Artistas que debes conocer: Gato ‘e Monte
¿De dónde nació el nombre Gato ‘e Monte? De una historia contada por un maestro en el Llano: “En una faena llanera, este maestro se perdió en la sabana y, cuando ya estaba derrotado, tuvo una visión de una res y de un gato de monte que al final lo ayudaron a regresar. Yo le dije que necesitaba un gato de monte que me ayudara a regresar a casa cuando estuviera borracho”. Con el pasar del tiempo, esa historia terminó convirtiéndose en su nombre artístico, uno que, más que ayudarlo a regresar a casa, nos ayuda a regresar a lo que verdaderamente nos representa como colombianos a través de los sonidos: la música campesina.
“Involucrarme en las sonoridades campesinas con una personalidad sonora de la ciudad”. Esa fue la premisa fundamental con la que Gustavo Casallas emprendió un viaje atípico, lleno de aprendizajes, que lo llevó de la fría Bogotá a las amplias sabanas del Llano colombiano, más específicamente a Maní, Casanare, cuna de la bandola llanera, donde yace uno de esos monumentos de los que debería haber más: monumentos a nuestras culturas campesinas, que, al fin y al cabo, terminan siendo la cultura que nos representa a todos.
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“Las músicas campesinas son la tecnología para combatir el olvido. Cada persona inventa maneras, cantos o técnicas… cada persona encuentra la tecnología para acercarse a su memoria, a su familia y a su parranda”.
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Esa premisa inicial ha llevado a Gato ‘e Monte a derribar las etiquetas entre la música urbana y la rural, dos universos que, al fin y al cabo, se han construido entrelazándose entre sí: “La carranga tiene su corazón en el campo y el campesino, pero nació en la Universidad Nacional de la mano de Jorge Velosa”, explica Gustavo.
El sueño de convertirse en futbolista y su primera orquesta de punk terminan desvaneciéndose cuando, por los azares de la vida, conoció a Jorge González, el requintista de Jorge Velosa, quien despertó el amor de Gustavo por el requinto. Más adelante, ese interés terminaría mutando en el chiflamero, un instrumento híbrido entre la bandola llanera y el tiple andino. “Después de eso renuncié a la universidad y empecé seriamente mi trabajo investigativo de músicas campesinas y mi carrera como músico a tiempo completo”.
Al revés, así fue como Gustavo emprendió su camino de aprendizajes. Normalmente, el campesino va a la ciudad en busca de conocimiento, pero Gustavo emprendió un viaje a los pueblos para encontrarlo. “Ha sido un camino lento, de introspección y, por supuesto, de romper etiquetas. Uno se acerca a estos maestros con muchos prejuicios, de que son conservadores y tienen un arraigo inamovible sobre el folclor… pero, al final, al acercarme, me di cuenta de que eran señores que hacían exactamente lo que a mí me gustaba: tocar y emborracharse. La música de ellos es extremadamente libre y liberal, son personas con un pensamiento muy liberal”.
“Un universo inexplorado y marginado”. Eso fue lo que encontró Gustavo al adentrarse en las músicas campesinas, porque es muy distinto hablar de la música llanera “criolla” que de las músicas contemporáneas de hoy en día dentro del mismo Llano. Gato ‘e Monte se enamoró de la “criolla”. “La tarima y los festivales han dejado atrás esas músicas criollas. Lo más impresionante para mí era ver al viejito sentado con sus propias afinaciones, porque todo el mundo quería a John Petrucci con la bandola. En cambio, yo vengo de eso, del rock, y lo que ahora me interesa son esas afinaciones de más de 100 años de cada maestro, la manera en que tocan, esas conexiones campesinas que se forman entre el Llano y Boyacá”.
“Si usted no toma y parrandea, es difícil entrarle al llanero”, recuerda sobre sus primeras experiencias en el Llano, una región orgullosa de lo suyo que, en ciertas oportunidades, puede llegar a ser un poco cerrada. “Pero indudablemente me cambiaron la vida y me encanta lo orgullosos que son de su joropo y cómo todavía lo viven en festivales como el de Maní. Yo estoy en el Llano en una fiesta con Héctor Julio Belisario y le pongo una salsa o un merengue y me mata; allá se está escuchando Simón Díaz o Jesús Moreno”.
Desde el colegio, cuando nos enseñan sobre las regiones de Colombia, siempre nos las muestran por separado. Sin embargo, en su investigación, Gustavo ejemplifica algunos de los factores que conectan nuestras músicas. Desde la carranga, el bambuco y la música llanera hasta el vallenato verdaderamente clásico, el bullerengue y las músicas del Pacífico, son más las cosas que nos conectan que las que nos separan. “En el Llano, muchos músicos han adquirido sus primeros instrumentos en Ráquira; muchos empezaron con un requinto o, en lugar de una bandola o un arpa, empezaron con un tiple. Muchos años antes, Boyacá y Casanare eran un solo departamento. Las músicas campesinas se han forjado a través de procesos largos y complejos, gracias a muchos viajes. Hay una gran conexión entre el vallenato de cuerdas de Guillermo Buitrago y la carranga… por eso, para mí es difícil asumir un solo género, porque conozco esa complejidad que ha rodeado esos universos sonoros campesinos”.
“Ninguno de nosotros está haciendo folclor, porque el folclor está allá, el folclor está con el trabajador que se baja de su caballo, deja sus herramientas de trabajo a las cinco, y a las seis se acuesta en un chinchorro, rasga un cuatro y canta sus alegrías y sus tristezas”. Esa es la reflexión sobre el folclor que plantea el Cholo Valderrama. Ante ella, Gato ‘e Monte responde: “Claro, existe una relación íntima entre el campesino y la música como una manera de habitar el mundo y relacionarse, eso es muy bonito. Pero la música está en función de la comunidad y, más que folclor, yo siento que las músicas campesinas son la tecnología para combatir el olvido. Cada persona inventa maneras, cantos o técnicas… cada persona encuentra la tecnología para acercarse a su memoria, a su familia y a su parranda”.
“Esa palabra no me gusta”, responde al preguntarle por el significado del folclor. “Siento que es la música tradicional llevada al libro. Pero creo que esa palabra es la relación pura que existe entre la persona y su música campesina, con su música de trabajo”.

Las canciones de Gato ‘e Monte van más allá de lo instrumental, pues las letras también juegan un papel fundamental. “No ha sido una cosa muy consciente. En un inicio, la gente empezó a asociarme con los cantautores latinoamericanos como Pablo Milanés, Víctor Jara, Violeta Parra… son artistas muy chéveres, pero no era lo que a mí me gustaba y escuchaba, eso era harina de otro costal. Yo nunca me he sentado a hacer música protesta, yo canto de lo que pasa. Hace unos años incendiamos la ciudad porque en un CAI violaron a una mujer y unos policías, por exceso de su fuerza, mataron a un abogado. Además, estamos en un país que nos cierra las posibilidades de una vida digna, a eso es a lo que yo le canto, es lo que yo veo. Ojo, también quiero pegar [risas]”.
Como bien se mencionó previamente, uno de los aspectos más importantes de las músicas campesinas es la memoria y la historia que habitan en ellas. “Bogotá no puede quedarse con una memoria tan corta, Bogotá no es solo rock, eso es miope. No sé qué tan importante es hacer música campesina hoy en día, pero sí me parece trascendental que la gente entienda que nuestra fiesta, nuestra farra, es algo de antaño y que tiene mucho que ver con nuestras cuerdas. Por más que usted sea rockero, en diciembre Los Corraleros de Majagual le cambian el chip. Sí creo que hay una tarea y responsabilidad de parte de los artistas: demostrar esa trascendentalidad”.

El sentimiento acomplejado del colombiano nos acompaña desde hace varias décadas. Siempre se ha percibido lo extranjero como algo de mayor calidad, mientras que lo autóctono se ha visto como algo precario. Ahí radica un punto fundamental en el que la música de Gato e’ Monte se convierte en un oasis en medio del desierto: “Lo colombiano se ve dejado, mientras lo de otros lugares se ve de calidad. Pero cuando se está lejos, es el sonido de la bandola lo que genera esa nostalgia por el país. ¿Verdaderamente dónde está el valor de la música colombiana?”, reflexiona Gustavo después de su gira por Europa, al recordar el sentimiento que evocaba su música de cuerdas en las tarimas del viejo continente.
¿Cómo ve el futuro de las músicas campesinas? “En disputa. Como la mayoría de cosas en Latinoamérica. Ahorita que se habla de una batalla cultural, eso no es una etiqueta de la política de derecha, es una batalla sonora del pueblo importantísima. Hay gente muy consciente de eso y la música termina siendo política en ese sentido: la música campesina es una manera de vernos y sentirnos para cada día ser mejores. Gato ‘e Monte va a estar en esa disputa, representando lo que creemos que es la música campesina”.


















