Cosquín Rock 2026: Ciro con Mollo, Gieco con Trueno y los otros mil cruces del festival que se volvió Marca País
No había drones sobrevolando las cabezas del público, tampoco había influencers, ni creadores de contenido, ni smartphones. No había auspiciantes, ni puestos de activación, ni acciones de marcas, ni pocket cash, ni experiencias gastronómicas gourmets en un menú por pasos, ni menues apto para veganos. No existía el streaming, ni la tradición en directo y en simultáneo de todos los escenarios (porque, en verdad, el escenario era uno solo). Hace un cuarto de siglo, en febrero de 2001, se celebraba por primera vez el Cosquín Rock en la Plaza Próspero Molina. Estuve allí. La experiencia, les puedo asegurar, era bien distinta a la actual.
Aunque para la época el evento había tenido una convocatoria inusitadamente grande, nadie hubiera imaginado en ese entonces la expansión y el crecimiento exponencial, en términos de dimensiones, infraestructura, monetización y aforo, que alcanzaría en el devenir de las décadas.
Mirá la galería de fotos del primer día:
Cosquín Rock fue un festival pionero. Inauguró una tradición, se sostuvo en el tiempo y expandió su modelo de negocio hasta transformarse en una poderosa franquicia con experiencias en buena parte del continente americano y también del otro lado del Atlántico.
En la escena local, abrió las puertas a una serie de festivales, mayormente sostenidos por un sponsor principal (Quilmes Rock, Personal Fest, Pepsi Music), que hicieron historia especialmente en la primera década del nuevo milenio. También, otras franquicias de pares internacionales, como el Lollapalooza o el Primavera Sound.
Esa marea de gente que recorre ahora las 14 hectáreas que ocupa el predio en el Aeródromo de Santa María de Punilla, que recorre y rebota por los seis escenarios que ofrecen una programación ecléctica e inabarcable, se puede mensurar en números monstruosos: más de 45 mil personas por jornadas, que llegan desde diversos puntos el país para participar del festival más federal de la Argentina. Pero, por su mística, es frecuente encontrarse también con espectadores que llegan desde Uruguay, Chile y Paraguay, entre otros países limítrofes, e incluso con alguna bandera mexicana.
Nadie hubiera imaginado en 2001, que en el predio del festival las marcas incluiría promociones de desodorantes, jabones, cremas y shampoos. Que una grúa de una bebida energizante te elevaría en unas sillas colgantes a 30 metros por encima del piso para tener una visión panorámica de todo el valle. Que el whisky que el Coco Basile considera “un elixir” tendría su balcón vip. Que una marca de zapatillas te regalaría tatuajes (permanentes) gratis. Que alrededor del evento habría tanto brillo, tantas distracciones de los escenarios, tantas experiencias complementarias.
¿Y qué queda de la esencia de ese encuentro seminal? Las canciones. Porque, en definitiva, nada de la infraestructura que rodea (y hace posible) el festival, sería posible sin la materia prima, la quintaesencia del evento, que es el poder de las canciones. O, como reza la remera que usó Sebastián Teysera, el Enano de La Vela Puerca: “La canción al poder”.
Muchas de las canciones que suenan en esta edición sonaron en la primera edición. Andrés Ciro recreó clásicos piojosos como “Desde lejos no se ve” o “Tan solo”, Divididos tocó “El 38” y “Aladelta”, Las Pelotas “Capitán América” y “Shine”, todas ellas piedras fundacionales del cancionero del Cosquín e indispensables en una hipotética playlist de himnos del festival.
Si en ese año seminal (y en las primeras ediciones del Cosquín Rock) los cruces eran producto de la espontaneidad que generaba la convivencia en el espacio común en los camarines, con el devenir de los años se fueron transformando en alianzas estratégicas. En la edición 2026, por multiplicidad y diversidad los cruces fueron el sello distintivo de ambas jornadas.
Cuando recién arrancaba el festival, Abel Pintos se sumó aEruca Sativa para cantar “Amor ausente”, y un rato más tarde en la zapada que comandaba Ale Kurz en el escenario Sorpresa, se metió en territorio sagrado. La inusitada versión de “Ji ji ji” fue uno de los highlights del festival. Esa misma noche, Andrés Ciro invitó al escenario a Ricardo Mollo para recrear “Morella”, un clásico de Los Piojos que el guitarrista y cantante de Divididos había grabado en Verde paisaje del infierno (2002). León Gieco, en la segunda jornada, fue algo así como un comodín: se sumó a Beat Modernos (el grupo de homenaje a Charly García con elZorrito Von Quintiero, Fernando Samalea, Rosario Ortega, Dizzy Espeche, Michelle Bliman, y más) para cantar clásicos propios como “Los Salieris de Charly” y “Pensar en nada”, y versionar a su amigo (que seguía la transmisión por TV): “El fantasma de Canterville” y “Yo no quiero volverme tan loco”.
Luego, cantó con la murga uruguaya Agarrate Catalina “El ángel de la bicicleta” y“Solo le pido a Dios”. Con Trueno revisitaron “Cinco siglos igual” y luego León aportó su voz en “Tierra Zanta”. El ya mencionado cruce de Las Pelotas con el Enano y el Cebolla de La Vela Puerca tuvo una mística particular, por la energía de esa canción “Capitán América”, que terminó con silbidos y miles de dedos haciendo fuck you frente a la imagen de Donald Trump, presidente de EE.UU., que aparecía en las pantallas. El Piti Fernández, de Las Pastillas del Abuelo, subió a cantar con Los Espíritus en La casita del Blues. Además de su presentación en ese mismo escenario, Wayra Iglesias cantó “El viejo”, clásico de Pappo con Ale Kurz, que comandó una zapada sorpresa en el escenario ídem. Y el Tete Iglesias, bajista de La Renga (y padre de Wayra), subió para tocar “Veneno”, el tema de La Negra que el trío de Mataderos incorporó a su repertorio desde los años 90. Con esta imponente escenografía natural, tienen un sentido diferente las líneas que rezan “En un rincón de las sierras, donde arden las estrellas”. El Kuelgue invitó a Litto Nebbia para versionar otro himno, “Solo se trata de vivir”. Gustavo Cordera se reencontró en un escenario con Oski Righi y Tito Verenzuela, cofundadores de Bersuit, para recrear “Yo tomo” y “Se viene” (otros temas que sonaron en el primer Cosquín). Y la lista sigue.

“Con todos los cruces que hubo, las 1.500 fotos que te podés llevar en la cabeza de las cosas que sucedieron, demuestra a las claras de que no hace falta un estilo de música. Es música, simplemente. Este año, este festival dejó demostrado que algunos artistas que no hacen rock, subiéndose a un escenario y haciendo rock, te pueden cambiar la perspectiva de cómo ven la música”, señala, eufórico, José Palazzo, uno de los fundadores y factotum, referente y productor general de ese monstruo grande en el que se transformpo el festival.
Son demasiados los flashbacks para que Palazzo pueda recrear el crecimiento exponencial del proyecto. “Me cuesta mucho ver la evolución, porque era un laburo muy especial y muy complejo: éramos cuatro personas para hacer todo el festival. Y hoy somos 5.400”, explica. “Pero estoy muy contento de haber tropezado tantas veces y haber llegado siempre con un objetivo claro, que es que la música es el motor de esto. Entonces, sin confundir el rumbo, quizás agregándole cosas y sabiendo que la música era el motor principal, le metimos para adelante. Los inicios fueron muy sacrificados y me hicieron casi declinar muchas veces, pero hoy estoy orgulloso de haber seguido adelante”, celebra.
Más allá del éxito de la edición 2026, sobran los motivos para festejar. Cosquín Rock, que se transformó en una franquicia en su formato de exportación, fue distinguido con la Marca País. Se trata de una etiqueta de calidad y prestigio que se otorga a eventos, instituciones, productos o personalidades que ayudan a construir la identidad nacional y a mejorar la imagen de Argentina en el exterior. La distinción fue otorgada por la Secretaría de Turismo, Ambiente y Deportes que depende del Gobierno Nacional. Y uno de los focos es la promoción turística. La reactivación económica que implica para la zona el festival es otro de los puntos a destacar.
En aquella primera edición, celebrada en la ciudad de Cosquín en medio de una crisis económica que iba in crescendo, el reconocimiento fue espontáneo. Un cartel escrito con tiza que pusieron en un pequeño almacén era elocuente: “Gracias chicos por venir”. Era un agradecimiento al público (los clientes) pero por caracter transitivo a la organización, por la convocatoria.
Desde un primer momento, el festival contó con el apoyo de la comunidad artística. Ricardo Mollo, por ejemplo, se puso literalmente la camiseta del festival en 2001. Y salió a tocar así, con el logo pegado al corazón, en la Plaza Próspero Molina. El romance continúa un cuarto de siglo después: Divididos no sólo ofreció uno de los mejores sets del festival, sino que a través de sus redes ya confirmó su presentación para 2027. “Siempre los músicos fueron los primeros en apoyar”, reconoce Palazzo. “Cuando el festival tuvo algún tropiezo, los primeros que salieron a defenderlo fueron los músicos, porque el hilo conductor y el principal motor de este festival es la música”.
El periodista cordobés Germán Arrascaeta, referente del diario La Voz, de Córdoba, estuvo en la primera edición y en todas las que vinieron después. De hecho, recibió una distinción de José Palazzo por el apoyo y la asistencia perfecta al festival. “Hay muchos aspectos para analizar. El festival empezó siendo una cosa muy chica, creado por tres productores hábiles y con cierta visión, que fueron José Palazzo, Héctor Emaides [“el Perro”] y Constantino Carrara. Tenían el know how de producir a varios artistas y al tener esa capacidad de producción se lanzaron. Cuando todas las marcas empezaron a auspiciar grandes festivales en Buenos Aires, el modelo fue el del Cosquín Rock y no sé si está debidamente reconocido eso. Curiosamente, Cosquín quedó por momentos medio a la sombra de esos festivales, que Cosquín no podía programar por una cuestión de presupuesto y de logística, pero se sostuvo y con el tiempo fue cambiando. José Palazzo se expandió como uno de los productores más importantes de la Argentina. En la sociedad cordobesa es una celebridad, pero también es un personaje resistido por algunos sectores. Para mí, su capacidad de generar cosas, es innegable”.
Hace más de dos décadas, el Mono de Kapanga había definido al festival como la muestra anual de la Sociedad Rural del Rock. No se refería, me cuenta ahora, al lugar de exposición que ofrecía el festival frente a productores y programadores del país (aunque algo de eso había) sino a la fauna rockera que agrupaba el evento. “Era un gran zoológico, donde había de todo”, recuerda el Mono entre risas. “El Cosquín es el festival madre de todos los festivales, en el que empezaron a convivir pacíficamente diferentes tribus. A nosotros nos catalogaban como una banda festivalera, y a nosotros nos encanta. Nos ha ayudado mucho, y armamos un show bien versatil, medio teatral, con mucho humor aunque lo hacíamos muy en serio, y podíamos caer bien en la noche heavy, en la noche, rock, en la noche reggae… siempre fuimos buenos animadores de los festivales”.
En su regreso al festival después de varios años, Kapanga tuvo una actuación memorable. Su quintaesencia cuartetera y la mística se mantienen intactas, y la química con el público estuvo a la altura de las expectativas.
Pero lo que nos preguntamos realmente para qué sirve hoy un festival como el Cosquín Rock.
Sebastián Grandi, director de Mega 98.3, está al frente de una comitiva de 15 integrantes del staff técnico y periodístico de la radio. “Para Mega es muy importante participar del Cosquín Rock como de casi todos los festivales de rock del país, pero este es un festival especial, es un festival muy grande incluso en sus dimensiones físicas; hay kilómetros entre un escenario y otro. Está en el centro del país, es súper federal y es súper interesante el hecho de que hay gente que viaja de distintos lugares y que vive una experiencia que es medio completa, porque implica acampar o dormir en hostels o dormir en hotel, viajar, compartir con amigos, con familia. Entonces es como un festival muy distinto a todos los resto de los festivales de la Argentina”.
Grandi destaca, también, el rol que ocupa el entorno natural, en el valle de Santa María de Punilla, rodeado de sierras. “El festival propone una comunión de montaña, entre el atardecer, entre la sierra, entre la variedad climática, el calor del día y el frío de la noche. Los artistas se encuentran en el patio de artistas, en los escenarios, en las salas de prensa, en el estudio de la radio, y ahí se generan cosas a nivel periodístico. pero también conversan, intercambian experiencias, uno sube a tocar con otro y, en definitiva, es interesante porque de ahí salen las grandes anécdotas del rock que después nosotros los periodistas, los historiadores, vamos recopilando con el paso del tiempo”.
El core del festival es esencialmente nac & pop. La grilla ofrecía, este año, presentaciones de artistas internacionales como Marky Ramone, David Ellefson (exbajista y fundador de Megadeth), Franz Ferdinand, los Chemical Brothers en formato de DJ set, El Cuarteto de Nos, Devendra Banhart y Hermanos Gutiérrez. Ninguno de ellos se presentó en los escenarios principales, el Norte y el Sur, que ocupaban las dos cabeceras con más de un kilómetro de separación. EMI, el proyecto solista de Emiliano Brancciari, líder de No Te Va Gustar, sí ocupó el escenario Sur. Y tiene lógica: NTVG forma parte del ecosistema del rock argentino desde hace dos décadas. El core del Cosquín Rock es el mismo que el de la Mega. “El festival y la radio nacieron juntos, al mismo tiempo. Nosotros en abril cumplimos 26 años como radio. Así que de alguna manera hay una alianza que se da naturalmente y es buenísimo que eso suceda. Que el festival creció, cambió, mutó, vivió un montón de experiencias y de crecimiento; está, te diría, entre los mejores festivales de América Latina en el sentido de la experiencia festivalera y de la variedad. El hecho de que vos tengas una cantidad de artistas en simultáneo que suceden y que como espectador tengas que verte obligado a elegir entre uno y otro. Eso mismo nos pasa a nosotros en la transmisión: nos vemos obligados a tener que elegir un escenario u otro y es súper interesante que eso pase, a pesar de que grabamos todo”.
Grandi destaca el crecimiento compartido. “Al principio hemos venido a cubrir festivales en micro, con un solo cable, con una o dos acreditaciones, tratando de sacar un testimonio o un poco de una canción; y ahora ya tenemos un despliegue de 15 personas con la posibilidad de tener acceso a todos los escenarios, tener imágenes, tener los testimonios de los artistas. Crecimos juntos y es maravilloso”.
Sobre el sentido profundo del festival, Grandi sostiene que le sirve a la industria de la música pero también al público. “Le sirve a la música por el hecho de concentrar en dos fechas a gran parte de los artistas más importantes de la escena. Pero no solamente de los importantes, también hay mucho artista emergente, nuevo, que son los que a lo mejor tocan en los horarios más difíciles cuando dan puerta temprano y que tienen que verse frente al desafío de tocar en un escenario gigantesco frente a muy poca gente, pero también con las luces y la exposición de un festival gigante como es el Cosquín. Entonces a mí me parece que hay una comunión ahí muy interesante en donde se juntan todos. ¿Y por qué digo para el público también? Porque hay mucho público que tal vez le cuesta ver a todos estos artistas por separado. Entonces en una misma experiencia, en una jornada larga, se encuentra con distintas músicas, descubre otras cosas que a lo mejor no tenía previsto ver. Digo, hace un rato tocaba Fito y enfrente estaba Divididos; son dos artistas del rock nacional pero también musicalmente son distintos y probablemente uno tiende a pensar que tienen públicos distintos. Y lo bueno es que cuando terminó Fito mucha gente corrió para ir a ver a Divididos. Hoy en día me parece que todos nosotros consumimos música variada, ecléctica; tenemos un momento para un rock and roll bien guitarrero y otro momento para cantar una canción un poco más pop y para bailar y para divertirnos. Entonces el festival reúne ese espíritu que hoy por suerte ya no es tan esquemático, sino que es también muy amplio y permite que uno sea muchas personas a la vez”.
El cronista (el espectador) se convierte en la bolita de un pinball melómano, con la ambición esponjosa de abosrverlo todo.
El derroche de swing y elegancia de Fito Páez, el viaje introspectivo de los Hermanos Gutiérrez, la pulsión fiestera de Peces Raros, el pop combativo de Lali (su set incluyó una versión de “Los viejos vinagres”, de Sumo) , el rock salvaje de Dillom, la energía de Airbag, el flow de Ysy A o el Malandro, los hits de Turf (Joaquín Levinton volvió a los escenarios luego del infarto que sufrió hace algunas semanas), la sofistificación de Babasónicos y la lista se hace infinita.
Un aura tanguera recorre el festival. Desde el cruce de Ysy A con el cantor Cucuza Castiello con una instrumentación ad hoc y un cartel para la historia “Viva el tango, viva el trap” que queda flotando en las pantallas, hasta la mención y el reconocimiento de Fito Páez a Pascual Contursi (1888-1932) que en 1917 compuso “Mi noche triste”, pieza fundacional del tango canción antes de tocar “Tumbas de la gloria”, o la versión, salvaje y uptempo de Piazzolla, que Airbag incluyó en su set.
Los Pericos aportaron una importante cuota de hits festivos. Juanchi Baleirón traza para Rolling Stone un derrotero de su vínculo con Cosquín Rock: “Conocemos el festival desde el comienzo prácticamente. Yo, particularmente, soy amigo de Palazzo desde el año 90, cuando solamente era músico. Y vimos de cerca la evolución de él como productor y del propio festival. Hemos tocado en las tres sedes que tuvo el festival: en la plaza Próspero Molina, en un escenario intermedio que no recuerdo, y finalmente en este predio enorme. Y hemos tocado en diferentes circunstancias. Hicimos los 30 años de Pericos en una carpa, tres noches, cada noche una década, con invitados así a todo culo, a todo lujo. No sé, desde Ciro, Juanse, etcétera, un montón de bandas queridas y grosas que se sumaron a los 30 años de Pericos”.
Arenga Juanchi: “Es el festival de bandera, es el nuestro. No es de una marca, no es de una productora internacional. Es transversal en todo sentido. Hay gente que viene en un vuelo privado a ver el festival, sumamente cheto, y viene gente que viene haciendo dedo, comprando la entrada con mucho esfuerzo, a disfrutarlo. O sea, hay de todo en el medio. Y, además, es verdaderamente federal. Está en el centro del país. Así que para nosotros seguirá siendo y será por siempre el festival argentino, el de bandera, el del rock nacional y algunas veces por momentos internacional, pero con la esencia y la idiosincrasia y, y todo el perfil sociocultural del rock and roll argentino”.
Ese caracter federal se observa en los distintos acentos que se escuchan al recorrer el predio, pero también en las banderas que se agitan bien adelante, en los shows más rockeros: Arroyo Seco (Santa Fe), La Rioja, Resistencia (Chaco),Salsipuedes (córdoba), San Juan, Salta, Mendoza, Tucumán, además de ciudades o localidades bonaerenses como Pergamino, William Morris, Mar del Plata y San Martín.
Acaso la tarea de abrir un escenario de los grandes sea una tarea ingrata, sobre todo porque el público recién está entrando al predio. Sin embargo, tiene sus beneficios. Así lo cuenta Lulu Esaín, baterista de extensa trayectoria que el sábado tocó con Fantasmagoria: “Había bastante gente pegada a la valla, pero además mucha gente te ve por la tele. El año pasado, por ejemplo, tocamos en un festival y me escribió un montón de gente que estaba siguiendo la transmisíón. Mi sodero, por ejemplo”, celebra entre risas. “Pero, además, estar en el cartel te pone definitivamente en el mapa, y te abre nuevas puertas, nuevas posibilidades de laburo aun por fuera del maistream”.
La intensidad y la diversidad de ofertas es abrumadora. La realidad política, que a pocos días de una ley que dicte una reforma laboral sangrienta para la clase trabajadora, se cuela bastante menos de lo esperado en el discurso de los músicos. “Va a hacer falta mucha de esta energía para pelear contra un gobierno tan facho” dijo el sábado Dani Suárez, uno de los cantantes de Bersuit, después de una coreadísima “Señor Cobranza”. (Antes de cantar “Vuelos”, el tecladista Juan Subirá convocó a consultar con Abuelas de Plaza de Mayo ante cualquier duda vinculada a la indentidad de las y los nacidos en tiempos de dictadura cívico-militar). El pañuelo blanco, como ejemplo de compromiso y resistencia, destacaba en las pantallas mientras cantaban el tema inspirado en la lectura de El vuelo, el libro que Horacio Verbitsky publicó en 1995, relatando el horror de los vuelos de la muerte.
“Doce horas van a trabajar ahora, ¡Doce horas!”, provocó Marilina Bertoldi, que lució un grotesco look ochentoso, con una cabellera rubia enrulada, un vestido entallado azul y una cinta al estilo Chiquito Reyes que decía “Miss Cosquín”. Acaso esa haya sido la única referencia explícita a la coyuntura política actual, aunque en varios otros conciertos (Divididos, Kapanga, Las Pelotas) hubo cantitos en contra del presidente Javier Milei. Inabarcable y agotador, pero a la vez fuente de sublimes momentos musicales, el Cosquín Rock celebró su primer cuarto de siglo. Aquella quijotada que tenía una escala mucho más humana, con el valor de los artesanal, ahora se ha multiplicado.
Sin demoras en la grilla, el festival alcanzó un standard de relojería suiza. Una sincronicidad que habla de dos cosas: la profesionalizacoín del equipo técnico y el respeto a rajatabla de los artistas por los horarios. El valor agregado está en la pasión, en los abrazos, en los encuentros, en las canciones cantadas con devoción religiosa, a voz en cuell, con las sierras como testigos de una ceremonia que incluye la liturgia propia del festival de festivales del rocanrol del país.















