Marcelo ‘Balde’ Spósito: “No puedo parar de hacer canciones”
MAR DE COBO.— Cuando Marcelo “Balde” Spósito abrió por primera vez En el camino, la novela de Jack Kerouac, sintió el viento en la cara. Tenía veintipico y, desde entonces, el libro siempre lo acompaña. Cuando escribió la canción “En el camino” (“Voy a probar todo lo que tenga que probar/ Voy a dejar todo lo que tenga que dejar/ Para ir muy lejos/ para irme lejos”) no imaginaba el viaje que se venía, hasta el lugar donde hoy quiere estar. Era principios de 2002, plena crisis argentina. Kapanga estaba de gira por Puerto Rico y Marcelo–cofundador, compositor y hasta entonces bajista de la banda– empezó a sentir ataques de pánico. El contexto no ayudaba. Habían viajado por 15 días, pero llevaban más de cuatro semanas varados. No podían volver al país porque no les pagaban. El grupo aprovechó la espera para darle forma al disco Botánika. Balde, mientras tanto, sentía que su mundo se derrumbaba.
Temblores, calambres, rigidez en los músculos, dolor. El brazo derecho respondía cuando quería. Los primeros médicos en Buenos Aires pensaron que podía ser estrés o el síndrome del túnel carpiano. Tardaron cuatro años en acertar el diagnóstico: parkinsonismo juvenil, una condición neurológica que afecta a 0,8 de cada 100.000 personas.
“Fue un cachetazo –recuerda Balde en su casa, a dos cuadras del mar–. En ese tiempo empezaron a surgir diferencias con los que tocaban conmigo, así que decidí bajarme”.
Hace un rato encendió la chimenea y cocinó un puchero por si alguna de sus hijas aparece más tarde o por si algún amigo cae sin avisar. Para pasar mejor el invierno, acomodó su cama en el living, junto al fuego. Frente a ella, una tele muestra el documental Paul McCartney: Man on the Run (Hombre a la fuga), ahora sin volumen. En los dos encuentros siguientes con Rolling Stone, en la pantalla siempre habrá algún video de los Beatles.
Marcelo cumplirá 60 años el 26 de este mes. Vive solo, pero está bien rodeado. Conoció este balneario a 30 kilómetros de Mar del Plata cuando apenas había un puñado de casas. Se fue instalando de a poco. Ya había dejado su rol de bajista en Kapanga, pero seguía componiendo y conservaba otras funciones dentro del grupo que había creado junto con Martín “Mono” Fabio, en Quilmes.
“Vinimos primero con Paula, que ahora es mi exmujer, mi hija Valentina, que tenía 2 años, un perro y una carpa. Estuvimos en un camping en Mar Chiquita y después alquilamos una casa acá, que tenía un doble casetera. Yo siempre andaba con un grabador de periodista. Entonces me iba a la playa, grababa melodías mientras caminaba solo como un lunático y después las reproducía en una de las caseteras, mientras grababa en la otra. Era un montaje muy precario, pero las canciones iban saliendo”.
En la vida de Marcelo siempre hubo música. De chico, revolvía los discos de su papá: El Club del Clan, el Trío Los Panchos, Sandro, Leonardo Favio, tango y música italiana de los años 60. A los 5 años, entre esos vinilos descubrió el compilado Por siempre Beatles y, unos días después, Socorro. Más tarde, Led Zeppelin, Deep Purple, los Stones, los Kinks y rock nacional. A los 11 o 12, con un amigo que tocaba la guitarra empezaron a componer canciones para burlarse de unos vecinos. En la adolescencia, inventaba temas de protesta contra los militares. “Desde siempre me gusta componer. Me encanta la forma que van tomando las canciones, de la hoja en blanco a un tema que después cantan en la cancha”.
“El mono relojero” es apenas uno de sus hits que llegaron a los estadios de todo el país. “Ganamos el Disco de Oro con ese disco [A 15 cm de la realidad, 1998], pero para mí fue mucho más emocionante ir a la Bombonera y que lo cante La 12. La hinchada de Newell’s usaba como diez temas nuestros. Tuvimos varios en el ranking del programa El aguante, de todos los equipos del ascenso. Es un montón: siempre aparece una nueva versión”.
Balde tuvo un rol protagónico en diez discos de Kapanga y en la película (Kapanga todoterreno, 2009), hasta dejar la banda completamente a principios de 2011. En las últimas grabaciones, aparecen temas que él compuso y que hoy reconoce como una expresión, acaso involuntaria, de su necesidad de una vida junto al mar. En “Desearía” (¡Esta!, 2004), por ejemplo, escribió: “Quiero escapar/ quiero dejarte en mi pasado/ la ciudad no me permite ver el sol”. En “Un lugar” (Crece, 2007): “Por ese atajo va mi destino/ solo no lo puedo dejar”. En “Ruta” (Todoterreno, 2009): “Soy un punto en medio de este mundo/ Con mi brújula sin rumbo/ Porque nunca sé muy bien adónde voy”.
Ya había nacido Mía, su segunda hija, cuando la decisión de quedarse en Mar de Cobo fue definitiva. “Cambié el estilo de vida para amortiguar un poco la movida del párkinson –cuenta–. En un primer momento, te cagás todo”.
Nada fue fácil al comienzo. Una noche, al poco tiempo de llegar, la cola de un tornado levantó el techo (“como en un dibujito animado”) del garaje donde vivían mientras su casa estaba aún en construcción. Se metieron en su Gol Country, que temblaba más que ellos. No tenían trabajo y seguir los tratamientos médicos era un desafío mayor en un paraje alejado de la ciudad. “Hay días que estoy bien y hay días que estoy menos bien. Pero, como decía Javier Martínez en Manal: es oxidarse o resistir; para ganar o empatar prefiero sonreír. Es una enfermedad bastante cruel, pero me ayudó mucho estar metido en la música todo el tiempo”.
Juan “Repique” Zubillaga acaba de llegar. Trajo unos chacinados caseros para compartir, envueltos en papel de diario y curados durante diez días. Es baterista, vive en Camet Norte (a 10 km de Cobo) y fue parte de la Ray William Morrison Orquesta, el primer grupo de la zona que convocó a Marcelo para producir un disco. Ensayaron con él 65 jornadas hasta grabarlo. Marcelo encabezó luego la producción de grupos de Mar del Plata y armó una banda, Cultivo la Tierra, que sacó “un discazo, una bomba atómica con poca difusión”, asegura.
Después llegaron músicos de más lejos. Grabó diez temas con Edu Schmidt, ex Árbol, que derivaron en Chocho! (2013). Compuso para el grupo chileno Toma Como Rey. Escribió 25 canciones para Los Caligaris, la mayoría de las cuales fueron cortes de difusión. “No llevo el cálculo, pero en el término de tres o cuatro años hice como 70 canciones. Después, empecé con las Minicanciones”.
Marcelo se acomoda en la cama y Repique le masajea las piernas. Hace tiempo que el baterista estudia cómo ayudar a su amigo para aliviar su rigidez muscular y le armó una rutina de estiramientos que practican juntos. Ambos integran Los 5 Ladinos, un grupo local que toca en bares y paradores del pueblo. A veces son cinco integrantes o más, pero el pilar de la banda son ellos dos más Juanete Stagno, que aparece en la casa cuando está anocheciendo.
“Conocí a Juanete en La Tanguería de Mar del Plata –cuenta Marcelo–. Me lo presentó una amiga y pegamos al toque una conexión increíble. Ya compusimos cualquier cantidad de temas juntos”. Aunque no lo blanqueó de entrada, Juanete tenía bien en claro quién era Balde. “Cuando nos reunimos por primera vez, le sonó el teléfono y su ringtone era ‘El mono relojero’ –se ríe Balde–. Acá conocí muy buenos músicos y muy buena gente. Siempre se interesaron en lo que hago, con mucho respeto. Yo siento que me cuidan”.
Venderle una heladera a un esquimal
Valentina y su mamá almuerzan en la casa de Balde. Todavía queda un montón de puchero en la olla enorme que él preparó la noche anterior. Con Paula se separaron hace ocho años, pero se llevan muy bien. Valentina vive en Mar del Plata; Mía, en Mar de Cobo.
Marcelo es familiero a la italiana. Su mamá era “una de esas personas que, con una papa, te hacía una tortilla. A la tarde todos venían a merendar a mi casa porque ella hacía masitas, bizcochitos. Una mina muy generosa, hija de tanos”. Su papá era vendedor: de muñecos, de blanquería y, mucho después, también de shows. Él era fan de Marcelo en todo lo que hacía: cuando jugó al fútbol –llegó a la tercera de Independiente y estuvo cerca de irse a un club de Portugal–, le decía que se parecía a Batistuta; cuando armó su primera banda, los Eyelites, se puso al frente para que grabaran un disco.
“Mi viejo juntó a los padres de los flacos que tocaban conmigo y les dijo que, si ponían un poco de plata, podíamos grabar. Después, se reunió con Gustavo Gauvry, dueño de Del Cielito Records, y lo terminamos sacando. Él nunca había tenido nada que ver con la música. Pero me apoyaba en todo y era muy carismático. Decía que le podía vender una heladera a un esquimal. Y era cierto”.
El LP de Eyelites (A calzón quitado) salió en 1990, con Javier Calamaro como productor y Mario Breuer de ingeniero de sonido. A la distancia, a Balde le parece un disco “bastante naif, pero está bien”. Hacían ska y componían entre varios. “Paralelamente a eso, habíamos armado Kapanga y los Yacarés con el Mono y tocábamos en cumpleaños y casamientos. Con Kapanga ahí no pasó nada. Entonces paramos y armé otra banda, que se llamaba Beto Medrano y sus Perros Largos y Verdes. Grabamos dos discos. El primero sonó un poco y el segundo fue un suicidio comercial”.
¿Cuándo sentiste que te podías dedicar de lleno a la música?
Recién cuando pegó “El mono relojero”. Pero también con incertidumbre de cómo iba a seguir, porque era apenas un tema. Después sacamos “Me mata”; pegó también. Sacamos “Ramón” y “Cecator, el borracho” y pasó lo mismo. Fue creciendo. Al tercer disco estábamos ya encaminados.

Gran parte de las canciones de Kapanga las compuso solo o con Maikel De Luna Campos, el guitarrista. “En esos primeros discos me di cuenta de que tenía facilidad para hacer melodías. Después, creo que el nivel de las composiciones fue creciendo, y eso me gustó”. De la banda de Quilmes, Marcelo dice que lo empujaron a irse “por cuestiones de guita. Fue medio suicida irme así, pero sentí mucha hipocresía. Y antes de que me empujen, me voy solo: ‘Quédense con la banda, yo me voy con mis canciones’”.
Javier Diment llega después del almuerzo, con alfajores y una cámara. El director de cine suele venir a Mar de Cobo y conoció a Balde hace tres o cuatro veranos. Ahora decidió filmarlo para un futuro documental sobre el músico. Al rato vuelve Juanete y arranca la máquina de hacer canciones: en tándem con Marcelo, son Latorre y Batistuta.
Se sientan en un sillón, Juanete con la guitarra y Balde con los ojos cerrados, tirando letra. Sale una: “Me compré un disfraz de gato/ buscando mi identidad/ Lo iba a usar tan solo un rato…/ Yo quiero ser un therian/ Maullando por ahí”.
¿Siempre te gustó meter humor en las canciones?
En algunas, sí. Pero muchos piensan que son todas canciones en joda y no es así, hay muchas que tienen otra connotación. Me gusta lo tragicómico y también lo social. “El mono relojero” era una canción de protesta. “Labios” estaba dedicada a un flaco que se travestía para sobrevivir; la letra es bastante punk y social… En su momento, en Kapanga hubo una serie de planteos sobre “Desearía” o “Postal”, decían que nos estábamos ablandando.
¿Ablandando en qué sentido?
Que nos estábamos volviendo más pop. Para mí, son dos temazos.
¿Nunca te dio miedo que te encasillen en un género o que te quiten méritos por eso del humor?
Nunca tuve ese prejuicio. Me parece que la música está ahí y lo que te pinte, si vos estás convencido, está bien. Yo hago cosas que a mí me gusta escuchar. Eso, básicamente. No me molesta escuchar mil veces un tema que hice. De hecho, en las Minicanciones hay una mezcla de rock, cuarteto, pop francés, música italiana de los 60… Todo en un mismo disco.
Las Minicanciones son temas de un minuto y medio que surgieron cuando lo convocaron desde un programa de Radio Metro de Mar del Plata para hacer una columna. “Me preguntaron qué se me ocurría y tuve la idea de hablar con un oyente y que pidiera una canción, de lo que quisiera: me peleé con mi novia, mi suegra me rompe las bolas, la escuela, la policía, lo que sea. Un perro. Bueno, llamaba la gente, charlábamos y a la semana siguiente, yo tenía que llegar con la canción lista y grabada”.
Balde hizo 31 temas en 30 semanas. “Una chica me pidió: ‘Tengo un problema en la columna y quiero que me hagas una canción’. Hice un tema que se llama ‘Dolor cervical’. Otro quería una canción sobre el secador de verduras de Sprayette. Todas cosas así. Me vino bien como ejercicio, tuve una gimnasia bárbara”.
Las Minicanciones tomaron vuelo propio. Ya son seis los volúmenes que Balde fue grabando con distintos músicos –Martín Halkett, Valentín Scagliola, Gastón Ramos y Luciana Messina, entre otros– y subiendo a Spotify. Ya tiene listo otro disco, El álbum beige, y un EP de Los 5 ladinos. De las 300 canciones que Marcelo tiene registradas y grabadas, la mayoría son de la era post Kapanga.
“Yo no puedo parar de hacer canciones. Me sirve, me aliviana. Me mantiene la cabeza ocupada. Voy tratando de ralentizar el progreso de la enfermedad con los tratamientos que me indican, aunque en tantos años es imposible no tener altibajos. De lo que estoy seguro es que si me hubiera dedicado nada más a hacer las cosas bien en ese sentido, habría hecho menos música y la cabeza me hubiera durado menos. Voy a kinesiología, masajes, psicólogo, pero mantenerlo es muy complicado. Por cuestiones de plata también, porque son todas cosas que tenés que pagar y a veces no es fácil”.
Con tantos hits que compusiste, ¿no alcanzan los derechos de autor?
Digamos que sí, yo vivo. Pero la realidad es que un autor en otro país que mete 50 temas que fueron populares es multimillonario. Y acá, yo… Si un cuatrimestre viene bien, vivo, no paso necesidades. Pero si viene mal, tengo que ajustar las cuentas. Siempre les digo a mis amigos: Blink-182… Pegaron un tema y el baterista coleccionaba autos de lujo. ¿Entendés? Yo, con un cobro, nunca pude comprarme ni un 147. “El mono relojero” hace 30 años que la pasan en comuniones, bar mitzvah, en todos lados. En los telos, en los bares. Y así tengo muchas canciones que fueron masivas. Sin embargo, ese salto de decir: ‘Cobro como Fito Páez’ no lo tengo”.
Marcelo camina por la playa para la sesión de fotos. La tarde está fría y el viento, hostil. Con Juanete y Repique esperan que el clima mejore para volver a tocar en vivo. Sus shows son como rituales, que mucha gente del pueblo espera y que sorprenden a los foráneos. Son momentos cálidos, divertidos, pequeños. Balde se da el gusto de cantar.
“En una canción digo: ‘Vivo donde quiero y no es poco, donde el viento amontona locos’. Lo más complicado para mí son los momentos en que me quedo solo”, cuenta, ya de regreso en su casa. El fuego sigue encendido, pero hay que sumar leña.
Marcelo se acuesta un rato. Sube el volumen y suena casualmente “Getting Better”.



















