AC/DC vuelve a Buenos Aires: entre la inmortalidad y el precipicio
Esta nota forma parte de una edición especial de Rolling Stone Argentina dedicada a AC/DC, disponible en kiosco a partir de marzo.
¿AC/DC otra vez de gira? No nos vamos a engañar: un año antes, nadie hubiera apostado a favor de tal hipótesis. Ciertamente, ya se anunciaba su presencia en el festival Power Trip, de Indio, en el desierto californiano, con un cartel que aún hoy parece increíble: tres días con Guns N’ Roses, Iron Maiden, Judas Priest, Metallica y Tool, junto a los australianos, que hacía siete años que no pisaban un escenario (el 20 de septiembre de 2016, en Filadelfia, Estados Unidos había sido su último show). Pero incluso entonces, imaginar que la banda seguiría tocando después de semejante evento no era nada evidente.
Salvo que, bueno, estamos hablando de AC/DC. Y que la historia, la suya sobre todo, a esta altura ya debería habernos enseñado que esta gente no es de soltar así nomás. Que, para ellos, afrontar la adversidad siempre ha sido toda una línea de conducta. Cueste lo que cueste. Digan o piensen lo que digan o piensen.
Entonces, de pronto éramos testigos del anuncio del Power Up Tour (que tendrá tres fechas en el estadio de River Plate: 23, 27 y 31 de marzo) con dos nuevos músicos en la banda. Si bien se dejó convencer para hacer un último esfuerzo en aquel festival en California, Cliff Williams no dio marcha atrás en su decisión de colgar el bajo, determinación que prácticamente ya había quedado sellada durante la gira Rock or Bust (2015-2016). “Para ser honesto, no fue una gira sencilla”, admitiría después, aunque sin despejar del todo el misterio. “Tuve algunos problemas de salud cuyos detalles les ahorraré. Pero pasaron varias cosas mientras viajábamos, unos vértigos terribles. Terminé por aceptar que ya había cumplido mi ciclo”.
La larga cabellera blanca de Cliff Williams es reemplazada entonces por la del rubio Chris Chaney, un californiano de tez morena que puede jactarse de haber sido el tercer bajista de Jane’s Addiction después de Flea y Eric Avery (entre 2002 y 2004), así como de algunas colaboraciones en discos de Slash y Joe Satriani. Por su parte, Matt Laug, ya presente en el Power Trip, les puso fin a las esperanzas de los fans de AC/DC de volver a ver a Phil Rudd sentarse en la batería. Matt recibió la bendición de otro exbaterista de AC/DC, Chris Slade, a través de un curioso mensaje en redes sociales: “Conozco a Matt desde que vivía en California y es un tipo muy amable, un baterista muy competente, que no consume alcohol y que pondrá la batería exactamente ahí en donde Angus la quiera… ¡Al fondo del escenario!”.

¿Qué más se podía pedir? ¿Alcanzarían esos movimientos para mantener a flote un barco que, desde hace al menos veinte años, se percibe inestable y al que, después de cada gira, se lo da por terminado? ¿Cuántas veces se ha anunciado ya el fin de la historia? ¿Cuántas veces hemos escuchado o leído que, esta vez sí, es la última, que la banda se desenchufará para siempre de su longeva combinación de corriente continua y corriente alterna?
De alguna manera, AC/DC vive con esta contradictoria imagen de ser a la vez inmortal y estar muy cerca del precipicio. Eso es así desde el 19 de febrero de 1980. En una fría noche de invierno londinense que acabará con la existencia –también permanentemente al borde del abismo– de Bon Scott (con solo 33 años), cuya voz rasgada, su personalidad a la vez bonachona y pragmática, habían constituido el complemento perfecto a la incesante máquina de riffs afilados y cortantes de los hermanos Malcolm y Angus Young. Era una trayectoria interrumpida en pleno vuelo. Una caída de la que nadie se recupera, según vislumbraban los pronósticos más funestos. Y era comprensible.
Lanzado seis meses antes de la muerte de Scott, el álbum Highway to Hell marcó el paso de AC/DC de una especie de amateurismo orgulloso, que privilegiaba cierto espíritu familiar, a la profesionalización, entregando su destino –o el del sonido que había forjado su identidad– a un productor aparentemente muy alejado de sus asperezas, Robert John “Mutt” Lange. Con Highway to Hell, AC/DC ya no era ese forastero que todos miraban de reojo, aunque con cariño (salvo, por supuesto, las bandas a las que opacaban cuando les hacían de teloneros). En resumen, el camino a la consagración parecía bastante despejado…
Ya sabemos el resto: las audiciones para incorporar a un nuevo vocalista comenzaron apenas unas semanas después del fallecimiento de Bon. Salió victorioso un absoluto outsider, que casi había renunciado a hacer carrera con su grupo de entonces, Geordie. Fue el primero en sorprenderse de que lo seleccionaran, ya que, a priori, tenía muy poco en común con su predecesor. Pero, un mes después, ya contaban con nueve temas listos, que cambiarían el curso de la historia en el álbum Back in Black (aunque algunas de esas canciones ya existían como demos, con Bon Scott en la batería, como “Have a Drink on Me”).

Malcolm y Angus escribirían en solo quince minutos la última pieza del rompecabezas: “Rock and Roll Ain’t Noise Pollution”. Pero, por supuesto, la mayor atención se la llevarían otros dos tracks: “Back in Black”, el homenaje oficial a Bon, mezclado con esta profesión de fe que confirmaba que AC/DC no se dejaría abatir, y “Hell’s Bells”, con sus trece campanazos crepusculares de esa campana que, más tarde, formaría parte integral de los conciertos de la banda. La historia cuenta que la idea se le ocurrió a Malcolm en el baño de Electric Lady, el estudio neoyorquino que Jimi Hendrix imaginó y donde estaban mezclando Back in Black. Para grabar dicha campana, el ingeniero de sonido, Tony Platt, había cruzado el Atlántico, rumbo a la iglesia de Loughborough, en el centro de Inglaterra. El problema fue que ese campanario era también el privilegiado lugar de residencia de unas cuantas palomas que se obstinaban en arruinar cada toma. Así que Platt terminó por encargar una campana a medida en un taller local para lograr su objetivo.
La nueva voz del grupo, a años luz del registro de su predecesor, fue aceptada de inmediato. Brian Johnson sería incluso validado por los padres de Bon Scott durante la etapa australiana del Back in Black Tour, al año siguiente. Fue un giro curioso de la historia, ya que Bon había sido el primero en hablarle de Johnson al grupo unos años antes, después de presenciar un concierto de Geordie en el norte de Inglaterra, impresionado por esa asombrosa imitación de Little Richard que Brian había escenificado rodando por el escenario. “Era raro que Bon se entusiasmara mucho con algo”, confesará Angus acerca de aquel episodio. Lo que Bon no sabía era que Brian había sido llevado al hospital en cuanto terminó el concierto, víctima de un ataque de apendicitis. Quizás aquellas contorsiones en el piso habían sido causadas más por el dolor en el vientre que por el amor a Little Richard.
Cuarenta y cinco años después, Brian Johnson sigue en el juego. Aunque no siempre ha sido fácil hacerlo, mucho menos en la última década.
Imposible no recordar los problemas auditivos del cantante en 2016, que hicieron pensar que el destino del grupo tambaleaba de nuevo, más allá de la cancelación de algunas fechas de la gira Rock or Bust, antes de que finalmente se llevara a cabo con Axl Rose en el micrófono. “Brian corría el riesgo de quedar sordo permanentemente”, precisaba Angus Young a Rolling Stone cerca de la salida del álbum Power Up, mientras que el propio Brian detallaba así la situación: “Era bastante serio. Ya no escuchaba el tono de las guitarras. Era una especie de sordera espantosa. Literalmente tenía que tratar de arreglarme con la memoria muscular o con los movimientos de la boca. Empezaba a sentirme cada vez peor frente a los chicos, frente al público. Fue espantoso. No hay nada peor que sentirse así, en una incertidumbre total”.

Sin embargo, un nuevo álbum lograría reunir a los cuatro miembros sobrevivientes de la época de Back in Black, a pesar de la muerte de Malcolm Young en 2017, ya retirado desde 2014, cuando lo reemplazó su sobrino, Stevie Young. “Malcolm estaba ahí todo el tiempo”, recordó Johnson. “Como diría Angus, la banda fue su idea. Todo pasaba por él. Estaba constantemente presente en nuestras mentes o simplemente en nuestros pensamientos. Lo sigo viendo, a mi manera. Todavía pienso en él. Y en el estudio, cuando hacés algo, te conviene mirar dos veces a tu alrededor porque nunca parece estar demasiado lejos”. “El camino fue largo, muy largo”, explica Angus sobre ese nuevo desafío. “Pero está bueno que todos hayan vuelto a bordo y que podamos largar un poco más de rock’n’roll al mundo”.
Unos diez años después, el remedio que Brian Johnson le encontró a su problema auditivo sigue siendo un poco confuso. Él mismo tampoco se esmera mucho en explicarlo, más allá de contar que durante tres años, una vez al mes, un especialista lo trató en su domicilio. “La primera vez que apareció, vino con algo que parecía una batería de coche”, reveló Johnson. “Le dije: ‘¿Pero qué es eso?’. A lo que me respondió: ‘Lo vamos a miniaturizar’. Fueron dos años y medio. Cada vez que venía armaba un lío absoluto con todos esos cables, monitores y todo ese ruido. Pero valió la pena. Lo único que puedo decir es que el dispositivo utiliza la estructura ósea del cerebro como receptor. No me pidan más”.
Milagrosamente, el dispositivo intraauricular le permitió a Johnson volver a cantar. “Nos mantenían informados de cómo estaba”, especifica Angus. “Fue perfecto. Sé lo importante que fue todo eso en la vida de Brian. Y lo mismo para el resto de la banda”.

El episodio no fue inocuo para la carrera del grupo, a pesar de la gestión rápida de la situación (a la que volveremos). Pero la banda estaba por sufrir aún otro golpe más: el retiro forzoso, obligado, de Malcolm, afectado por el alzhéimer. La decisión se oficializó en la primavera de 2014, pero muchos sabían desde hacía años que era inevitable. Porque Malcolm era el verdadero líder del grupo, su fundador, antes incluso de sumar a su hermano Angus a la ecuación. Para hacerla corta, Kentuckee, el grupo anterior de Angus, había tirado la toalla, pero era inconcebible que el chico –de 15 años en ese momento– se quedara mucho tiempo de brazos cruzados. Que Malcolm sugiriera a sus socios musicales de entonces una audición de su hermano menor (de poco más de dos años: enero de 1953 uno, fin de mazo de 1955 el otro) no sería más que una mera formalidad.
“En verdad, Malcolm era un muy buen primer guitarrista”, confiaría un día a la prensa británica Colin Burgess, el primer baterista de la banda, sobre los inicios del grupo. “Incluso parecía raro que quisiera incorporar a otro guitarrista como Angus. Más aún por cómo, a veces, se provocaban uno al otro”. Malcolm era también bastante rápido en tomar decisiones a veces radicales, en ir al grano, como en la elección de dejar de trabajar con el experimentado Eddie Kramer, porque las primeras sesiones de Highway to Hell, en Miami, no avanzaban, y el ingeniero de sonido de Jimi Hendrix (aún hoy presente en cualquier reedición de Voodoo Child) parecía perderse en retoques y ajustes, cuando no cuestionaba las capacidades vocales de Bon Scott (a lo cual el cantante respondió diciendo que Kramer “sería incapaz de producir un pedo digno”).
Fue nuevamente bajo el impulso de Malcolm que se decidió romper con un mánager de la talla e influencia de Peter Mensch, solo cinco días después de una actuación en el Monsters of Rock, en Inglaterra, en 1981. Ian Jeffrey, que retomaría el puesto después de haber sido tour manager y antes de ser despedido a su vez sin miramientos, resumirá perfectamente a la prensa inglesa el lugar preeminente del mayor de los Young dentro de AC/DC: “El grupo era propiedad de Malcolm. Era Malcolm quien le decía a Phil Rudd que mantuviera el ritmo, era Malcolm quien le decía a Cliff [Williams] cómo acercarse al micrófono. Y cuando Brian [Johnson] entró en la banda, fue Malcolm el que le dijo que se callara entre canción y canción, y que se limitara a cantar. Malcolm estaba detrás de cada movimiento”.

Esta radicalidad pudo a veces chocar, molestar. Por ejemplo, tras la muerte de Bon Scott, cuando muchos observadores cercanos –y fans– se sorprendieron por la rapidez con la que se encontró y anunció un sucesor (poco más de un mes). La historia se repitió en 2016, al momento del anuncio, seco a más no poder, de la retirada de Johnson tras sus problemas de sordera. En efecto, se esperaba un comunicado un poco más… afectuoso, dado que se trataba de un “colaborador” con más de tres décadas de antigüedad: “Los miembros de AC/DC desean agradecerle a Brian Johnson por su contribución y dedicación al grupo durante todos estos años. Le deseamos lo mejor con sus problemas de audición y sus proyectos futuros… Axl Rose nos brindó amablemente su apoyo y ayuda para que pudiéramos cumplir con nuestros compromisos”. La parquedad del anuncio llevó al infortunado vocalista a emitir su propia declaración en modo de rectificación apenas setenta y dos horas después: “No creo que los comunicados de prensa anteriores hayan expuesto suficientemente lo que les quería decir a nuestros fans ni la forma en que creía que debían presentarse las cosas”.
Se podría especular largamente sobre el porqué y el cómo de esta reiterada actitud de “tomalo o dejalo”, en la que los sentimientos no tienen cabida. En cualquier caso, no se debería pasar por alto un elemento esencial del “expediente”: el carácter de empresa familiar de AC/DC. Honrar los compromisos, agachar la cabeza cuando es necesario y seguir adelante… cueste lo que cueste, sin quejarse ni desahogarse jamás. AC/DC nunca ha considerado las cosas de otra manera. Incluso cuando, a mediados de la década de 1980, sus días de gloria parecían comenzar a extinguirse.
Entre los muchos ejemplos que ilustran esta voluntad de afrontar la adversidad “sin alardear”, uno de los más recientes es bastante significativo. Se le atribuye a Brian Johnson, durante las sesiones del álbum Rock or Bust, haber sugerido “Man Down” como título del trabajo y en homenaje a Malcolm. Opción categóricamente rechazada por el clan AC/DC, que veía ahí una connotación demasiado negativa. ¿Demasiado explícito, demasiado llamativo? La respuesta está en la pregunta… Por cliché que parezca, AC/DC siempre ha sido una banda de clase trabajadora. La explicación a esto podría buscarse de nuevo en la relación de cada uno con la realidad cotidiana. Si bien por poco tiempo, Angus Young experimentó el trabajo en una fábrica antes de convertir la guitarra en su herramienta de subsistencia. Jardinero, empleado de depósito en una empresa de fertilizantes, pegador de carteles para un promotor de conciertos (incluso de AC/DC), Bon Scott probó diversos oficios antes de convertirse en chofer-acompañante del grupo y luego dar el paso que conocemos y encontrarse en el estudio con los hermanos Young, en noviembre de 1974. En cuanto a Brian Johnson, su currículum podría destacar los rubros chapista de autos y paracaidista.

AC/DC habrá pagado así con creces su tributo a los accidentes en ruta, a las pérdidas prematuras. Bon, a los 33 años, Malcolm a los 64. Pero eso no los detendrá. De cualquier modo, no todo el mundo puede ser los Rolling Stones, para quienes la gran parca tuvo la decencia de esperar bastante tiempo antes de ocuparse de uno de sus miembros clave (Charlie Watts, 80 años). Esos mismos Stones que eran venerados por los hermanos Young, con Malcolm a la cabeza, que supieron tocar una versión de “Jumpin’ Jack Flash” improvisada por falta de suficientes temas para su primer concierto como AC/DC, la Noche Vieja de 1973.
¿Indestructibles? Quizás no. Quizás algo más. Pero ya que las paredes se van desmoronando poco a poco, que el final sea lo más discreto y silencioso posible. Mientras tanto, todavía se las arreglan para meter ruido. ¿Y qué, el rock and roll no es contaminación sonora, no?
Angus lo dejó en claro al momento de lanzar Rock or Bust: “Esta banda es la razón por la que todavía me siento como un chico de 18 años. Ya no lo parezco mucho, pero así soy por dentro”. ¿Una forma de cerrar toda discusión sobre la conveniencia de volver a la ruta enfundado en su uniforme escolar? El infierno, al parecer, está pavimentado de buenas intenciones.
AC/DC nunca dejó de hacer lo suyo. Se merecerán el homenaje de una salva de cañonazos y una andanada de riffs epilépticos cuando les llegue el momento. Pero para eso parece que aún falta.










