A un mes de su muerte, el legado afro de Dani Buira en Los Piojos, La Chilinga y el rock argentino

“Muchos chilingos me dicen: ‘Che, vos tenés que escribir la historia de la escuela, tenés que contar la cantidad de anécdotas y sucesos que hubo, los artistas populares con los que compartimos, pero también la historia de los ritmos, de dónde sale cada uno’. Pero cuando yo pienso en ese libro, pienso en que hay que hablar de la integración social, contar cómo se arma y se mantiene un proyecto como La Chilinga, contar qué es la música popular, qué es la interpretación, qué es la creatividad dentro de un proyecto como este. Se trata de un proceso cultural único, fuerte, comprometido y que liga a la cultura en sí con las diferencias entre lo académico y lo popular. Y tendría que contar por qué hice esos ritmos, cómo armé el programa y por qué está hecho de tal manera”. El que habla es Daniel Buira, pero no es una declaración periodística. Es el fragmento de un extenso audio que le había mandado a su amigo Pol Neiman, percusionista, cantante y poeta, en tiempos de cuarentena, cuando Pol –un pilar de los primeros tres lustros de La Chilinga– se había propuesto narrar en un libro su experiencia en el grupo-escuela de percusión. 

El legado de Buira, que falleció inesperadamente, a los 54 años, en la madrugada del sábado 21 de marzo luego de sufrir una descompensación en la sala del grupo en Ciudad Jardín –una de las nueve sedes actuales del proyecto que había empezado en 1995, y que seguirá en pie con su hijo Caetano al frente junto a los profesores históricos–, está en esas declaraciones, pero sobre todo en los tambores. En sus 14 años como baterista de Los Piojos, fue indispensable en la arquitectura sonora del grupo y revolucionó su instrumento en la escena rockera. Su aporte a la cultura popular argentina, sin embargo, trasciende la percusión y abarca desde el rescate y la difusión de la cultura afro hasta el sentido social y político del arte, en todas sus formas.

Daniel Buira, que llegó al mundo el 26 de septiembre de 1971, era un pibe nacido y criado en el oeste del Gran Buenos Aires, que jugaba muy bien al básquet pero era también muy futbolero. “Mi papá era hincha de All Boys, pero un profesor de básquet [jugaba muy bien y en la adolescencia estuvo federado] lo hizo hincha de Independiente”, le cuenta su hermana mayor, Graciela, a Rolling Stone.

Graciela fue fundamental en la educación sentimental de Dani. “En casa se escuchaba mucha música. A mi papá le gustaba mucho el jazz, pero también se escuchaba folclore, Pink Floyd, Yes… Pero como yo le llevaba diez años, en la adolescencia escuchaba la música que nos gustaba a mi novio y a mí. Era fanático de Los Abuelos de la Nada, y cuando tenía unos nueve años lo llevamos al estadio Obras a ver a Rubén Blades, con los Abuelos como teloneros”, relata. En septiembre de 1983, Daniel quedó deslumbrado por el artista panameño que, acompañado por su grupo, Seis del Solar, debutaba en Buenos Aires. Nadie hubiera imaginado que, un cuarto de siglo más tarde, terminarían colaborando en una canción de Calle 13.

 Tenía una fascinación por el ritmo desde chico. “El último viaje familiar que hicimos con mis viejos, los cuatro juntos, fue a Puerto Madryn. Fuimos en un Citroën, chiquitito, que iba a 30 kilómetros por hora, y Dani todo el tiempo fue haciendo ritmos sobre una lata de galletitas danesas… ¡todo el viaje tocando la latita! Imaginate…”. 

Antes de eso, cuenta Graciela, cuando tendría cinco o seis años, improvisaba una batería con ollas y sartenes en un pasillo de la casa. “Si querías pasar, tenías que escucharlo”, evoca. Ese era el peaje.  

Tuvo su primer instrumento a los catorce, regalo de su abuelo, pero hacía un año que estudiaba batería. Se había hecho fanático de los Rolling Stones y de Genesis, y cuando ya estaba terminando la escuela armó una banda de rock con sus amigos del secundario. “Los Piojos en el 88 habrían tocado unas cuatro o cinco veces (cambiando la formación incluso) y tendrían unos cuatro o cinco temas además de los covers de los Stones y alguno de Chuck Berry que sumaban al repertorio”, recuerda Andrés Ciro Martínez. “Ahí es donde pasé un verano por la casa de la calle Calicanto y escuché una banda ensayando. Me gustó porque tenía onda stone y sonaban bien”. 

Micky, Dani, And´res, Piti y Tavo, Los Piojos en la época de Azul, otoño de 1998 (Leo Vaca/Archivo RS).

Era el hogar de la familia Buira. “La casa era como muchas de Ciudad Jardín, que se hicieron con el primer o segundo gobierno de Perón. Chalecito con un pequeño jardín y el living, y una habitación al frente. Más otra y la cocina atrás. Y un patio al fondo”, describe el cantante. “Me sorprendía que la heladera siempre estaba muy llena y había jamón, queso, dulces… A veces merendábamos antes o después de ensayar. Dani iba al mismo colegio que yo [Bernardino Rivadavia de El Palomar], pero tres años menos. Era compañero de Piti [Fernández, guitarrista de Los Piojos]. Ahí fue donde conocí a la banda entera y ensayé para tocar la armónica invitado para dos shows. A ellos no les gustaba el cantante y después de cantar en algún ensayo me propusieron entrar”.

Fue en esos primeros ensayos que Ciro percibió el potencial de Buira. “Me gustaba mucho cómo tocaba, tenía mucha energía. También era jodón, era hincha. Me exigía que me apurara con las letras. Le gustaba algo y se fanatizaba con eso y lo repetía siempre. Él tendría 18. Yo 20”, le cuenta a Rolling Stone. “Dani siempre estaba empujando para avanzar. Cuando le gustaba un tema que estábamos componiendo lo tocaba constantemente buscando que la banda lo tocara aunque hubiera otras prioridades. Yo le decía que era hijo doblemente único porque tenía una hermana bastante más grande, entonces lo habían malcriado ella y la madre. Los padres tenían muy buena onda y se bancaban todo. Jugábamos mucho al fútbol y Dani era un 9 letal. Aunque también era quizá el tipo más comilón que conocí. No tenía problema en recibir solo, aguantarla, girar y pegarle al arco con gran efectividad. Eso lo hacía muy bien. Pero de devolver un pase ni hablemos. Y él decía que eso no era cierto. Una vez lo pasamos a buscar para jugar y le digo al viejo: ‘¿No viene a verlo a Dani?’. ‘¿A este? ¡Nooo, si es un morfón!’. Estallamos de risa y él lo siguió negando siempre. Pero en desafíos era muy bueno tenerlo en el equipo. Después empezamos a cambiar de casas para ensayar y Dani llevaba su batería. Pero creo que donde más estuvimos esa primera etapa fue en su living”.

Andrés le mostró a Dani la música del uruguayo Rubén Rada por primera vez. “Mi viejo con un vecino, hijo del viejo Coco que aparece en el video de ‘Buenos días Palomar’, intercambiaban discos de jazz, y él le hizo conocer a Rada. Y ahí yo me volví loco y empecé a tirar esa onda. De hecho hacía una base de candombe al final de un demo. Pero a Dani al principio no le copaba”, recuerda. “Después rápidamente se fanatizó y empezó a meter donde podía todo lo que aprendía con esa onda. Y zapaba bases como la que después fue ‘Ay ay ay’. Hizo viajes a Brasil para aprender. Venía y te decía: ‘Yo soy negro’”. 

La Piojera, así denominaban la casa en la que ensayaron y vivieron los integrantes del grupo, después de la salida de Chactuchcac (1992). Fue allí, en la avenida Palazzo, esquina Libertad, donde compusieron varias de sus canciones seminales. “En esa época teníamos un perro de un amigo que vivió un tiempo con nosotros, Coco. Aparece en el video de ‘Babilonia’. Dani estaba convencido de que el perro ladraba con la clave [del candombe] de escucharlo a él. No tenía sentido discutirle”, recuerda Ciro con una sonrisa resignada. 

En esos tiempos, sonaban los discos de Rada. “Después, Dani se hizo muy fan de Caetano Veloso y lo ponía todo el tiempo. A mí ya no me pegaba tanto eso. Pero coincidíamos en Rada, Prince y en las bandas de rock. Y Bowie, Lou Reed, y David Byrne”, completa el cantante.

Allí Buira terminó de forjar su estilo como baterista. “Yo tocaba con Tavo [Kupinski] en Los Sabuesos, y los conocía de nombre”, recuerda Pol Neiman. “La primera vez que vi a Los Piojos fue en el teatro Arlequines, en San Telmo. Quedé tan cebado, que esa noche prácticamente no pude dormir. A la semana siguiente fuimos a jugar al fútbol a los bosques de Palermo con los chicos de Los Sabuesos (Tavo ya los conocía) y yo me pasé todo el partido hablándoles de lo que había sido ese show, porque la energía que había recibido esa noche es inolvidable. Dani tenía una mezcla de solidez e imponencia, hacía cosas muy diferentes de todo lo que había visto y además tenía una conga al costado, que no era algo habitual”. 

Dice Ciro: “La conga la incorporó porque para su búsqueda no le alcanzaba con la batería. Dani era un muy buen baterista, con personalidad y mucho de percusionista. Tocaba a su manera: no era un maestro de los feels o quien se preocupara por pegarle muy fuerte. De hecho, por ejemplo, lo que toca en ‘Esquina Libertad’ fue indicación del productor Alfredo Toth, quien lo llevó a esa base más rock porque él tocaba algo mucho más afro o brasileño, con mucho tambor. Desparramaba toda la base entre todos los parches. Tenía mucho swing. Yo disfrutaba de las pruebas de sonido porque me hacía bailar. Él me tiró la frase ‘Desde lejos no se ve’ y después armé la letra. También hizo gran parte de la melodía de ‘La luna y la cabra’ [incluida en Verde paisaje del infierno, 2000]”.

Una figura indispensable en la formación musical (y en la vida) de Dani fue la del percusionista Miguel Tallo, que había viajado a La Habana becado por el Ministerio de Cultura cubano, donde se graduó como profesor en percusión. Desde 1986 investigaba la cultura afro y en 1989 fundó en Buenos Aires el Taller de Percusión Latina, espacio especializado en la difusión de la música negra y la enseñanza metódica de los distintos instrumentos africanos y afrolatinos. “Yo empecé con Miguel en el 90 y Dani debe haber empezado un par de años después, al tiempo comenzamos a tomar clases juntos”, dice Hernán Bermudez. “Tocamos en una muestra en el Palacio Raggio de Vicente López, nos hicimos amigos y en 1996 me invitó a hacer la escenografía del show de Wilde pre Obras, presentación de Tercer arco. Después de eso y durante diez años trabajé con Los Piojos gracias a él”, recuerda agradecido.

“A través de Miguel contactó a alguien en Cuba y se fue como dos meses a la isla. Primero estuvo en una escuela de música y después pasó un mes en la casa de un docente que le había presentado Miguel, para poder estudiar todos los ritmos que venían de África y la cosa cubana de los batás y todos los instrumentos de la santería”, recuerda Graciela.

Daniel Buira al frente de un ensayo de La Chilinga, a principios del nuevo milenio (Archivo LN).

“En un punto todos somos hijos de Miguel Tallo”, dice el Changuito Farías Gómez. “Antes, acá, no había nada. Es en aquella época, en los tempranos 90, que Tallo trae la información de Cuba y Brasil. Ahí Dani se pone a estudiar con él, tiene la suerte de ir primero a Cuba y después a Bahía, ve lo que es la batucada y trae esa idea de allá”.

El viaje a Bahía es tan importante y fundacional como aquella otra excursión que había hecho con Los Piojos, en mayo de 1991, para participar del festival antirracista Y’a d’la Banlieue dans l’Air en Bondy, un suburbio de París. “Nosotros escuchábamos algunas cosas uruguayas y otras cosas que tenían que ver con los inicios del rock, pero recién cuando fuimos a Francia, y vimos a Salif Keïta y a muchos músicos africanos, pudimos vincular de dónde venía esa música que nosotros escuchábamos y la teníamos naturalizada solamente por escucharla y por tocarla. Hasta Mano Negra fue, para nosotros y en ese momento, un descubrimiento. Porque tomaba un montón de esos elementos y los urbanizaba, hacían una especie de rock mezclado con esas costumbres. Posiblemente, eso a nosotros nos orientó, nos guio. Y con esa inquietud y con esas ganas de buscar, empezamos a bucear en esos ritmos. Principalmente Dani, que era como el encargado de esa área, digamos. Pero la idea rítmica estaba en todos. De alguna manera, también habíamos curtido tango y milonga, además de candombe”, recordó Micky Rodríguez, bajista de Los Piojos, hace unos años, en una entrevista para Rolling Stone.

Pol recuerda que, a modo de ritual, en la etapa de Arpegios, Los Piojos arrancaban los shows con “Mama Sara”, un tema de Farafina, el grupo oriundo de Burkina Faso que había editado el sello Real World, de Peter Gabriel. “Ninguna banda hacía algo así”, dice Neiman.    

“Con Dani siempre buscábamos cosas afro para abrir los shows y en esa época también terminábamos a veces con percusión, donde yo tocaba un ritmo de candombe en un tambor de pie. Ahora, en el reencuentro, quería que lo volviéramos a hacer. Yo le decía que no era lo mismo un estadio que Arpegios. Todo lo que fuera afro a Dani le iba a gustar y te iba a decir que sí. Aunque el tema fuera una polka”, resume Andrés. 

Inspirado en el bloque de percusión Olodum que había visto en el Pelourinho, el centro histórico de Bahía, Dani convocó a algunos amigos (varios de Los Piojos, incluso) a los primeros ensayos, informales, de lo que sería La Chilinga. Pronto la casa quedó chica y trasladaron los ensayos a la Plaza del Avión. 

“Yo había empezado a tocar con Los Umbanda de la Turka y escuché que Gaspar [Ortíz Maldonado], Matu [Kupinski, hermano de Tavo] y Gusi [Montello] contaban algo de una batucada que había armado Dani”, recuerda Pol Neiman. “Vinieron a tocar a una fiesta que habíamos organizado, cuando no se llamaban La Chilinga. Yo estaba muy empantanado con el rock & roll en ese momento, pero me llamó mucho la atención cómo hacían para coordinar quince tambores, cada uno tocando lo suyo, las señas… Entonces le comenté a Dani que me gustaría probar. Me invitó a La Plaza del Avión y me invitó a sumarme”. 

Como si fuera el flautista de Hamelín, pero con un tambor, Dani iba sumando gente. Facundo Farías Gómez, el Changuito, fue otro de los pioneros. “Dani empezó en octubre, y a los tres meses hicieron un toque y es como si hubiese sido una bola de nieve chiquitita, que empezó a rodar y no paró de crecer”, grafica. “Fue eso y sigue siendo eso: algo que no se pudo parar”. 

Dani bautizó al grupo en homenaje a “Chinga chilinga”, una encantadora canción que Rubén Rada había compuesto a principios de los años 70. “Entre todos debatimos cuáles podían ser los colores del grupo. Y quedaron el celeste por el cielo, el naranja como si fuera una puesta del sol y el verde por la tierra. Y a partir de ahí empezó la idea de armar la escuela”. 

No había pasado ni un año cuando Los Piojos, en junio de 1996, entraron a grabar Tercer arco en los estudios Del Cielito. Para la canción que cerraría el disco, “Verano del 92”, decidieron incorporar al incipiente grupo de batucada.

“La escribí, en principio, con la idea de que el arreglo fuera como disonante, como una caja de música”, recuerda Andrés Ciro. “Había escuchado la versión de ‘Alabama Song’ que hacían los Doors y quería ir por ahí. Pero Dani venía insistiendo en meter en algún tema una batería de murga. Llegamos a tocarlo un par de veces así en Arpegios. Cuando se lo presenté a Alfredo [Toth], que producía Tercer arco, se le ocurrió meter a La Chilinga de la que yo le había hablado como al pasar, que era un emprendimiento que hacía poco arrancaba. Dani estaba reacio, quizá porque prefería la batería de murga. La cuestión es que Alfredo insistió y se grabó nomás con La Chilinga”.

Pol Neiman lo recuerda así: “Cuando Dani nos invita a grabar fue todo un revuelo. Imaginate, ¡íbamos a grabar con Los Piojos! Y lo grabamos todos juntos, seríamos unos 20. Sin auriculares, era una situación bastante compleja, porque tampoco estábamos afinazados como grupo de percusión. Fue un delirio. Dani dirgía parado en una silla, tratando de que siguiéramos el tempo, porque no podíamos poner muy fuerte la grabación de referencia. Por eso la grabación tiene algo caótico y callejero”.   

“Lo que se logró es que los tambores suenen argentinos”, le había explicado Buira al periodista Juan Cruz Revello para su libro Los Piojos en los 90 (Gourmet Musical). “Lo único que había hasta ese momento era ‘Matador’, de Los Fabulosos Cadillacs, que suena brasileño, y yo no lo quería llevar para ese lado, porque me gustaba buscar un sonido argentino. Estaba muy comprometido con la rítmica argentina, descubriendo cosas nuevas todo el tiempo, que tenían que ver con la milonga, el tango, con la parte religiosa, negra argentina, lo afro, el candombe argentino. Y ‘Verano del 92’ tiene eso, milonga, tango, un descubrimiento rítmico que hasta el momento no sonaba. De hecho, en La Chilinga, el ritmo de ‘Verano del 92’, se llama ‘Chilinga uno’, y se enseña apenas entrás, una mixtura de montones de ritmos argentinos”. 

La fascinación de Buira por la cultura afro en América trascendía lo musical y las actividades académicas de la escuela. Por un lado, solía juntarse semanalmente con la actriz y cantante afrodescendiente Rita Montero (1928-2013). También, a instancias del Changuito Farías Gómez, trabó amistad con otra investigadora de la cultura afro: la cantante Egle Martin (1936-2022). “En el programa de la escuela tenemos un ritmo, candombe argentino, que me lo pasó ella. Cantó muchas veces con nosotros. Y estuvimos a punto de armar un museo con sus tambores”, me contó un día después de despedirla en un velorio musical.

Con Pol Neiman, durante varios años, sostuvieron una columna semanal, “Corazón de bombo”, en el programa Vinilo 33, que conducían Damián Valls y Gastón Montells en FM La Tribu. “Supuestamente duraba 20 minutos, pero a veces copábamos el programa y nos quedábamos hablando una hora”, recuerda Pol.

También le dio proyección televisiva a La Chilinga, grabando la presentación y los separadores de El Aguante, el programa de TyC Sports que registraba la cultura y el folclore de las hinchadas del fútbol argentino, conducido por Martín Souto y Pablo González.

Daniel también solía frecuentar un templo en Villa Tesei en el que se celebraban rituales del candomblé, la religión afrobrasileña que adora a los orishas, deidades yoruba de África Occidental que representan fuerzas de la naturaleza. “El acercamiento con la religión tiene que ver con un proceso: al que le interesan los tambores, le interesan también las cuestiones litúrgicas”, me había dicho Dani la primera vez que nos vimos, en el otoño de 1999, en la sala de Martín Coronado, en el marco de una entrevista para la revista La García. Y me lo recalcó un par de años después: “En Cuba, la percusión es directamente religiosa: saben que están tocando para tal santo, y no importa nada más”. 

 “Pies descalzos en el suelo danzan al compás, gira y gira todo el mundo en este lugar”, dice la letra de “Santo lugar”, la canción incluida en Viejos dioses (2001) el segundo disco del grupo, inspirada en una de esas excursiones. 

“Dani practicaba la religión y nos llevó un par de veces, fuimos a tocar y a ceremonias y ahí , en Villa Tesei, tuvimos un par de vivencias muy intensas. Esa canción surgió por una sugerencia suya”, explica Pol. 

La saga discográfica de La Chilinga empezó en 1999 con Percusión, cuyo arte de tapa, ingeniosamente, transformaba al CD en un shaker. “Desde que lo llamé por teléfono y le conté que tenía esa idea para el disco, fue una conexión instantánea y todo se fue dando naturalmente. Siempre me siguió en todas las locuras para cada uno de sus discos”, dice Jimena Díaz Ferreira, diseñadora de las portadas de los cinco álbumes del grupo, como la caja de madera de Muñequitos de tambor (2004) o la silueta del mapa de África de Raíces (2007). 

En Viejos dioses, que incluía la participación de Ariel Prat, Peteco Carabajal y el trompetista cubano Carlos Huerta, Dani (y los chilingos) cumplieron el sueño de grabar con el uruguayo Jaime Roos. Dani lo contó así en la revista La García: “Le había llevado los discos de Los Piojos y cada vez que tocaba lo iba a saludar. Cuando le di un casete con este proyecto se lo llevó con algunas dudas, porque no está acostumbrado a cantar como invitado. A los dos días llamó para combinar la grabación del tema [‘Uh, ah’]: Doble orgullo”.    

Pero el legado, lo dijimos, es mucho más que musical. Incluye la visibilización de una tradición y la divulgación de historias que hubieran quedado olvidadas. Pero también un factor social alrededor del tambor.

“Él siempre dijo que quería una escuela popular donde la gente vaya, y si no podía pagar que vaya igual. Siempre lo mantuvo así”, recuerda Graciela, su hermana.

Pronto, y por iniciativa de Dani, La Chilinga abrazó causas sociales vinculadas a los derechos humanos y fueron (son) una fija en las marchas del 24 de marzo. Pero también de un modo más personal. “Cuando él veía a una persona fuera de foco, con el eje corrido, deprimida o angustiada, Dani la traía a La Chilinga”, recuerda el Changuito Farías Gómez. Más allá de tocar, de expresar o descargar con el tambor, la invitación era a tener un grupo de pertenencia.

“El 90% de los alumnos no viene a La Chilinga buscando ser famosos, ni siquiera percusionistas. Vienen a integrarse socialmente, a armar un grupo de gente que hable del arte, a armar un espectáculo. Y ese espectáculo se transforma después en un show que va a los barrios, a los hospitales, a los colegios. O sea, esa parte social de entregar, que es tan linda darle algo a alguien que lo está esperando. Y eso la gente te lo devuelve”, le contaba Dani a Fer Molinero, actual conductor de La Viola, en una entrevista a propósito de los 30 años de la escuela. 

“De las clases que fuimos a dar en las cárceles tuvimos resultados, muchos de esos alumnos salieron de la cárcel y vinieron a La Chilinga. Y hay más de 70 familias que los padres se conocieron en La Chilinga y tuvieron hijos que son parte de La Chilinguita”, se enorgulleció Dani en un audio que le envió a Pol Neiman. 

Ese sentido de pertenencia lo explica Caro Goldstein, chilinga de la primera hora, a quien Dani le adjudicó tempranamente la tarea de cobrar las cuotas y otros trabajos administrativos. “Yo iba prácticamente de lunes a lunes. No solo hacer el taller de batucada: me anotaba en todos los talleres que había. Cuando La Turca [Zahra] entró un año después, estábamos fascinadas con el mundo afro, nos sumábamos a todas las propuestas. Generamos muchas amistades ahí”.

Tenía un carisma natural desde chico, que fue potenciado a través de los años. “Él se metía en las charlas de los más grandes, para escuchar y también para opinar. Siempre formó parte de su personalidad. Era recontra carismático, muy comprador con todo el mundo. Y se fue formando para llegar a ser un gran líder, tenía muchos libros sobre el tema, sobre liderazgo y sobre cómo llevar adelante una agrupación”, recuerda su hermana Graciela.

Durante la grabación de Verde paisaje del infierno (2000), por un conflicto extramusical, Daniel quedó afuera de Los Piojos. Fue un bajón anímico importante, pero enseguida se aferró de La Chilinga. “Yo me fui de Los Piojos y sigo haciendo lo mismo: sigo tocando el tambor”, declaró en 2001 en la revista La García, cuando La Chilinga había adoptado un formato de banda de rock y hacía canciones. “Y sigo con las mismas influencias. No es que me fui de Los Piojos y no me gustan más: si es parte de mi vida (…). Acá hay mucha percusión que tiene que ver con el tambor y con la energía de la Chilinga. Pero se van a encontrar similitudes, es lógico”, reflexionaba. Sin embargo, aunque nunca abandonó La Chilinga, pronto  aparecerían nuevos objetivos en el horizonte.

“Teníamos amigos en común, pero nunca nos habíamos visto. Hasta que un día nos encontramos en la cola de Sadaic y le cuento que se estaban separando los Cadillacs, que iba a producir el disco de Vicentico y que quería armarle una banda para grabar”, recuerda el productor Afo Verde, actual director y CEO de Sony Music en Iberoamérica. 

Dani se entusiasmó con la idea, agarró la batería y armó una sesión de percusión que incluía a tres chilingos: Pol Neiman, Matías Ruiz y Ropi Herraz. Grabó en los tres primeros discos: Vicentico (2002), Los Rayos (2004) y Los pájaros (2006). “Se compró el proyecto como si fuera de él y así trabajó todo ese tiempo. Siempre me pareció un músico muy creativo en la batería: no era un baterista estándar. No tocaba para lucirse él solo, sino que entendía el silencio como un valor en la partitura. Tocaba pensando en qué espacio dejar para que entrara un djembé, un berimbau o un contrapunto. Podía tocar con o sin metrónomo con la misma naturalidad y relajación, manteniendo siempre un swing muy especial. Y además era un zurdo loco”, describe Afo.  

“Nos hicimos amigos y en un momento parecía su manager, porque metimos a La Chilinguita en el MTV Unplugged de Diego Torres, después grabó con Calle 13 y Rubén Blades; en Cantora, con Mercedes Sosa y Rubén Rada, una cosa hermosa con Gabriela Torres y Jorge Drexler, y un montón de locuras más. Cada vez que le pedía algo, se copaba. Era un compañero tremendo. Ni me preguntaba qué estaba grabando. Solamente me preguntaba ‘¿En qué estudio es?’, ‘¿A qué hora me necesitás?’, ‘¿Qué querés que lleve?’. Y caía con un acoplado de tambores.  Incluso le grabó unos patterns de percusión para que Ismael Serrano grabe unos demos. Un crack”, celebra Afo. 

“Lo que hizo Dani es para sacarse eternamente el sombrero. Haber puesto el foco en el ritmo afro, que por nuestra idiosincracia, desde Argentina no es nada simple. Marcó un sello. Después, escuchabas medio compás y decías: ‘Es  La Chilinga’. Lo que generó es espectacular”, concluye el productor.

“Yo nunca dejé de ser piojo. Mi casa, mis gustos, mis pensamientos y mi forma de tocar fueron siempre los mismos. Cuando dejé la banda no dejé de gustar de Los Piojos, sino que siguió siendo mi banda, mis gustos. Y los temas míos, que son también un montón en esos cinco discos, me siguen gustando de la misma manera y sabía que en algún momento también todo iba a volver al lugar que correspondía. Porque cuando yo me alejé, no alejé mi corazón de ahí ni de mis amigos de la banda. De hecho, esta amistad tan grande la sigo teniendo ahora con ellos, de una manera, con cada uno sigue latiendo fuerte. Y escucho cosas inéditas y me sigo emocionando. Y me cruzo con la gente en la calle, y me sigo emocionando. Y es relindo cuando te dicen cosas que te hacen sentir que aportaste algo en el rock nacional, y que llevaste en determinado momento a un montón de hogares alegría o emotividad, o inspiraste a alguien, hiciste que alguien toque batería o un tambor, o tantas cosas que te dicen cuando conocés a alguien, que eso es impagable, es lo más importante”, le había dicho al periodista Juan Cruz Revello. 

El regreso del grupo, en diciembre de 2025, fue un subidón anímico para Buira. “Reencontrarme tocando con Dani fue una gran satisfacción. Sabía que él había esperado 25 años este momento”, resalta Andrés Ciro. “Después de haber estado en este asunto de la música por casi cuarenta años, de haber visto tantas cartas-documento, hasta en los días recientes, de gente que un día se acercó ‘porque me copa lo que hacen’ o incluso, de aquellos que siempre se dijeron ‘amigos’, el comportamiento de Dani fue muy distinto. Fue impecable. Y esperó casi la mitad de su vida para volver a sentir sobre un escenario tocar los temas de Los Piojos con sus excompañeros. Y además, como si fuera poco, se dio el gusto de que su hijo, Caetano, y sus hijas, Cielo y Luz, en una pequeña ‘Chilinga’, también lo acompañaran”.

Ahora, cuando pasó más de un mes y la noticia de su partida es inaudita, todas las voces que aportaron en este artículo entienden que el vínculo de Dani y los tambores fue y será sagrado e indisoluble. Como el Changuito Farías Gómez, que dice: “Él se expresaba a través del tambor, expresaba sus emociones a través del tambor y el tambor, desde mi perspectiva, era lo que le permitía a él vincularse con los demás”. Graciela, su hermana, concluye: “Eran una sola cosa. Yo a Dani no me lo puedo imaginar sin un tambor. Siempre estaba atrás de un tambor”

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