Lamb of God: “No puede ser que giren millones a Argentina y que en EE.UU. no haya cobertura médica”
Apenas minutos antes de esta charla, el nombre de Randy Blythe aparece en las “noticias de hoy”. El apartado de contenido en tendencia que la red X cura para sus usuarios lo cita diciendo: “No te quedes como un vago apático que sólo se queja cuando todo se va a la mierda”. Estamos a principios de marzo en la sala de espera de una llamada vía Zoom con el cantante desde Richmond, Virginia, su ciudad de origen. Al ingresar, el eco de la frase sigue flotando en el aire, amplificado tras el exceso de decibeles de Into Oblivion, el duodécimo disco de Lamb of God, grupo de heavy metal que Blythe comanda hace treinta años.
El título (en español, Hacia el vacío) ofrece una mirada fatalista sobre una sociedad, un mundo y –en particular– un puñado de naciones en decadencia, desde un abordaje oblicuo en lo lírico, pero de un tono trágico evidente en la superficie. Es un colapso no muy diferente de lo que Blythe viene vociferando con LOG desde hace décadas. Pero, en la actual coyuntura, el mensaje aterriza de otra manera. Tomemos como ejemplo “Bully”, el tema que dice: “La venganza está en el aire./ Bailando con el diablo./ Ahora llega la cuenta./ Todo lo que conseguiste con engaños te va a volver”. Luego profundizaremos.
Con su leyenda personal y su feroz estampa en vivo y en estudio a cuestas, cualquiera pensaría que Blythe, de 55 años, es el peor de los ogros. Sin embargo, atiende a Rolling Stone de ostensible buen humor. Y eso que la entrevista es de las últimas entre una catarata de notas con medios de todo el planeta, y a horas de embarcarse en un tour que lo llevará por más de cincuenta ciudades. “Todavía tengo que pagar facturas, ir al médico, ir al dentista, hacer esto, hacer aquello. ¡No tuve ni tiempo de surfear!”, dice riendo.
“Para ser honesto, mi vida está bien. Tengo una buena carrera, un lugar donde vivir, dinero para pagar mis cuentas sin preocuparme, ¿sabés?”. Entonces, de a poco, corre la mirada hacia un lado y sus ojos celestes se afilan. “Pero el presente no es tan bueno. Hay mucha gente en el mundo sufriendo y, si quiero poder mirarme al espejo y considerarme un buen hombre, necesito salir de mi pequeña burbuja de comodidad, reconocer los problemas y la humanidad de las otras personas y dar lo mejor de mí para intentar hacer un cambio positivo”, dice y revolea una primera piña: “Al presidente Trump no le importa nada más que hacerse rico”.
Es otro descargo en una larga e incendiaria lista, típico del cantante; ya sea contra los premios a la música (“me importan tres carajos los Grammy”), la política (“Damas y caballeros, el Presidente de los Estados Unidos de América. ¡Saluden al Abusador Sexual en Jefe!”) o hasta amagues con postularse a ocupar la Oficina Oval (en 2012). Aunque esto último, aclara, “fue mayormente para hacer un punto sarcástico y satírico sobre el financiamiento de las campañas políticas”.
Ciertamente el peso de las palabras, sin diluir, traspasa la pantalla. Lo hace con el histrionismo de un heredero de Henry Rollins; adusto en sus gestos y al mismo tiempo hiperconsciente y encendido. También parece fluir en él la ética de autogestión punk y renacentista de Rollins: publicó dos muy populares memorias, está trabajando en una novela, compuso música para el Ballet de Richmond (¡!) y es también un surfer recurrente, y un muy celebrado fotógrafo.
OK, entonces, ¿en qué quedamos? ¿Es Lamb of God una banda de metal? “Sí, ya lo acepté”, mientras se le dibuja una sonrisa cómplice. “Pero yo soy el punk-rocker de la banda metalera, y te digo que hay mucho punk-rock en mis compañeros”.
Para ser un punk que fundó una banda heavy en 1994, bastante bien le salió la jugada. Primero se llamaron Burn the Priest y grabaron un único disco que movió el avispero lo suficiente como para que Prosthetic, uno de los sellos más activos del nuevo metal de entonces (junto a Relapse o Southern Lord), les prestara atención. Siendo que Burn the Priest (quemar al sacerdote) les resultaba un nombre demasiado satánico aun para sus propios valores laicos, cambiaron a Lamb of God. Entre años de giras en camioneta, tugurios y tocar “por un plato de ramen y un colchón en el piso”, como describe Blythe, tanto él como el histórico guitarrista Mark Morton usaban los huecos entre shows para trabajar en restaurantes o reparando techos, mientras entraban y salían de la universidad.
Con su debut, A New American Gospel, lanzado en septiembre de 2000, Lamb of God reintrodujo el metal al nuevo milenio gracias a una mezcla de groove, tecnicismo y virulencia con carácter personal. Rompió la escena sonando como si miembros de Pantera se juntaran a hacer una ronda de shots con otros de Hatebreed e In Flames escuchando una playlist con Iron Maiden, Black Flag, Jesus Lizard y Discharge.
Y el contexto también ayudó. A principios de la década una corriente de nombres como Shadows Fall, As I Lay Dying, God Forbid o Killswitch Engage refrescaban la grilla de festivales de música pesada como Ozzfest, Wacken y Download. Se trataba de jóvenes con pasado hardcore que descubrieron que podían combinar esos ideales con el thrash yanqui y el metal quirúrgico de Suecia (diez años antes), para llevarlo todo hacia otras latitudes estéticas. En algunos círculos lo bautizaron metalcore, en otros Nueva Ola del Heavy Metal Americano. Lamb of God quedó desde entonces adosado a esa lista y también a un más expansivo Big Four junto a System of a Down, Slipknot y Avenged Sevenfold.
De ahí en más, por casi treinta años, no detuvieron la marcha. Desde 1999 cuentan con una formación estable entre Blythe, Morton, el bajista John Campbell y el otro guitarrista Willie Adler. El mayor movimiento tectónico se dio en 2019 con la partida del baterista Chris Adler, reemplazado por Art Cruz.
Millones de discos vendidos, estadios llenos, un legado sólido y, sí, varias nominaciones a los Grammy. Pero, increíblemente, lo que apenas desvió la trayectoria de la banda no fueron discusiones por el control creativo, divisiones de regalías o quiebres en las relaciones de sus miembros. De hecho, a día de hoy Blythe lleva quince años sobrio, Morton ocho, y si comparás la intimidad retratada en los múltiples documentales (hasta el más actual, Omens, de 2022), la dinámica parece cordial.
Un quiebre no menor se dio el 24 de mayo de 2010. Lamb of God daba un concierto en Praga. Durante un confuso y muy publicitado episodio, un fan intentó trepar al escenario y, luego de un empujón atribuido a Blythe, cayó de espalda al piso. Falleció un mes más tarde y el cantante fue detenido en República Checa por cinco semanas cuando regresó para tocar en 2012. Luego, un juicio por jurado lo declararía inocente. “Es una parte que me duele, que me tomo en serio y con la que tengo que convivir por el resto de mi vida”, comentó recientemente en el podcast Hardlore. Fue un delicado período de tres años que drenó por completo las finanzas del grupo y obligó a una pausa durante gran parte de 2013. La situación podría haberlos detonado, pero se exorcizó con la salida de la autobiografía Dark Days: Memories, y el séptimo disco de LOG, VII: Sturm und Drang en 2015.
A decir verdad, Into Oblivion no rompe con ninguna matriz previa. Es un disco consistente para los estándares del grupo. Morton hace poco confesó que concretar en 2024 la gira del vigésimo aniversario de Ashes of the Awake, el tercer disco, terminó informando gran parte de su nuevo arsenal de riffs. No tanto por emular la era formativa de la banda, sino más bien por capturar algo de las influencias de aquellos años (sobre todo el metal nórdico de At the Gates y The Haunted). El disco cuenta nuevamente con la presencia del productor Josh Wilbur, bautizado como el sexto Lamb of God por Blythe: “Constantemente está probando algo diferente. Con los años, creció tanto como productor como nosotros crecimos como artistas”.
Into Oblivion le permitió al cantante darle el gusto a su niño punk interior. Grabó las voces en el estudio Total Access, donde en los ochenta se incubaron discos punk icónicos de Hüsker Dü, Descendents y Minutemen, y también de los reyes del doom Saint Vitus. “No es un estudio particularmente lujoso, pero la historia se siente. A Steve, el dueño del estudio, y a su yerno los volví locos pidiendo que me contaran viejas anécdotas de punk-rock, de Black Flag y Descendents”, dice.
En el nuevo disco, “Blunt Force Blues” es Lamb of God clásico, de la era As the Palace Burns, mientras que “Parasocial Christ” se mueve hacia el crossover de Suicidal Tendencies, y tanto “A Thousand Years” como “Devise/Destroy” se revelan con tempos más progresivos donde Lamb of God se permite coquetear con el industrial. Y, claro, todos los sonidos están envueltos por el estado de ansiedad, enojo y confusión que gruñen las letras.
“Durante los últimos diez años, creo, ha habido una aceleración del egocentrismo y una idea mitológica de que Estados Unidos puede volver a algún tipo de estado aislacionista donde solo dependamos de nosotros mismos, lo cual es un disparate total”, explica. Acto seguido cuestiona el intervencionismo de Trump en Venezuela, Irán y también el respaldo financiero al gobierno de Javier Milei. “No puede ser que hayan girado 40.000 millones de dólares a Argentina y en Estados Unidos todavía no tengamos cobertura médica estatal”. Y se defiende: “Pero no tengo nada en contra del pueblo argentino en absoluto. Me encanta ir a tocar allí, amo su comida y amo a la gente. Es un lugar hermoso con mucha historia y cultura. ¡Y son el público que más fuerte canta en Sudamérica!”.
En términos políticos e ideológicos, y pese a que la voz de su líder es la que está al frente, no todos los que integran Lamb of God piensan igual. Hay un disenso equilibrado: funcionan de forma democrática, según Blythe. “Lamb of God no es un grupo monolítico con un solo pensamiento. Todos tenemos visiones diferentes sobre cosas diferentes”, explica. “Si bien somos una unidad familiar muy rara, hablamos. Aprendimos a funcionar como un grupo de seres humanos y amigos. No gritamos ni discutimos ni nada de esa mierda porque somos adultos, hombres maduros. Así es como salimos adelante”.
Curiosamente esta vez Blythe integró a sus letras guiños en español, como en “Sepsis”, donde explica que simplemente se inspiró en sus amigos chicanos, y “El Vacío”, una traducción de Cruz, en la que invoca a Hunter Thompson y a su fallecido amigo Dave Brockie, de los metaleros satíricos GWAR. “Sepsis” tiene referencias al esoterismo mexicano y el culto a la Santa Muerte, la deidad protectora de los desposeídos y aquellos en situación de vulnerabilidad. El existencialismo es un tema que ya había explorado en “Memento Mori” de 2020. “Creo que a medida que envejezco miro más y más mi propia mortalidad y pienso mucho en la muerte”, explica Blythe. Todo ocurre en simultáneo con el crecimiento exponencial de los raids de ICE contra los inmigrantes en territorio estadounidense y el impacto global de la música en español.
“Hay una oscuridad incómoda en profundizar y escribir sobre esos temas. Y me pasa factura emocionalmente a medida que envejezco porque quiero que las cosas mejoren. Realmente lo deseo”, me dice preocupado. Luego sonríe: “Igual espero vivir mucho tiempo. Quiero llegar a los cien años con Lamb of God, pero… nunca se sabe qué pasará”.










