Broke Carrey cambia el rumbo con su nuevo disco, ‘Hijo del país’
A Broke Carrey le dicen Carrito. El 21 de diciembre pasado, Dillom se retiró del escenario durante su primer show en el estadio de Vélez y lo dejó frente a casi 40 mil personas. Vestido de negro y blanco, tipo arlequín de pesadilla, cantó “Mentiras piadosas”, cuya letra dice: “Vivo con el impulso de destruirlo todo”. Después festejó tras bambalinas el triunfo de su amigo y de su sello, Bohemian Groove. A las pocas horas, estaba en el café Margot craneando las últimas cosas para Hijo del país, su segundo disco solista que se edita hoy.
Unos días antes de la presentación en el estadio de Liniers, sobre la avenida Colonia del barrio de Parque Patricios, se extiende una fila de adolescentes vestidos de negro. Hay tachas, pantalones anchos, remeras rayadas, ojos delineados. Hace algunos años podrían haber sido emos esperando a que saliera Amy Lee para firmar autógrafos. En este caso, esperan escuchar algún adelanto del segundo disco de Carrito, como “Zupay”, un claro nexo entre el EP Río de la Plata (2024) y el material nuevo. Esta canción los chicos la cabecean, algunos la cantan. Otros temas, inmersos en un perfume definitivamente folklórico, los escuchan algo perdidos.
Lo que propone Broke Carrey es mostrar la nueva maqueta de su vida artística. Arriba del escenario, los músicos se disponen casi en ronda, como en una zapada con guitarras criollas. Allí están, entre otros, el chileno Malamía, Luis Lamadrid, Polo Martínez y Cocó Orozco (Usted Señalemelo). Y nombres fundamentales para este nuevo clima folklórico: Facundo Trouve y Ulises Feraud, “Los Santiagueños”, como les dicen en la ronda. Los momentos más interesantes aparecen cuando se equilibran los dos universos de la música de Broke Carrey.
Carrito dice estar encantando con adelantar algo de su próximo disco. “Músicos como Juan Falú son el faro de mis nuevas obsesiones”, asegura quien de chico escuchaba reggaetón, hip-hop y, en particular, Calle 13, que fue su primer show en vivo. Fue con su papá al Luna Park y flasheó. Banca a muerte los primeros tres discos y cuando opina de René parece hablar sobre sí mismo: “Se tuvo que sobreponer al ambiente en el que estaba. Le puso identidad a un género que a veces, sobre todo en Puerto Rico, es bastante cerrado”.
Cuando era chico –también– vio en Cartoon Network el video de “Good Life”, de Kanye West, ese rapero que dos generaciones del trap argentino siempre terminan mencionando. Imaginen la pieza de Carrito con ese video de fondo, imaginen los ojos de Carrito y sus manos inquietas. Nunca le interesaron las batallas de freestyle, pero conoció El Quinto Escalón desde sus inicios. Vivía cerca del Parque Rivadavia y, de vez en cuando, pasaba por ahí. Hasta que llegó Kendrick Lamar. Ojo, menciona raperos de todo tipo, escucha un montón, desglosa toda la generación trapera de Nueva Orleans; pero Kendrick fue especial. “Lo escuchamos con mis amigos a los 13 años fumando nuestros primeros porros y era eso, imaginarnos en el estudio y grabar, poder manejar esa inspiración y esa potencia”. Dice que Kendrick le mostró que se podía escribir desde otro lado, otra sensibilidad. No le cabían los superhombres del rap de los noventa. Algo de todo se reflejó en el genial Buenos Aires Trap (2024), su primer LP.
Bicho de estudio, como Kendrick, ahora Carrito está en Le Palm mientras arranca el febrero del nuevo año. En vez de irse de vacaciones se quedó trabajando en los últimos detalles del disco. No todos lo saben, pero generalmente a las colaboraciones se las eligen cuando está casi todo cocinado. Cuando las canciones tienen forma. En esta tarde calurosa en Buenos Aires justo se está dando una charla sobre eso. Carrito propone a Juana Aguirre para “Formato vertical”. A Luis Lamadrid no le convence la propuesta. Intercambian un buen rato. Luis tiene buenos fundamentos, pero Carrito en ningún momento afloja. Da la sensación de que cuando está seguro de algo, lo lleva adelante.
Sobre la posibilidad de que participe Ricardo Mollo, Carrito se entusiasma y está convencido de que va a suceder. Lamadrid dice: “Es bastante posible”. Juan Quinteros no llega, puede a partir de abril. Julieta Venegas queda descartada. Los nombres que giran, mientras Luis se fuma dos puchos seguidos, están vinculados a la canción guitarrera, cada uno en su mood, desde el rock hasta el folklore de proyección.
Carrito dice que cuando terminen el disco van a ir a comer un asado al lugar de cada uno de los productores. Mendoza, Santiago del Estero, lo mira a Luis y, riendo, le dice “Recoleta”. Lo mira a Polo Martínez y le dice: “A Necochea, también me gustaría ir al campo”. El guitarrisa contesta: “Claro que sí, hasta se pueden quedar. Tendré que carnear un cordero”. De fondo suena un interludio que todavía no tiene título, la canción la canta Polo y dice: “Las palabras están hechas para herir/ y nosotros hechos para amar”.
La furia de un demonio
“Zupay”, que aparece por la mitad de Hijo del país, te parte al medio como un rayo. Es la síntesis definitiva del disco y la búsqueda más novedosa de la actualidad de Carrito. El hilo conductor es el folklore curtido en el norte argentino bajo la óptica de las nuevas generaciones de guitarreros. Por eso hay chacarera vertiginosa (“El aplauso”, “Interludio…” y “nmqn”), y en el mismo tempo, pero más digital y con el peso social del EP Río de la Plata también aparece “Renacimiento”. Además se escuchan aires de sambita en “Monumento” (con Cocó de Usted Señalemelo), carnavalito pop (“Las piedras”) y copla fantasmagórica (“Leones”).
La ironía de Hijo del país se centra en el amor, el top 50 y la forma de ganarse la vida. “Miguelito” es su “Ya no sos igual” en modo chacarera. “Formato vertical” dialoga, en términos compositivos, con Por cesárea, de Dillom, en el que carrito participa (disco cuyas regalías le permiten vivir de la música). “Dylan es muy generoso”, dice.
“Me gustaría dejar de verte en forma poética”, canta en un verso de Hijo del país, un disco que toma mucho del folklore, pero no la calma; tiene la furia de un demonio nacido en el fondo oscuro de nuestra tierra. En contacto con Rolling Stone, Dillom dice: “Carrito para mí es un artista del carajo, que se merece todo y estoy seguro de que va camino a conseguirlo. No solo por su enorme talento y creatividad, sino también por su constancia, perseverancia y disciplina a la hora de trabajar. Es un laburante”.
Dillom fue uno de los primeros que escucharon las canciones de Hijo del país. En esta ocasión no participa, pero aún así lo sigue de cerca, quiere que le vaya bien a pesar de las nuevas búsquedas. Carrito cuenta que para “Orgániko”, el tema que grabaron juntos para Buenos Aires Motel, fue él mismo el que le pidió estar. “Estoy obsesionado con esa canción”, confesó Dillom. Y sobre el nuevo trabajo, le cuenta a Rolling Stone: “Me siento muy representado y hasta a veces reflejado en su forma de hacer las cosas. Es un artista en constante búsqueda y siento que con este nuevo proyecto encontró un nuevo destino en el que se nota su madurez en comparación a anteriores trabajos. Y en el que se imprimen fuertes valores y sentimientos que vienen de un lugar súper real y personal”.
Carrito está adentro de Niceto con una empanada de jamón y queso en una mano y el celular en la otra. Se acerca al escenario. Mira eclipsado el silbido gutural (de tradición mongol) que hace su colega Shaman Herrera. Hace un rato estábamos en el Boliche de Roberto hablando sobre Yupanqui y José Larralde. También de sus pensamientos suicidas, que quedaron en el pasado. Para entusiasmarlo le digo que “Vayamos” es una mezcla de Violeta Parra y Syd Barrett. Carrito está en el momento justo de trascender su circuito e impactar con Hijo del país. Dice que la música le salvó la vida. “Quiero hacer esto siempre. Tener 50 y estar escribiendo unos temazos. A esa altura quiero seguir haciendo buenos shows, como los hace Calamaro”.












