¿Alguien acá vio a Jimmy Cliff? Las insólitas aventuras de la estrella del reggae en Argentina

En el verano de 1969, el periodista británico Andy Gray, editor del semanario New Musical Express, viajó a Buenos Aires con una misión: cubrir la gira promocional de The Tremeloes, dignos abanderados de la llamada Invasión Británica. Desde la capital argentina despacharía una crónica en dos entregas cargadas de observaciones más allá de los quehaceres del cuarteto trajeado en Carnaby Street (19 días, doce conciertos, cuatro apariciones televisivas y varias entrevistas radiales); por ejemplo, una divertida caracterización del magnate mediático Alejandro Romay. Sin embargo, hay una línea en la segunda nota (el 8 de marzo de 1969, con el título “Diversión bajo el sol para los Trems, pero mejor volver a casa”), que resulta muy llamativa y no tiene nada que ver con The Tremeloes. Cuenta Gray, de pronto, en uno de los últimos párrafos: “Me gustó ver a Jimmy Cliff, que ahora vive en Argentina y le va muy bien en los rankings con ‘Waterfall’”.

Jimmy Cliff, el músico jamaiquino que falleció a los 81 años el pasado 24 de noviembre, todavía no era el referente en el que se consagraría después. Y el reggae aún no era un género musical de dominio público alrededor del mundo. Pero Cliff residía en Inglaterra desde 1965 y ya trabajaba cerca de Chris Blackwell, el productor jamaiquino (y blanco) que en los 70 acompañaría a Bob Marley en su camino a la globalización y a la leyenda. De ahí que Cliff no fuera un desconocido para la prensa musical británica; pero topárselo anclado en Buenos Aires debía ser toda una novedad inesperada.

¿Cómo es eso de que una de las más potentes voces de Jamaica vivía en Argentina a fines de los 60? ¿Fake news? ¿Malentendido? ¿Verdad a medias? Es difícil precisarlo. La bio oficial de Cliff no da cuenta de una residencia en Sudamérica. Tampoco mencionan nada la mayoría de las notas periodísticas ni los libros ni los documentales que repasan su carrera, en particular, y la historia de la música jamaiquina, en general. No obstante, existe una serie de indicios sueltos, esporádicos, hasta ahora nunca conectados entre sí, acerca de la presencia extendida y reiterada (y misteriosamente olvidada) de Jimmy en Buenos Aires, en otras ciudades argentinas y en países limítrofes.

Lo que sí se conoce es una imagen replicada en la web y en redes sociales, especialmente a partir de la muerte de Cliff. Es un anuncio de los bailes de carnaval de 1970 en el club Vélez Sarsfield. Un cartel impresionante: abren Sandro, Leonardo Favio y Palito Ortega, tres megaestrellas de la época. Pero la verdadera sorpresa aparece hacia la segunda franja en orden de jerarquía: Los Gatos, Donald y… Jimmy Cliff. Sí, el jamaiquino es el único artista no rioplatense en lo que se anuncia como “Carnaval Beat”. Una especie de proto Lollapalooza, que, según reportes del diario Crónica de esas fechas, se aseguró el primer puesto en el competitivo menú de los carnavales porteños, a fuerza de nombres como Los Náufragos, Carlos Bisso, Pintura Fresca, Almendra, La Banda de Chocolate, el Trío Galleta, La Joven Guardia, Los Iracundos, Billy Bond, José Larralde (¿?) y unos cuantos más con los que la historia de la música pop no ha sido tan benigna.

La imagen de un jamaiquino como animador de los bailes de carnaval porteños, flanqueado por Sandro y Palito Ortega, es de por sí desconcertante. Pero lo es aún más si chequeamos las fechas: el texto en el que Gray, de la NME, señalaba que Cliff vivía en Argentina databa de marzo de 1969, es decir… un año antes del Carnaval Beat.

La siguiente pista de las aventuras de Jimmy Cliff en Sudamérica nos lleva a Río de Janeiro, un poco antes del artículo de la NME. En 1968, el cantante estuvo en Río para lanzar Jimmy Cliff in Brazil (del sello Philips), un LP producido por el carioca Nonato Buzar. Con una tapa en la que se ve al jamaiquino exultante en la playa de Botafogo, es un álbum más bien en plan soul y beat, no exactamente reggae, con un cóctel de temas del intérprete y canciones brasileñas, como “Vesti Azul”, el gran éxito del propio Buzar, antes cantado por el inmensamente popular Wilson Simonal. “Ese paso de Jimmy Cliff por Brasil es típico de una estrella internacional en construcción. De ahí la participación de Nonato Buzar, que era de algún modo un especialista en estos trabajos con artistas extranjeros en el mercado brasileño. Lo veríamos en ese rol, por ejemplo, con Brigitte Bardot. Y su ‘Vesti Azul’ fue un megahit de locos en esos años”, le explica a Rolling Stone Denis Chamas, DJ paulista y coleccionista tanto de vinilos jamaiquinos como de música brasileña.

Chamas atesora una copia de este vinilo difícil y caro. Un disco que encierra algunas singularidades, en armonía con el resto de este extraño rompecabezas de cultura pop. La tapa, para empezar, presenta una fotografía distinta, pero el mismo diseño, los colores y la tipografía de Hard Road to Travel, el LP debut de Jimmy, salido el año anterior en Inglaterra a través de Island Records. Y varios de los temas de Jimmy Cliff in Brazil parecen no ser grabados en Brasil, en absoluto, sino extraídos directamente de Hard Road…

La Operación Jimmy en Brasil 68 fue una movida bien orquestada, que se completó con su participación en el Festival Internacional da Canção Popular, un certamen-espectáculo según el modelo de “concursos” europeos como el de San Remo, que tuvo ediciones entre 1966 y 1972. Fue ahí que presentó la canción “Waterfall”, cosechada en su paso por el Reino Unido, ya que se trataba de una composición de Nirvana (por supuesto que otra Nirvana, sin relación con la muy posterior banda grunge), grupo rockero protegido de Chris Blackwell. 

“Waterfall” era el último track de Jimmy Cliff in Brazil y se lanzaría en el resto de Latinoamérica como “En la cascada”. No ganó en la categoría internacional (donde, curiosamente, se impuso el localísimo Antonio Carlos Jobim), pero Jimmy se llevó un premio consuelo: un buen contacto para profundizar su apuesta por el inexplorado mercado sudamericano, esta vez en la Argentina.

Jimmy viaja a Chile

De eso da cuenta una nota breve, apenas un párrafo, publicado en la revista argentina Pinap de marzo de 1969: “Jimmy Cliff, el jamaiqueño (sic), creador de uno de los sucesos más restallantes de la última temporada, ‘En la cascada’, tiene pensado residir por lo menos quince semanas en Buenos Aires. Uno de los más afamados disc jockeys argentinos (fue el encargado de apalabrarlo durante la participación de Jimmy en el pasado Festival de Río para que viajara al país) está contentísimo con la decisión del cantante de color porque según dice ‘es uno de los mejores intérpretes de los que últimamente llegaron al país’ (si él lo dice…)”.

La fuente en off de esa información era, evidentemente, el “afamado disc jockey”, que no se nombra. ¿Quién sería ese argentino al que Jimmy había impresionado tanto en Río? Para hacer todo esto más extraño, la respuesta probable aparece en otro artículo de New Musical Express, de enero de 1969, que cita a Cliff diciendo esto: “Hice un tema llamado ‘Waterfall’, que se volvió un hit tan masivo en toda Sudamérica que me instalé en Argentina, donde alcanzó el segundo puesto”. A lo que el redactor agrega: “Jimmy se ganó el apoyo del disc jockey millonario argentino Ricardo Kleinman”.

Es extremadamente llamativa la aparición de ese nombre en una nota de 1969 sobre reggae y en una revista musical inglesa. Ricardo Kleinman es mencionado en distintos capítulos, pero las historias del rock argentino no suelen dedicarle más que algunas líneas. Empresario, dueño de la sastrería Modart, melómano y de probada visión marketinera, Kleinman sería conocido por el programa radial Modart en la noche y por una cantidad de producciones musicales entre los 60 y los 70. Billy Bond, por caso, lo ha señalado como mentor y Gustavo Santaolalla lo menciona como “descubridor” de Arco Iris. Modart en la noche fue un programa de gran influencia, combinando material importado que solo Kleinman tenía, gracias a sus frecuentes viajes a Nueva York y sus contactos internacionales, sumado a las producciones propias locales. Como productor, Kleinman sería responsable, entre muchos otros hitos, de llevar a Almendra a grabar su primer disco. Y un detalle más, que termina de dar sentido a estos indicios dispersos: fue el anfitrión de The Tremeloes en la gira promocional mencionada al comienzo de esta nota, en la que el cronista de la NME encuentra a Jimmy Cliff “viviendo” en Buenos Aires. De hecho, el artículo está ilustrado por una foto de los cuatro chicos ingleses (sin Jimmy) en traje de baño, al borde de la pileta en la azotea del lujoso “penthouse” (sic) porteño de Kleinman.

¿Pero cómo constatar que Kleinman era ese DJ argentino que Pinap decía haber quedado impactado por el talento de Jimmy Cliff en Río de Janeiro? No existe una respuesta concluyente a ese enigma, pero sí un indicio fuerte: Kleinman aparece (en letras pequeñas) en las memorias del Festival Internacional de la Canción Popular de Río –donde Jimmy cantó– como miembro del jurado. Por otro lado, Kleinman lanzaba por entonces sus LP compilados de Modart en la noche (con tracks de The Who y The Pretty Things, por ejemplo) a través de Philips; sí, el mismo sello que apostaba unas fichas al desarrollo de Jimmy Cliff en Sudamérica.

Aproximadamente entre el 15 y el 22 de enero de 1969, hay pruebas de que Jimmy Cliff estuvo en Chile y participó de la décima edición del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, donde también actuaron Los Gatos, Leonardo Favio y Con’s Combo, el grupo beat sueco que por aquellos años tuvo una no menos insólita residencia en Buenos Aires (su organista, Owe Monk, actúa en la película El extraño de pelo largo, con Litto Nebbia). Un artículo de la revista de espectáculos chilena Ecran se titula “¡Dio en el blanco! Está enamorado de una rubia inglesa llamada Marlene…”, y parece decir más de la prensa de la época que de Jimmy Cliff. Por alguna razón, el cronista se enfoca en que el jamaiquino reside en Londres, donde tiene una novia llamada Marlene. Y observa: “Le gustan las rubias. [Marlene] le obsequió dos de los cuatro anillos de oro que luce en sus manos morenas”. Una foto muestra a Jimmy montado en una moto, a su vez “empujada”, en una pose divertida, por Romuald, cantante francés también parte del cartel internacional en el festival de Viña.

Hay un dato desconcertante en este artículo chileno, que plantea que Jimmy “tiene en su haber (…) una película musical rodada en su tierra natal, que se tituló Niñas de Jamaica (‘que era muy mala’, según confiesa él mismo)”. A pesar de la precisión del título y la autocrítica del protagonista, no existe ningún otro registro de que Jimmy Cliff efectivamente haya filmado nada antes de su debut oficial en la pantalla, The Harder They Come (que recién comenzaría a rodarse más de un año después), la primera y más importante película en la (modesta) historia del cine jamaiquino. ¿Sería Niñas de Jamaica una broma del entrevistado o una creación muy poco ética del entrevistador?

El número de Ecran posterior a Viña no da mucha cuenta de la participación de Jimmy, salvo por una foto en la que se lo ve sonriente junto a una chica chilena. El epígrafe se pregunta: “¿Solamente buenos amigos? No lo sabemos. Son Marianela y el simpático cantante de Jamaica Jimmy Cliff, que se conquistó al auditorio”.

Jimmy le canta a Miss Punta del Este

El festival de Viña transcurrió del 15 al 28 de enero. Pero Jimmy no puede haber permanecido hasta el final ya que el sábado 25 sabemos que estuvo en Punta del Este, Uruguay, contratado para animar la elección de la “reina” del balneario, el evento social más destacado de la temporada en las playas más aristocráticas del continente. El certamen era una iniciativa de Mauricio Litman, el empresario argentino pionero en Punta con sus visionarias inversiones inmobiliarias y sus activaciones culturales y turísticas. Impulsor también del tradicional festival de cine de Punta, Litman fue el creador del Cantegril Country Club, donde cada año se realizaba la elección de la reina. Alejandro, uno de sus cinco hijos, se encargó de conseguir los números musicales en el verano del 69.

Acostumbrado a tocar con sesionistas blancos a partir de su experiencia en Inglaterra, Jimmy Cliff viajaba sin banda y se amoldaba a quien pudiera acompañarlo en cada parada. Alejandro Litman recurrió entonces a un sexteto beat uruguayo llamado Sunshine, que hacía algunos covers de los Beatles y Los Gatos, y en el que tocaban dos amigos suyos: los hermanos Daniel y Carlos Foderé, también habitués de Punta. Sunshine venía de adjudicarse el tercer puesto en el concurso Beat Show de Coca Cola, entre más de 300 aspirantes uruguayos.

“Fue todo muy rápido. Alejandro nos presentó a Jimmy Cliff, a las 3 de la tarde hicimos un ensayo y a la noche tocamos en un escenario al aire libre en el country frente a bastante público, el 70 por ciento argentinos. Fueron solo tres canciones, que nosotros no conocíamos. Pero Jimmy nos pasó las partituras”, recordó Daniel Foderé, el organista del conjunto, hoy escribano jubilado, contactado para Jamaica no existe (Gourmet Musical, 2025), libro sobre “el poder del reggae”, del autor de esta nota.

Igual que su hermano menor, Daniel había sido estudiante de intercambio en Estados Unidos, por lo que se comunicaba bien con el extraño visitante jamaiquino. Los otros integrantes de Sunshine eran Carlos Barate, voz; Oscar Bernatzky, primera guitarra; Carlos Vecino, segunda guitarra; y Enzo Long, bajo; Carlos Foderé tocaba batería. Bernatzky, que con 15 años era el Sunshine más joven, asegura que esa noche interpretaron “En la cascada”, el hit de Cliff, “A Whiter Shade of Pale”, de Procol Harum (que también estaba incluido en su disco brasileño), “y otra canción que no recuerdo. No teníamos ni idea de quién era Jimmy Cliff. Pero no fue muy complicada la cosa. ‘En la cascada’ era muy sencilla y nos entendimos bien porque algunos hablaban inglés. El negro, macanudo. Ningún problema”.

Sunshine estuvo cerca de ser un nombre clave en la historia del reggae sudamericano, o por lo menos en los lazos artísticos entre el Río de la Plata y Jamaica. Pero ocurrieron cosas. “Se ve que la actuación salió bien porque Jimmy Cliff estaba muy conforme y ahí mismo nos propuso acompañarlo como su banda a Buenos Aires, donde tenía programados más conciertos”, dice Daniel Foderé. Lamentablemente, el plan no podría concretarse: el padre de los Foderé sufrió una complicación de salud, por lo que los hermanos debieron volver de urgencia a su ciudad, Rosario (cercana a Nueva Helvecia, Colonia, de donde era el resto del grupo). El hombre murió pocas semanas después y los Foderé dejaron Sunshine y cualquier aspiración a vivir de la música. Tres músicos de Sunshine se reencontraron 50 años después para la presentación de Jamaica no existe en el restaurante La Temeraria, de Montevideo.

56 años después de tocar junto a Jimmy Cliff en Punta del Este, Carlos Vecino y Carlos Foderé, músicos de Sunshine, se reencuentran en el restaurante La Temeraria, de Montevideo (Foto:

En aquel verano de 1969, después de Viña del Mar y Punta del Este, Jimmy Cliff aterrizó en Mar del Plata. El clima de vacaciones y carnavales coincidía con la crisis del gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, que unos meses después, en mayo, se manifestaría en la pueblada obrera y estudiantil del Cordobazo. Ajeno a la coyuntura político-social, antes de seguir viaje a La Feliz, Jimmy reclutó en Buenos Aires a la banda que lo acompañaría. La audición fue nada menos que en el Instituto Di Tella, reconocido como centro de la cultura porteña en los 60, pero no tanto por su rol en la historia del reggae mundial. En el Di Tella se presentaron varios candidatos, pero el propio Jimmy optó por Los Náufragos, la banda beat que no mucho más tarde tendría una notable racha hitera con “Otra vez en la vía”, “Yo en mi casa y ella en el bar”, “Zapatos rotos”, “Te quiero ver bailar” y “De boliche en boliche”, entre otros.

Jimmy en Mar del Plata

“Lo que pasó fue alucinante. Te lo cuento desde el principio, si tenés tiempo”, le dice a Rolling Stone Guillermo Cimadevilla, bajista de Los Náufragos, que en 1968 se completaban con el cantante Quique Villanueva, el organista Gustavo Alessio, el baterista Fredy Zorogastúa y el guitarrista Carlos “Rocky” Nilson.

“Un día, Fernando Falcón, nuestro representante, nos dice: ‘Tengo un artista de Inglaterra. Es un tipo que anda bien, labura mucho, muy buen showman. Lo vendí todo el verano en Mar del Plata. Pero necesita un grupo que lo acompañe’. La prueba era en el Di Tella. Fuimos y ahí estaba Jimmy Cliff, que no hablaba una puta palabra de español. Y no cantó, sólo quería escuchar. Los otros grupos tocaban bien, así que dijimos: ‘Estamos listos, ¿para qué vinimos?’. Pero teníamos un as en la manga, un tema que creíamos que le iba a gustar: una versión de ‘Summertime’, muy movida, muy rockera, que donde quiera que la tocábamos la gente se enganchaba. El negro escuchó el tema, le gustó y nos eligió a nosotros. No me acuerdo de quién era la versión, pero un detalle importante es que el cantante empezaba con una serie de ruidos, nada que ver con el original. A Quique le fascinaba”, cuenta Cimadevilla [nota: la versión de “Summertime” a la que se refiere probablemente sea la del cantante y pianista Billy Stewart, con sus distintivos tarareos y onomatopeyas].

¿Cómo llegaron Los Náufragos, hasta entonces una banda con solo un single editado, al casting de Jimmy Cliff? Ni siquiera Cimadevilla está seguro, pero, a esta altura de la nota, la respuesta debería ser obvia: su manager, Falcón, era socio de… por supuesto, Ricardo Kleinman, con el que compartía la agencia Intershow.

“Al negro le gustó, no porque supiéramos tocar sino porque teníamos onda. Entonces Fernando nos dice: ‘Se tienen que ir ya a Mar del Plata’. A Jimmy lo habían contratado para tocar todo el verano en un boliche, que en realidad era una pista de karting, a la que iba muchísima gente. Se llamaba La Siesta. Se tocaba en la confitería, sin escenario, prácticamente todos los días de la semana. Bastante raro todo, pero si nos pagaban estaba bien”, recuerda el bajista náufrago.

La pista de karting en la que Jimmy Cliff cantó un verano quedaba en la avenida Constitución y ruta 2, de Mar del Plata. Su dueño era Juan Martínez, según Cimadevilla, comisario retirado y propietario también del porteño Club Jamaica, venue por el que pasaron grandes del jazz de la época, incluida Ella Fitzgerald, donde Astor Piazzolla era residente con su quinteto y Gato Barbieri, también habitué, tocó una noche de 1961 que se plasmaría en un disco en vivo.

En 1968, Los Náufragos ya habían grabado su primer sencillo, “La leyenda de Xanadú”, con “Sutilmente, a Susana” en el lado B, una canción que les había cedido Tanguito. “Después de mucha pelea, no pasaba absolutamente nada, nos cagábamos de hambre, no teníamos un puto mango, agarrábamos cualquier cosa. Pero estábamos convencidos de que íbamos a triunfar. Éramos unos inconscientes… Por suerte”.

Fernando Falcón cargaba con su propia mochila. Según recuerda Cimadevilla, era acordeonista y había trabajado en París, pero al fallecer su mujer, regresó a Buenos Aires, quiso dejar de tocar y se dedicó a la representación de artistas.

“Esto que te cuento es relevante para entender cómo corno llegamos a Jimmy Cliff. Nosotros trabajábamos mucho en bailes de campo. Y una vez vamos a tocar a Mar del Plata y nos descubre Jorge Marchesini, que tenía allá un programa de televisión llamado Sábados de mar y sierra, una copia del Sábados circulares, de Pipo Mancera”. Marchesini había sido parte del famoso trío de comedia Los Tres, junto a Carlitos Balá y Alberto Locati, pero ya en su rol de conductor, quedó encantado con Los Náufragos y empezó a hacerlos tocar todos los sábados en su programa. “Las minas estaban esperándonos a nosotros. Entonces Marchesini se entusiasma y quiere ser nuestro representante. Por otro lado, tenía una novia, Anita Martínez (nada que ver con la actriz que se llama igual), a la que le llevaba muchos años. Entonces, digamos que tuvimos ‘un asunto’ con Anita. Y cuando termina el verano del 67, Jorge quería que siguiéramos trabajando con él, pero Anita, que de algún modo tiraba para nuestro lado, le dice: ‘¿Por qué no los dejás tranquilos? Vos no tenés contactos en Buenos Aires, mejor presentales a alguien’. Y así fue que Marchesini nos presenta a Ricardo Kleinman, el gran empresario de la época, que a su vez estaba asociado con Falcón. Así empiezan a salirnos laburos como el de Jimmy Cliff”.

Cimadevilla recuerda nítidamente la estadía en Mar del Plata. “Con el grupo llegamos una mañana y el hotel era espantoso. Pero Jimmy Cliff había viajado por su lado y estaba en uno bueno. Esa misma tarde fuimos a ensayar. Enseguida nos dimos cuenta de que era muy buena persona. Además, nos tenía mucha paciencia. Y tenía carisma, caía bien, y era muy buen showman, al estilo yanqui, con mucho manejo de la escena. Lo hacía tan bien que le terminamos copiando cosas. Fue como un curso acelerado de cómo subir al escenario, si bien en este caso tocábamos al nivel del piso, al lado de la barra. Tenía un tema conocido, ‘En la cascada’. Habremos tocado todo un mes, creo que parte de enero y febrero. Se llenaba de gente, como 300 personas por noche, que era mucho para un tipo al que no lo conocía nadie”.

–¿A qué se refiere con que era buen showman, qué cosas hacía que les llamaron la atención?

–Por ejemplo, en una parte del show, el tipo nos miraba y decía que éramos una buena banda de rock y pedía un aplauso. Pero entonces paraba a la gente y decía [imita un acento extranjero]: “Momentito, los voy a probar”. Nosotros seguíamos tocando una base rítmica, chiquita. Y él decía: “Cuando yo digo uno, orquesta dice uno; vamos a probar”. Y Jimmy decía: “One time!”, y nosotros ¡pum!, marcábamos fuertísimo. “Ok, ok, very good. But it’s very easy. Vamos a hacer more difficult. Two times!”. Y nosotros ¡pum! ¡pum! Así llegaba hasta siete, ocho, nueve, y la gente aplaudía. Él tenía todo el guion, era un truco, no teníamos que adivinar nada. Dicho así, parece una pelotudez, pero a la gente le encantaba. Es la primera vez que lo cuento…

Jimmy junto a Los Náufragos en Mar del Plata. En la foto, el bajista Guillermo Cimadevilla

Todo iba bien en La Siesta, hasta que ocurrió algo inesperado. Mientras Los Náufragos salían económicamente a flote como soporte con esta changa, en Buenos Aires empezaba a rotar su segundo simple por CBS, con otro cover, “Eloise”, y en el lado B, “Vuelvo a naufragar”, del productor Francis Smith. “El título era porque ya habíamos naufragado con el primer simple. El tipo era un genio –dice Cimadevilla–. Estamos laburando en la costa, comiendo fideos en un hotel piojoso, pero felices porque… ¡para eso teníamos 22 años! Y una tarde, en un ensayo, Jimmy me dice: ‘Guillermo, ¿ustedes son Los Náufragos?’. Y mira nuestro nombre en el bombo de la batería. ‘Oh, porque yo escucho a ustedes en radio todos los días. Ustedes son más famosos que yo, ¿cómo es que me acompañan?’. El tipo no lo podía creer. Resulta que la compañía no le había dado bola al disco, pero los disc jockeys sí, y se había vendido muchísimo. Al día siguiente, nos llama Falcón y nos dice: ‘Ya se suben al micro y se vienen para acá’. ‘¿Y Jimmy Cliff?’. ‘Déjenlo ahí, yo le consigo otro grupo’. Al día siguiente estábamos en Buenos Aires y éramos ‘ricos y famosos’, Falcón nos había vendido en todos los carnavales”.

Jimmy va a Rosario

No está claro quiénes reemplazaron a Los Náufragos en La Siesta de Mar del Plata. Pero Héctor Starc asegura haber integrado el grupo que, de vuelta en Buenos Aires, bancó a Jimmy Cliff de gira carnavalera por distintos clubes, e incluso hasta Rosario. Según el guitarrista, en esta oportunidad no se trataba de una banda establecida, como Los Náufragos, sino de un ensamble para la ocasión, que contaba también con el bajista Miguel Monti (alias Miguel Fender, por ser uno de los primeros rockeros locales con un instrumento de esa marca), el organista Carlos Franzetti (que tiempo después se graduaría en Julliard y haría carrera como arreglador en Estados Unidos) y el baterista Rubén de Andrea. Varios de ellos pasarían, además, por el grupo Alta Tensión. Monti tocaría luego en La Banda de Chocolate, con Pajarito Zaguri (que, a su vez, tuvo un breve paso por Los Náufragos). No casualmente, Fernando Falcón representaba a Alta Tensión.

“Jimmy no hablaba castellano, pero no importaba porque estaba todo el día fumado. El negro armaba unos charutos terribles, pegando cuatro papeles, que eran como un faso, pero por cuatro. No sabía en qué país estaba”, dice Starc. “No hacía reggae, hacía canciones. Me acuerdo sobre todo de la que abría el show, ‘En la cascada’, porque yo tenía que tocar la melodía [tararea el motivo del tema] y entonces él salía al escenario con un pantalón y una chaqueta como de cuero descarnado y un cinturón de balas de AK47. A mí me costaba porque nunca tocaba melodías, como buen rockero era más de improvisar”. 

Starc admite que recuerda poco de Jimmy Cliff, pero mucho de los bardos que hacía con sus colegas sesionistas. “Nos divertimos muchísimo”, dice entre risas. “Miguelito Fender era sordo, tocaba leyendo, no sé si leía cifrado o qué. Y tenía un asistente al que le decía El Tonto. Un día estábamos tocando con Jimmy Cliff en Ciudadela, sobre un escenario junto a una pileta. Miguel tenía sus partituras, pero viene un viento y vuelan todas al agua. Y el plomo trataba de engancharlas con un palito de batería. Entonces Miguelito le dice: ‘¡Al agua, Tonto!’, ¡y le pega una patada que lo tira a la pileta!”.

“Hicimos un montón de shows. En uno me desmayé. Estaba de moda un aparatito al que llamaban lanza perfume, un sinfoncito. Lo que no sabía era que había que aspirarlo de un pañuelo y yo me lo mandé por la nariz. Lo hice antes de tocar, porque me creía Jimi Hendrix, y se me dio vuelta todo”.

Starc no cree haber acompañado a Jimmy en Mar del Plata, aunque sí en Rosario. “Viajamos con un remisero que tenía un Rambler Ambassador. Adelante íban el chofer, Miguelito Fender y Franzetti, con una botella de whisky, una hielera, pinzas para los cubitos, un atado de Gitanes y un encendedor Dupont; eran unos dandys. En el asiento de atrás, Jimmy Cliff iba del lado izquierdo, Rubén en el medio y yo de la derecha. Sin que el chofer se diera cuenta, empezamos a tirar partes del auto por las ventanillas: las alfombras, las trabas de seguridad, cualquier cosa… Y cuando llegamos al show, Miguelito, que era un petardo, nos dice que nos levantemos, saca el asiento trasero, lo esconde en el baúl y nos hace sentarnos en el piso, Jimmy Cliff incluido, que no entendía nada. Entonces le dice al dueño del auto: ‘Mire, esto no puede ser, ¡necesitamos que ponga el asiento porque esta gente viene viajando en el piso desde Buenos Aires!’”.

Una nota de Miguel Grinberg sobre Aquelarre, en la revista Rock Superstar (número 10, de 1978), confirma el freelo de Starc: “Completamente autodidacta, llegó rápidamente al profesionalismo. Al cumplir 20 años ya había realizado trabajos de importancia, como acompañar a Jimmy Cliff durante su visita a Buenos Aires”.

Gustavo González, de Rosario, aún recuerda la sorpresa de encontrarse con semejante figura en Serodino, un pueblo del sur de la provincia de Santa Fe, aunque no está seguro si eso fue en 1969 o 1970. “Lugar insólito. Serodino, comuna agrícola, hoy con 3.500 habitantes –reseña para esta nota de Rolling Stone–. Era carnaval, con corso, carrozas, bailes sobre la calle principal, ruta 91, colmado de gente de pueblos cercanos. Al final de la calle todos terminan en el Club Atlético Belgrano de Serodino, música folclórica y otras, choripán, bailes en círculos y ambiente como bien lo describe [en sus narraciones] Luis Landriscina. Anunciado Jimmy Cliff entre tantos, seguramente solo yo lo conocía; y cantó varios temas en el escenario de ladrillos. Hace 55 años no se identificaba el reggae, pero todavía me acuerdo”.

Rubén Walter Cepeda, hoy violinista de la Orquesta Sinfónica de Mar del Plata, recuerda la visita de Jimmy a su ciudad, en 1970, pero no para cantar en la pista de kartings. “Creo que fue en el Hotel Hermitage –estima, consultado por Rolling Stone–. No pude escuchar el concierto; yo tenía 12 años y mis viejos ni hablar de ir a ver ese espectáculo. Estuvo en pleno apogeo de su hit, ‘En la cascada’. Hizo programas de radio y TV publicitando la presentación. Estuvo en un programa radial llamado Sonido 70, conducido por Eduardo Zanolli. Junto con él estuvo en la nota un grupo marplatense que debutaba esa noche y, como no tenía nombre, el mismo Jimmy los bautizó como Renacimiento”.

Neco Sarria, editor del recomendable fanzine Magia Negra, enfocado en música jamaiquina, fue quien dio con uno de los recortes periodísticos más claros en cuanto a la difusa historia de Jimmy Cliff en Argentina. Es una nota de la revista Siete Días del 12 de febrero de 1970, es decir, en vísperas de Carvanal, ergo, plena Temporada Jimmy. “Estremecerá a Buenos Aires durante las dos últimas semanas de febrero y luego se esfumará con 40 mil dólares en el bolsillo: es Jimmy Cliff (23), un showman y compositor jamaicano de ojos melancólicos y ritmo luciferino, que ya el año pasado electrizó a los más exclusivos habitués de Punta del Este, con su ‘Cascada’”, dice el artículo, que además profundiza en la bio: “Hace ocho años y medio, cuando apenas era un niño vagabundo, intervino en el Talent Show, un espectáculo teatral similar al programa Si lo sabe, cante, que Roberto Galán regentea en Buenos Aires. Sin zapatos, con su mejor ropa remendada, subió al escenario para cantar: tenía experiencia callejera”.

El texto es exagerado y cae en la tentación fácil del paralelo local tirado de los pelos, pero pone el dedo sobre un punto fundamental en la historia de la música de Jamaica: el rol de los concursos de talentos. El de Siete Días es un cuento que Cliff repetiría hasta en sus últimas entrevistas.

La nota termina con una información que no desentona con lo dicho antes por New Musical Express: “Jimmy asegura que ‘preferiría construir una casa en la Argentina para vivir aquí’. Tal vez ello tenga relación con la ausencia de prejucio racial visible que singulariza a la Argentina: ‘Durante mi paso por Miami nunca me negaron abiertamente la entrada a un hotel. Me decían que era muy caro para mí, y cuando me disponía a pagar lo que fuera, agregaban que no había habitación’. Pero se apresura a concluir: ‘Sin opresión a la raza negra no habría soul’”.

En marzo de 1970, otro número de Pinap suma un capítulo aún más bizarro a esta cronología. Sin firma, el título “El bello mundo de Jimmy Cliff” encabeza lo que da toda la impresión de no reflejar fielmente las palabras de nuestro héroe jamaiquino. Si bien todo es posible, ¿qué chances hay de que el siguiente diálogo realmente se haya producido?

Periodista: ¿Tuviste oportunidad de ver actuar a algún conjunto argentino?

Jimmy: No, ¡estoy tan ocupado! Pero me han regalado algunos discos. Sólo pude escuchar algunos temas del LP de Almendra y me gusta cómo suenan.

No obstante, otro pasaje de la nota señala correctamente que Jimmy acababa de tocar, meses antes, en diciembre de 1969, en el concierto Peace for Christmas, a beneficio de Unicef, junto a la Plastic Ono Band, en lo que sería la última performance de John Lennon en Londres. Jimmy se movía entre el Caribe, las Pampas y Europa como ningún otro artista jamaiquino.

Con algo de trabajo arqueológico, podemos ubicar a Jimmy en al menos tres eventos porteños en 1971: el Carnaval Beat 71, en el club San Lorenzo, otra vez con Sandro, Palito, Favio, y con Joan Manuel Serrat, además de la participación estelar de Susana Giménez; el Show 71 Up, en el Club Deportivo San Andrés, del partido bonaerense de San Martín, donde aparece anunciado como “Jhimmy” Cliff, junto a Serrat y, por supuesto, Los Náufragos. Y el diario Crónica del domingo 21 de febrero, por otra parte, anunciaba: “Ramos Mejía, la zona de onda de hoy, [el Carnaval] tendrá su sede en Estudiantil Porteño, con la animación del ‘langa’ Juan Alberto Mateyko, anuncia a The President’s, The Rainbow, Jimmy Cliff y Joan Manuel Serrat, quien indudablemente está en todas…”.

Hay que resaltar algo sobre estos carnavales en clubes de lo que aún no se llamaba AMBA: a pesar de la denominación de “bailes”, se trataba cada vez más de espectáculos o conciertos en los que el público no necesariamente danzaba sino que más bien asumía un rol de espectador, propiamente dicho. Una nota del diario Crónica del 16 de febrero de 1970 deslizaba una mirada crítica del fenómeno: “Bailes que solo han tenido esa denominación y en los que pagaban más iban a ver el show anunciado y presentado que a danzar. En Veléz más de 8.000 personas se apostaban jornada tras jornada y a lo largo de las mismas en una tribuna popular frente al campo de juego futbolístico y observaban y se deleitaban –o no– con un desfile incesante de estrellas de la canción”. Otra información de Crónica, una semana antes, consignaba que el Carnaval de Vélez, donde había cantado Jimmy Cliff, era el de mayor repercusión ese año, con 16.057.500 pesos, seguido del Club Comunicaciones y el Centro Lucense.

Muchos ríos por cruzar…

No hay rastros de Jimmy Cliff en los carnavales de 1972, al menos no que hayan aparecido en esta investigación. Todo indica que en 1971 se cerró su ciclo de pasajero frecuente a la Argentina y que, definitivamente, el sueño de construir una casa en el país nunca se concretó. El destino le reservaba otros planes, que explican el cambio de foco en su carrera. El 5 de junio de 1972, se estrenó en el cine Carib, de Kingston, The Harder They Come, la película de Perry Henzell protagonizada por Jimmy, que se exhibiría en Londres a partir de septiembre de ese año y en Estados Unidos desde inicios del año siguiente. El film no batió records de recaudación, pero potenció la carrera del protagonista, que además aportaba la mitad de las canciones de la banda de sonido, incluyendo la del título. El soundtrack, producido por Island Records, es hasta hoy considerado uno de los discos de reggae fundamentales.

El guion original de la película se basaba en la historia real de Rhygin, quizás el delincuente más célebre de Jamaica, acribillado por la policía luego de un sangriento raid por Kingston. Pero al reclutar a Cliff, Henzell ajustó el perfil del personaje al de un aspirante a artista que llega desde el interior de la isla a la capital en busca de una oportunidad y es explotado por la prolífica, pero vidriosa industria musical de Kingston. Es decir, la historia del propio Jimmy, al punto que la escena en la que se lo ve cantar en un estudio es sencillamente una sesión de grabación auténtica. Claro que, como no se trata de un documental, vemos ahí a un hombre a punto de estallar de frustración, y no a un animador frecuente de los carnavales porteños junto a Sandro y Palito Ortega. Y, sin embargo, si se despeja el elemento policial, hay algo en The Harder They Come que recuerda a esos films musicales, sobre artistas en la lucha, que estos argentinos supieron encarnar en parte como estrategia para promocionar sus canciones.

La experiencia en Brasil sería determinante en la carrera y en la vida personal de Cliff. Con los años, no solo volvería a actuar en ese país, sino que incluso viviría durante períodos en Salvador, Río y San Pablo, colaborando con artistas locales (Olodum, muy en especial) y fusionando su música con ritmos brasileños. Incluso tendría una hija brasileña.

A Buenos Aires, en cambio, volvería sólo una vez, recién en 1993, para dar un show en el teatro Gran Rex. En esa oportunidad, sí, frente un público de aficionados, que conocían su obra, en una plaza que ya había vivido una fiebre del reggae en la segunda mitad de los 80 y que había recibido también a otros pesos pesados del género como Black Uhuru, Israel Vibration y Yellowman.

Por su parte, la historia de Los Náufragos o más bien de Guillermo Cimadevilla con Jimmy Cliff terminaría con un gag propio de la comedia blanca de los años 60. Durante su residencia en La Siesta tocando con el jamaiquino, el bajista conoció a Adriana, una de las hijas de Juan Martínez, el dueño de la pista de karting y confitería. Un año después, Guillermo y Adriana se reencontraron casualmente en una fiesta en Buenos Aires. Se pusieron de novios y, otro año más tarde, se casaron. Tendrían cinco hijos. Hoy todos ellos residen en distintos países europeos. Uno de ellos es músico, como su padre.

“Después [de tocar con él] no supe más nada de Jimmy Cliff. Le perdí el rastro. No sabía si este hombre vivía o no, porque era un poco mayor que nosotros. Entonces, hace pocos años, voy a Alemania por otras cuestiones, andaba paseando solo por Frankfurt y veo un cartel anunciando una rave, una de esas cosas tipo Lollapalooza, con un montón de artistas que no conocía. Pero arriba de todo veo a Jimmy Cliff. Increíble. Y digo: ‘Qué bien, este hombre’. Porque, además de todo, debía tener sus añitos. Después mi mujer me dijo: ‘Lo podías haber buscado en Instagram, seguro que se acuerda…’”.

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