritualidad en su cine y lo que implica narrarse a sí misma frente a la cámara.
Tu película nace de un impulso íntimo, un sueño con tu padre. ¿En qué momento decidiste que esa experiencia personal se iba a transformar en un relato colectivo?
Nunca imaginé que un sueño de una noche en mi cuarto se fuera a convertir en una película. Yo había tenido ese mismo sueño durante años, desde la infancia, pero nunca le presté atención. Esta vez fue distinto porque estábamos en un momento particular del país, en la firma del acuerdo de paz. Eso hizo que el sueño tomara otra dimensión, más política y social. Me llevó a investigar sobre la desaparición forzada y ahí entendí que, aunque partía de una historia íntima —mi padre, mi familia—, se conectaba con las más de 135 mil personas desaparecidas en Colombia.
¿Cómo lograste equilibrar lo personal con esa dimensión colectiva sin que una anulara a la otra?
Al principio mi hermana y yo pensábamos que lo colectivo era más importante, entonces queríamos hacer una película coral, buscar otras historias. Incluso creíamos que la nuestra no era “lo suficientemente fuerte”. Pero en la maestría un profesor me preguntó por las fotos de mi papá, por quién era él. Ahí entendimos que la cifra necesita un rostro. Que si no hay nombre ni historia, se vuelve algo lejano. Cuando conectas con lo que siente una familia, con la espera, ahí sí hay una conexión real. Desde nuestra historia pudimos llegar a las otras.
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La película es también un viaje espiritual. ¿Cómo incorporaste esa dimensión al lenguaje del documental?
Al inicio me daba vergüenza pensar que un sueño podía ser una pista para encontrar a mi papá. Pero al acercarme a la espiritualidad del pueblo nasa y de comunidades afro entendí que los sueños son una forma de comunicación con quienes no están. Son parte de la vida cotidiana. Ahí comprendí que ese sueño era un llamado, una forma de reconectar con mis raíces, con el territorio, con algo que yo había perdido estando en la ciudad.

¿Qué te aportó el contacto con la comunidad nasa en ese proceso?
Me permitió entender el valor de lo colectivo. Que, aunque hay cosas que no puedes cambiar, sí puedes decidir cómo seguir. Ellos no se quedan en el dolor, se organizan, avanzan. Siempre me decían “fuerza”. Y eso cambió mi forma de ver la historia. Ya no era solo algo oscuro, también había una forma de seguir adelante.
Te expones mucho en la película. ¿Qué implicó ponerte frente a la cámara desde ese lugar?
No quería hacerlo. Es más fácil contar la historia de otros que la propia. Yo siempre he sido una persona alegre, y la gente no veía el peso que yo llevaba por dentro. La película me obligó a nombrar eso, a mirarlo de frente. También entendí algo importante: celebramos juntos, pero para llorar nos escondemos. Y ahí descubrí que llorar también es necesario para poder seguir.

El ritmo de la película se aleja de lo espectacular y apuesta por la pausa. ¿Pensabas en un tipo de espectador específico?
Sí, yo soy profesora y quería que mis estudiantes conectaran con la película, por eso al inicio intenté un ritmo más rápido. Pero sentí que no era honesto. Decidí encontrar el ritmo que la película necesitaba. Y ha sido bonito ver que conecta con personas muy distintas, desde jóvenes hasta adultos mayores.
Tu película también tiene una dimensión política como obra realizada por una mujer afrodescendiente en el cine colombiano. ¿Cómo lo ves?
No fue algo que buscara. Pero en el camino me di cuenta de que no había referentes claros en largometraje dirigidos por mujeres afro. Eso primero fue desconcertante y luego se volvió una oportunidad. Abrir un espacio para otras. Y también pensar en nuevas formas de circulación. Por ejemplo, empezamos proyectando la película en Tumaco, en comunidades afro, antes de llegar a salas comerciales. Era importante que la historia resonara primero ahí.
¿Qué te deja este proceso?
La posibilidad de que más personas se vean reflejadas. No solo en el dolor, sino también en la fuerza, en la dignidad. Eso es lo más importante para mí.











