Crítica: ¡La novia! (The Bride!)
¡Él es un cadáver reanimado y condenado a vagar por la tierra en un estado de miseria existencial durante siglos! ¡Ella es la amante de un gángster de poca monta, resucitada para convertirse en su alma gemela! Se podría decir que están hechos el uno para el otro, literalmente. No es que esta joven (con una pesada cuenta pendiente con el patriarcado) tuviera mucha elección. ¿Su futuro esposo y su amigo médico la desenterraron, reclutaron a un científico para hacer pasar miles de voltios de electricidad por su cuerpo, y ahora simplemente esperan que juegue a la casita por toda la eternidad? ¡De ninguna manera!
Todo esto parece más que suficiente para que una dama, que una vez estuvo muerta, ahora esté viva de nuevo y extremadamente enojada, inicie una revolución y queme toda la podrida y sexista estructura social hasta los cimientos…
¡La novia! -la versión radical y siempre al borde de Maggie Gyllenhaal, sobre el clásico La novia de Frankenstein– es, en el fondo, sobre el poder. Sobre quién lo entiende, y quién no. También se trata de la alegría de un verdadera vínculo y de la necesidad de ser aceptado en tus propios términos o no ser aceptado en absoluto. Y está también el concepto de la pareja salvaje y cómo ese cliché eterno de amantes en fuga se ha convertido en parte de la mitología pop colectiva. Y sobre cómo recuperar el legado de Mary Shelley del canon dominado por hombres. Y sobre el placer infinito de ver a actores en modo cosplay de damas y caballeros de los años 30. Y la belleza de los números musicales de antaño. Y… y…
Hay muchas ideas que se disputan el espacio y el oxígeno en las más de dos horas de The Bride!, y hay también muchas películas diferentes que trasncurren a la vez. Es como si Gyllenhaal temiera no poder volver a hacer otra película después de su impresionante debut, The Lost Daughter (2021), así que cuando se le concedió la oportunidad de filmar, decidió rodar de una vez lo que habrían sido sus cuatro próximas producciones. Dado que esta gloriosa mezcla de películas de género, política de género, camp, punk e ira proviene de un estudio como Warner Bros (el mismo que nos dio títulos tan buenos como Sinners, One Battle After Another y Barbie, y que probablemente sufrirá pronto una seria transformación política) es difícil culparlo. Necesitamos más Borgias como el de Warner para apoyar a los cineastas ambiciosos. Pero lo que realmente necesitamos son cineastas más ambiciosos como Gyllenhaal, que está dispuesta a ir a por todo. Es una artista que tiene mucho que decir. Y esta variación de la historia del Prometeo moderno de Shelley le da la oportunidad de decirlo todo en voz alta, si bien no siempre con la mayor claridad.
Comenzamos con la propia Shelley, hablando desde el más allá y lamentando el hecho de que tenía más historias que contar antes de su prematura muerte a los 53 años. Lo que la autora necesita es otra oportunidad para decir su verdad, lo que requiere otro cuerpo. Shelley es interpretada por Jessie Buckley, quien también hace otro papel como el nuevo recipiente vivo en cuestión. Nuestro narrador llama a la mujer Ida, como en “Preferiría no”, una versión del eslogan de Bartleby, el escribiente de Herman Melville, publicado dos años después de la muerte de Shelley en 1853, y un motivo recurrente en la maratón de chistes del filme. Ida es la amante de un gángster en Chicago alrededor de 1936. Después de ser poseída por Shelley, la dama arma un escándalo en un restaurante elegante, para disgusto de sus compañeros de mesa. Pronto tiene un desafortunado encuentro con una escalera.
Mientras tanto, en un laboratorio al otro lado de la ciudad, una figura extraña llama a un médico. Frankenstein (Christian Bale, en el papel para el que fue reanimado) está harto de recorrer el mundo, maldiciendo su destino como el hombre solitario de Dios. Ahora está listo para sentar cabeza. Después de leer los tratados de una tal Dra. Euphronius (Annette Bening), Frank la ha buscado y le gustaría que le hiciera una novia. La buena doctora se muestra reacia a probar algunas de sus teorías más extravagantes de “reinvigoración” después de sufrir una tragedia durante un experimento. Sería demasiado traumático. “Pensé que eras una científico loca”, replica Frank. ¡Oh, rayos! Eufronio está dentro.
Corte a: ¡Zap! ¡Crash! ¡Pum! Ida regresa de la muerte, tosiendo una sustancia negra y pegajosa; la mancha de tinta en su mejilla derecha se convertirá en su look característico, su marca permanente de Caín. No está muy segura de este nuevo acuerdo, aunque Shelley está extasiada y no para de interrumpir cada vez que Ida y Frank intentan tener una conversación. Eventualmente, terminan en un bar clandestino que Gyllenhaal filma como un club nocturno de lo queer y lo muerto. Algunos hombres se pasan un poco de la mano con Ida en la pista de baile. La siguen a ella y a Frank. Les pisan la cabeza a los delincuentes. Y ahora el dúo se puso en camino, con Ida ahora llamándose Penélope -tal vez porque ese era el nombre de la esposa de Odiseo. Pronto se convierten en héroes populares y sensaciones mediáticas, un Bonnie y Clyde para adolescentes góticos. Para citar la versión de Shelley de la película: ¡Acá llegó la puta novia!
“Maximalista” quedaría corto. A ¡La novia! le podrían haber puesto no uno sino tres signos de exclamación. Hay números de canto y baile, algunos de los cuales tienen lugar en los interminables musicales al estilo MGM que Frank ve obsesivamente, y otros que la pareja escenifica por sí misma; una extravagancia incluso inicia una nueva y frenética moda de baile que hace que el charleston parezca pintoresco. Jake Gyllenhaal aparece como un bailarín de claqué a la antigua, con sombrero de copa y frac. Peter Sarsgaard y Penélope Cruz interpretan a detectives que persiguen a la pareja. La película en sí tiene una sobredosis de cine, aunque no necesariamente homenajee a las películas de terror clásicas. Aún así, hay espacio para turbas con antorchas y ametrallados. Los anacronismos abundan. No se desaprovecha una sola oportunidad para el kitsch.
Algunas cosas funcionan, otras no, y otras más parecen buenas ideas algo desaprovechadas: un movimiento populista inspirado en las travesuras de la novia, con acólitos que copian su cabello encrespado y el salpicón negro en los labios, se presenta brevemente, luego se olvida hasta que se saca a relucir para un remate durante la secuencia de los créditos. Y, sin embargo, incluso en medio del sonido y la furia más descabellados, la película aún encuentra espacio para que sus estrellas se luzcan. Bale convirtió una vez a un hombre “moderno” en un monstruo con American Psycho; ahora hace lo contrario con la creación de Frankenstein y te muestra la melancolía y el anhelo bajo esta bestia sensible. Buckley ya era una de las actrices más interesantes antes de que Hamnet elevara su perfil, y aquí se anima a jugar más suelta. Las escenas en las que tanto la chica de Chicago como la difunta escritora británica siguen discutiendo sobre quién controla a la Novia la muestran cambiando de acento, a veces en la misma frase, a veces en la misma sílaba. Pero incluso cuando solo se le pide intercambiar sonrisas alegres y miradas tristes con Bale, es electrizante.
No se puede decir que Gyllenhaal no se haya arriesgado con The Bride!, y cuanto más ves a los actores dando vida a la idea central de un encuentro de cuerpos marcados y mentes gemelas, más sentís que estás viendo algo no solo perversamente exagerado, sino personal. Pero no creemos que su contraparte en la pantalla sea la propia Novia, incluso si es un recipiente perfecto para la ira femenina. Cuando el médico de Bening aparece por primera vez, su porte y su peinado ondulado recuerdan a Ernest Thesiger, el actor que interpretó el mismo papel de científico loco en La novia de Frankenstein original. Sin embargo, si se mira más de cerca, la persona a la que más se parece, peinado y todo, es la propia Gyllenhaal.
Tanto la directora como Eufronio son mujeres que trabajan en un campo dominado por hombres, quienes sin duda han sido subestimadas y criticadas por su ambición. Ambas encuentran eventualmente la forma de hacer que su brillantez se vea. Ambas son creadores. Ninguna quiere esperar a que le den permiso para hacer lo que quieren. Afortunadamente, una de ellas es real.
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