Viaje a Walüng, la fiesta electrónica que echó raíces en la Patagonia y se va a Japón

Un vuelo de Buenos Aires a San Martín de los Andes suele tener un uniforme tácito: mochilas técnicas, ropa preparada para caminar horas, cuerpos listos para el esfuerzo. Este no. Acá no hay clima de trekking ni de deporte extremo. No es un avión lleno de gente que va a ponerse a prueba.

Las mochilas están, pero no anuncian travesías. No hay bastones ni camperas gruesas. Hay anteojos de sol bien elegidos, zapatillas cómodas pero urbanas, ropa liviana pensada más para moverse que para resistir. Nómades contemporáneos, más entrenados para las noches largas que para la altura: en San Martín, vienen a ver las montañas, no a subirlas.

Ya en el aire, las charlas no van hacia senderos ni cumbres. Son comentarios sueltos, a media voz. Alguien pregunta por el clima, otro menciona la reprogramación, alguien más dice que llovió. No hay ansiedad ni planificación detallada. Hay una expectativa tranquila, casi profesional. Como si muchos supieran que, esta vez, lo importante está en el destino.

Desde la ventanilla, el paisaje empieza a cambiar. El volcán Lanín aparece entre nubes bajas, recortado, imponente, con esa simetría perfecta que lo vuelve casi irreal. Por un momento parece una imagen de estudio, como la montaña del logo de Paramount, plantada ahí solo para anunciar que se está entrando en otro territorio. Neuquén empieza a mostrarse incluso antes de tocar tierra.

El festival Walüng se llevó a cabo el domingo 1° de febrero. (Foto: Gentileza Walüng)

Durante el vuelo, el piloto hace un anuncio que descoloca: al aterrizar, la temperatura será de 33 grados. Fin de enero, Patagonia. No es lo que uno imagina al pensar en San Martín de los Andes. El dato cae como una señal fuera de guion.

Al bajar por la escalerilla, el golpe es inmediato. El aire está seco, pesado, y el sol pega de lleno sobre la pista. Ese calor inesperado queda flotando, no como molestia sino como aviso. Algo se está corriendo de su lugar.

El camino hacia el pueblo refuerza la sensación. La Ruta 40 aparece como una línea conocida que ordena el paisaje, con el verde cerrado de los árboles y el Lago Lácar asomando entre claros. Neuquén no funciona acá como un fondo postal, sino como una presencia constante, imposible de abarcar de una sola vez. Más que mirarlo, hay que dejar que se vuelva una experiencia.

El primer indicio aparece en la ruta. No es una marquesina ni un anuncio invasivo: es un cartel discreto, plantado al costado del camino, que confirma algo que hasta ese momento flotaba como intuición. Walüng está pasando acá. No en un predio aislado ni lejos del pueblo, sino en continuidad con el paisaje, casi como una extensión natural del recorrido.

A partir de ahí, todo empieza a ordenarse. Walüng no aparece como un evento que llega desde afuera, sino como algo que ya estaba integrado al lugar. Una fiesta pensada por un grupo de socios y artistas desde hace años, no desde una lógica de itinerancia, sino desde la insistencia en volver siempre al mismo punto. Entre ellos están Leandro Fresco, músico y productor que trabajó durante años junto a Gustavo Cerati y que hoy vive en San Martín de los Andes, y Oliverio Sofía, DJ y productor, responsable de la curaduría musical.

El festival se hace siempre en el mismo lugar: una cancha de polo (El Desafío Mountain Resort), con verdes exageradamente verdes, metida dentro de un barrio y rodeada de bosque y montaña. No es un predio neutro ni intercambiable. El paisaje no acompaña: condiciona.

Encontrar ese espacio llevó tiempo. “Nos costó mucho encontrar el lugar”, dice Fresco, sin cargar la frase de épica. La idea queda clara: Walüng no nació para adaptarse a cualquier terreno disponible, sino para esperar el terreno correcto. Una vez que apareció, no hubo motivo para cambiarlo.

A lo largo de sus ediciones, Walüng fue construyendo una historia musical propia. Por esa pista pasaron referentes internacionales como Satoshi Tomiie y Nick Warren, junto a talento argentino como Oostil, Lisa Cerati, Mariano Mellino y Carlos Alfonsín. Nombres puestos no para impresionar, sino para dialogar con el paisaje y con el tiempo largo que propone el festival.

Nada de esto se anuncia en voz alta cuando uno llega. Se entiende caminando, mirando alrededor, escuchando cómo la música no invade sino que se acomoda. Walüng no propone escapar del lugar, sino quedarse en él. Aceptar el clima, la luz, el cansancio del viaje y esa sensación persistente de que algo —como el calor inesperado— no está exactamente donde debería. Y que justamente por eso vale la pena quedarse a ver qué pasa.

Marcelo Vasami tocó su set en pleno atardecer. (Foto: Gentileza Walüng)

En el plan original, Walüng estaba pensado para dos días. Viernes y sábado, con lógicas distintas. El viernes como puerta de entrada, el sábado como desarrollo completo, dejando que la experiencia se armara sin apuro, con el paisaje y el clima marcando el pulso.

La grilla acompañaba esa idea. El viernes estaban previstos Sasha, Soundexile, Darío Arcas y Leandro Fresco; el sábado, el cierre quedaba en manos de Patrice Bäumel, junto a Marcelo Vasami, Rocío Portillo y Yuco. Dos jornadas para habitar el mismo lugar de maneras diferentes.

Pero en la Patagonia los planes siempre están sujetos a algo más grande. El viernes cayó una tormenta eléctrica y, con ella, un comunicado oficial del gobierno provincial que prohibía cualquier tipo de actividad. La decisión fue inmediata: reprogramar todo para el domingo, el único día que prometía un clima estable.

La ordenanza obligó a rearmar los planes. Lo que estaba pensado para desplegarse en dos días terminó concentrándose en uno solo, y la organización decidió no recortar la experiencia sino comprimirla. El domingo quedó como única fecha, de 13 a 01, doce horas continuas de música para sostener un recorrido completo.

El día acompañó. 28 grados, cielo abierto, una tarde larga que avanzó sin sobresaltos. Con el correr de las horas, la luna empezó a asomarse sobre el predio, marcando el paso hacia la noche. Al día siguiente volverían el frío y la lluvia, pero ese domingo funcionó como un paréntesis climático y emocional.

La grilla respetó el pulso del día. Rocío Portillo abrió la pista entre las 13 y las 14, con la gente llegando de a poco y reconociendo el espacio. De 14 a 15, Darío Arcas, DJ neuquino, tomó la cabina con la pista todavía acomodándose. La reprogramación lo había obligado a ajustar su set varias veces y, además, tocaba en un horario distinto al imaginado. De día, en un entorno abierto, la música funciona distinto. Él mismo lo explicó: “De día siempre la música es diferente”. Ha tocado muchas veces al aire libre, incluso frente al mar, pero el bosque propone otra escucha. Acá, decía, la gente viene a conectarse con la naturaleza y eso cambia la energía. Por eso eligió no apurar nada, arrancar contenido y levantar recién cuando la pista lo pidió, entregando la cabina en el punto justo.

Entre 15 y 18, Sasha sostuvo el corazón del día con un set largo, de flujo constante, sin picos forzados, dejando que el predio terminara de llenarse mientras la energía se mantenía alta pero abierta.

Patrice Bäumel cerró la jornada con la luna ya instalada sobre el predio. (Foto: Gentileza Walüng)

De 18 a 20, Marcelo Vasami tomó la posta con el atardecer encima. No era un lugar cómodo: tocar después de Sasha nunca lo es. Antes de subir, lo habló con él. La consigna fue clara: “Arrancá de cero y demostrá”. Improvisó más de lo habitual, sostuvo el groove y acompañó el cambio de luz sin forzar el clima.

Ya de noche, Soundexile ocupó el horario de 20 a 22, preparando el terreno con un set largo y paciente, bajando apenas la intensidad hacia el final para dejar la cabina lista. Desde las 22 y hasta la 1, Patrice Bäumel cerró la jornada con la luna ya instalada sobre el predio, sosteniendo la energía de una pista que llevaba horas bailando.

Más de 2.500 personas acompañaron ese día único. La gente bailó, se perdió, volvió a encontrarse. Y cuando todo terminó, quedó claro que Walüng no había sido una versión reducida de lo previsto, sino otra cosa: una experiencia completa.

En mayo del año que viene, Walüng tendrá su primera edición en Japón. (Foto: Gentileza Walüng)

Ya de noche, cuando todo empezaba a aflojar, Oliverio Sofía explicaba sin grandilocuencia una noticia que muestra el crecimiento del festival, la llegada al lejano oriente de Walüng: “Una de las cosas que más me pone contento es poder llevar algo tan íntimo y expansivo como esta fiesta a un lugar como Japón, que tiene una relación muy orgánica con la naturaleza; después de ir varias veces, hacerlo ahí se siente como un salto enorme, pero también muy coherente”. Mientras lo decía, aparecía una coincidencia mínima pero inevitable: el Lanín y el Monte Fuji miden prácticamente lo mismo (3.776 metros). Neuquén y Japón, dos paisajes lejanos que, sin saberlo, se miran desde la misma altura.

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