Stellan Skarsgård, el actor de “Valor sentimental: “Soy un nepo daddy, mis hijos son más famosos”
Hace cuatro años, mientras se repartía entre los rodajes de Andor y Duna: Parte II, Stellan Skarsgård sufrió un accidente cerebrovascular que amenazó con privarlo de volver a actuar. El derrame venía cargado de algo extra: el padre del actor sueco sufrió un ACV a la misma edad, y terminó anclado a una silla de ruedas con el habla permanentemente comprometida. Para cualquiera, esa situación representaría un destino aterrador. Para un actor, implica además una violencia directa a su instrumento: la voz y el cuerpo son sus herramientas expresivas.
Pero Skarsgård, de 74 años, afortunadamente, pudo recuperarse. Y aunque tenga que servirse de auriculares para memorizar alguna que otra línea, sus dotes actorales permanecen intactos. Así lo atestigua Valor sentimental, el nuevo largometraje de Joachim Trier que debutó en MUBI y que le valió un Globo de Oro a Mejor Actor de Reparto (es, además, el favorito a ganar el Oscar). En ella, encarna a Gustav Borg, un cineasta semi-retirado que busca filmar una película crepuscular con el motivo ulterior de reconciliarse con su hija, Nora (Renate Reinsve), que es actriz.
Hay ecos de Bergman y de Ibsen en Valor sentimental, pero la película se apoya finalmente sobre la fuerza gravitatoria que ejerce Skarsgård con la potencia sensible de su mirada. En conversación con Rolling Stone Argentina, el actor (padre de ocho hijos, seis de los cuales también son actores) se extendió sobre su oficio, su carrera y el significado que acarrea para él su más reciente proyecto.
¿Cómo fue el proceso de construir al personaje de Gustav en Valor sentimental?
Mi proceso dista bastante del Actors Studio, porque hice mucho teatro y a veces tenés que interpretar tres personajes en una misma noche sin haber tenido los meses de preparación que hubieses querido. En todo caso, lo que hago indistintamente del proyecto es intentar entender a mi director y su búsqueda; eso me permite saber hasta dónde puedo ir y hasta dónde no. Pero después trato de procurar la mayor libertad posible. No es un trabajo intelectual. Es un oficio instintivo y brutal. La confianza en uno mismo no es algo frecuente en actores: nunca sabés si sos bueno o un desastre, y si algo funciona tampoco sabés por qué. Es una profesión infernal, la verdad. Además, mucho de lo que hago depende del resto de los personajes y hacia dónde me llevan ellos. Yo no sé nunca hacia dónde voy.
En Valor sentimental compartís una escena muy potente junto a Elle Fanning, en donde el personaje de ella ensaya un monólogo guionado por el tuyo. ¿No hubo alguna situación análoga a la hora de filmar esta película? ¿No se juntaron a repasar la cadencia o el subtexto de cada línea?
Tuvimos un par de semanas para las pasadas de texto, pero no para decidir qué hacer sino para decidir qué no hacer, y también para darle ideas a nuestro director sobre qué podía incorporar en una posterior reescritura. Esas instancias de ensayo nos sirven para sacarnos de encima todas las discusiones sobre los motivos detrás del accionar de cada personaje. Si ya lo tenés resuelto antes de filmar, podés llegar al set y prescindir de cualquier debate intelectual. Entonces tenés una situación y tenés al personaje dentro de esa situación, y nada más. Ahí es cuando la cosa se pone divertida. Una vez trabajé con un director llamado Bo Widerberg, que ya murió, y me enseñó mucho sobre actuación frente a cámara. Le decía a actores muy experimentados: “Ya sé que sabés hacer esto, pero no quiero ver tus herramientas. Quiero que seas tan bueno como los otros amateurs que están trabajando acá”. En el momento en que el público descubre las costuras, también ve tus intenciones.
En la película encarnás a un director de cine renombrado, y a lo largo de tu carrera has trabajado con muchísimos. ¿Hay ecos de alguno específico en Gustav?
Lo primero que pensé fue: “¿A quién debería imitar para vengarme?” [risas]. Pero después de pensarlo un par de veces, dejó de importarme porque podía tratarse de cualquier tipo de artista. El conflicto no pasa por la disciplina sino por la tensión entre su arte y su vida personal, y por su incapacidad para gestionar su vida privada mientras es extremadamente sensible en su expresión artística. Es muy común que un artista pueda expresar cosas profundas en su obra y a la vez no tenerlas en la vida real. La vida artificial, al menos, es controlable. En lo personal, yo sé que conozco la técnica cinematográfica más que la mayoría de los directores, pero no sé si tengo algo que expresar a través de eso. Una película independiente o de autor tiene que ser de su director y expresar algo profundamente personal. Hay actores muy experimentados que trabajan con un cineasta debutante y lo aplastan porque creen saber más. Lo que hago yo es guardar mi conocimiento en una bolsa, dársela al director y decir: “Agarrá lo que quieras”. Yo estoy ahí para servir a su visión, no a mi carrera ni a las necesidades privadas de nadie.
¿Y cuál fue la visión de Joachim Trier en Valor sentimental? ¿Detectaste alguna singularidad en su forma de trabajar?
A ver, dejame pensar en los ingredientes de su forma de trabajar. No es alguien que le tema al silencio, y eso es algo que yo valoro. Creo que tiene algunos puntos en común con el otro Trier con quien trabajé mucho, Lars von Trier. Él no planifica una puesta en escena ni te dicta hacia dónde tenés que caminar. Cada toma puede ser completamente distinta, y eso habilita una libertad enorme. Yo necesito esa libertad. Cuanto más libre soy, mejor trabajo. Si no, siento que me puedo tornar demasiado mecánico. La irracionalidad es la que te sorprende y crea vida.

Leí que todavía te mandás mensajes con Lars von Trier. ¿Cómo está él? ¿Qué tipo de conversaciones tienen y cómo recordás esa asociación creativa?
Me encantaría poder decir que todavía somos una dupla creativa, pero él tiene Parkinson y además sufre de ansiedad. Siempre tuvo ansiedad. Está en un momento difícil, y no quiere comunicarse mucho con nadie ahora. La verdad es que me apena. Pero nuestras conversaciones no son solemnes: mayormente chismoseamos y hablamos de otros. Él es muy gracioso, y muy singular. La gente que solo lee titulares se quedó con la idea de que es nazi por aquella conferencia en Cannes, pero los que lo conocemos sabemos que no es así. Hizo un mal chiste. Es muy fácil trabajar con él. No impone nada, y eso puede aterrar a algunos actores, pero es lo suficientemente talentoso como para arreglar cualquier desastre. En la primera película que hicimos, Breaking the Waves, recuerdo que había carteles enormes en el estudio que decían: “Erren”. Si tenés miedo a equivocarte, tendrías que trabajar de otra cosa.
Valor sentimental gira en torno a paternidades complicadas. ¿Crees que el hecho de ser padre de ocho hijos te acercó al proyecto desde un lugar distinto?
Bueno, yo soy un padre imperfecto. Ser el padre o la madre ideal es algo imposible. Tenemos que aceptar que somos imperfectos, y hacer que nuestros hijos acepten esas imperfecciones también. No deberían tener que verme como si fuese un Dios solo porque soy su papá. Uno se divierte unos minutos y se convierte en padre, así que no es algo a lo que se le pueda atribuir mucho mérito. Pero sí me puedo atribuir el mérito de escucharlos, de quererlos y de ser su amigo. No debería existir jerarquía en ninguna familia, ni en ninguna sociedad, ya que estamos. Hace poco, mi hijo más chico, Kolbjörn, volvió del colegio llorando porque en la escuela le dicen “nepo baby”. Lo que hace mi hijo más grande, Alexander [también actor, al igual que Gustaf, Bill, Valter, Ossian y Kolbjörn], es asumirse “nepo baby” él para así desarticular la situación. Y yo digo que soy un “nepo daddy” porque tengo hijos más famosos que yo. No sé cuál será mi legado, tampoco me interesa tener uno; solo espero caerles bien, que perdonen mis defectos y que sean buena gente. Cuando un colega se me acerca y me cuenta que un hijo mío fue un buen compañero de trabajo, me siento mucho más orgulloso que cuando ganan premios y cosas así. Gustav, mi personaje en Valor sentimental, no puede comunicarse con su hija por mucho que lo intente.
Esa mirada en la última escena es clave para el personaje y para toda la película, porque resignifica lo anterior. Podría haber sido un final empalagoso, pero Joachim observa los problemas con neutralidad y a la vez compasión. Entiende que los problemas no tienen solución ni “cierre”, como dicen los norteamericanos. Nada en la vida tiene cierre, y todo queda abierto. Excepto la muerte. [risas] Pero en la película hay una posibilidad de reconciliación, y tal vez la esperanza de un perdón. Si no aprendés a perdonar, estás jodido.













