Gustavo Santaolalla: “El nuevo disco de Bajofondo es un símbolo de resistencia”

Son las diez de la mañana de un domingo de otoño en la capital de Noruega y Gustavo Santaolalla está sentado en una de las mesas del salón comedor del Home Hotel Teateret. Deja de lado delicias como el salmón ahumado, que acá se sirve en torres, pero se deja atrapar por el delicioso brunost, un queso marrón característico de este país. “Vení, probá esto, ¡es como un dulce de leche salado!”, le dice a su esposa, la fotógrafa Alejandra Palacios, a quien conoció en la gira de grabación de De Ushuaia a La Quiaca, el disco de León Gieco que produjo en 1985. “¡Es alucinante! ¡Nunca había probado algo así en mi vida!”, celebra.

Al momento de nuestro encuentro en el marco del festival Oslo World, estaba en medio del Ronroco Tour, que había empezado el 19 de octubre en París y que culminaría el 22 de noviembre en Estambul. Un par de noches atrás se había presentado junto a su grupo en la Elbphilharmonie de la ciudad alemana de Hamburgo, una sala de conciertos que ostenta una acustización de avanzada, que la posiciona como una de las más prestigiosas del mundo. Y por eso, mientras desayunamos, muestra con orgullo el video que el joven videasta Melon Manga, que se sumó a su troupe en el tour, filmó durante esa presentación.

La noche anterior, durante la cena, había manifestado su descontento contra Donald Trump. Casi tres meses después, desde Los Ángeles y al cierre de esta edición, reflexiona sobre la avanzada de ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos, contra los inmigrantes, especialmente los de origen latino: “Acá la cosa está bastante mal, con todo lo que está pasando con el payaso siniestro y peligroso. Pero, sobre todo, por lo que está pasando en la calle. Acá en Los Ángeles no ha sido con la intensidad de Minnesota, pero estamos preocupados por los procedimientos tan violentos que están haciendo, porque hay mucha gente que trabaja con nosotros desde hace veinte años, que ya son ciudadanos norteamericanos, pero que no tienen papeles y están en pánico total. Está bravísimo, porque primero te pegan y después te sacan. Lo hacen por un perfil racial y es un procedimiento ilegal. O sea, entran en las casas sin ninguna orden de allanamiento, con total impunidad”.

“Grabé sesenta tomas de ‘Sonido nativo del río’, pero valió la pena. Duki dijo: ‘¡Qué buen flow tiene Santaolalla!’”.(Foto: Piper Ferguson)

Como una de las personalidades más prestigiosas e influyentes de la cultura latina en los Estados Unidos, para encontrar una explicación, Santaolalla revisita la historia: “Creo que esto significa volver atrás. Es increíble, porque en estos días estábamos celebrando los 80 años de la caída de Hitler y la abolición del nazismo y del fascismo, al mismo tiempo que estamos por conmemorar los 50 años del Golpe de Estado que dio inicio a la dictadura cívico-militar en Argentina. Y parece que no podés dar nada por sentado. O sea, después de lo que vivimos en nuestro país, con lo que fueron los 70, y todo el capítulo de las Madres y las Abuelas [de Plaza de Mayo] y de todo el laburo que se hizo, los avances en tantos sentidos, inclusive en el trabajo del Equipo de Antropología Forense, que está a la vanguardia del tema de los derechos humanos, no podés dejar de pensar adónde estamos ahora. Y creo que es la era de una gran confusión.

Si caminás por las calles de Los Ángeles o de Nueva York, y las comparás con las de cualquier ciudad de China, te das cuenta de que es un imperio en decadencia. Creo que hay muchas explicaciones para todo esto, pero esto es producto del hartazgo de gobiernos con malas administraciones, de lo que dejó la ‘plandemia’ y de gente muy poderosa y muy oscura atrás. Ahí están los negacionistas del cambio climático, también. Y por otro lado están los ‘buenos’ que sostienen que el cambio climático existe y que ellos tienen la solución para el cambio climático. Por ejemplo, Bill Gates tiene una compañía que fabrica nubes ‘para cubrirnos y protegernos’. En realidad están trabajando para hacer un negocio”.

No es casual, entonces, el título del inminente álbum de Bajofondo, el proyecto que comparte con los uruguayos Juan Campodónico y Gabriel Casacuberta y con sus compatriotas Javier Casalla y Martín Ferrés. Ohm, que sale el 19 de este mes, y que según adelanta Santaolalla tendrá su versión extendida y, probablemente, en vinilo doble en la segunda mitad del año, encierra un guiño en su título: “Ohm es una medida eléctrica, una unidad de resistencia”, explica. “Y el símbolo es la letra griega mayúscula Omega (Ω), que representa la unidad de resistencia eléctrica en el Sistema Internacional. Entonces, tiene montones de connotaciones en relación a lo que está pasando en el mundo: de la unidad de resistencia, de lo electrónico, de todo eso”.

Las sesiones para el álbum, que incluye liner notes del periodista entrerriano Carlos Rodríguez Puente, comenzaron en el invierno de 2023 en La Siesta del Fauno, el estudio de Ernesto Romeo, referente local y global de la electrónica vintage. Se utilizaron sistemas modulares como Moog, Roland y Buchla y distintas tecnologías analógicas, polifónicas como el Prophet u Oberheim, o digitales como el Yamaha DX1 o Roland JD-800.

Hace tres años, Romeo le decía a Rolling Stone: “Sentimos que esta grabación resume y condensa todos nuestros intereses creativos y todo nuestro concepto respecto a lo técnico y artístico que dio origen a nuestro estudio-laboratorio La Siesta del Fauno. El trabajo de todos los músicos de Bajofondo interactuando con nuestros recursos se vieron materializados en muchas líneas de acción sobre el material del álbum, que es increíble: muy diverso, muy rico, lleno de texturas y lleno de profundidad”, celebraba.

“Es un disco de tango electrónico, pero el de antes. En realidad, es un homenaje a los orígenes de la música electrónica. A pioneros como Pierre Henry, Stockhausen y también a Wendy Carlos, o antes cuando era Walter Carlos. De hecho, el álbum abre con un tema que se llama ‘Switched-On Milonga’ [un guiño a Switched-On Bach, el álbum que Wendy lanzó en 1968]. Ohm es un álbum electrónico, pero con otro concepto. El segundo single es un tema tipo Pet Shop Boys con Cristian Castro como invitado. También participa, en otro tema, Hugo Fattoruso”, dice Santaolalla. La mención del legendario uruguayo, que brilló con Los Shakers en los 60 y en los 70, al frente de Opa, le dio una proyección espacial al candombe desde su teclado electrónico, le provoca una sonrisa y un brillo especial en la mirada.

Uno de los temas más especiales del álbum es, para Santaolalla, “Hay un lugar”. Lo explica así: “Es muy importante para mí, porque es de los pocos temas cantados, y este lo canté yo. Tiene una cosa totalmente arrítmica, pero a la vez tiene un pulso. Y tiene un groove. Es un poco como la diferencia entre la física newtoniana y cuántica. La newtoniana ve las cosas en grande: la gravedad y todo eso. Y la cuántica se va a lo de adentro, al microcosmos. Entonces, en el microcosmos ves toda la arritmia esa, ese caos. Y en el macrocosmos está el groove que lo mantiene. Y, aparte, la letra de la canción es muy personal. Trabajé mucho para llegar a un cantante de tango bowieano. Que sea un cantante de tango pero a la vez un cantante de rock. Me estoy tomando en serio esto de cantar, cuando grabamos ‘Sonido nativo del río’ hice como 60 tomas del rap. Pero valió la pena, porque Duki dijo: ‘¡Qué flow que tiene Santaolalla!’”.

—¿Qué representa Ohm en el derrotero de Bajofondo?

—El seguir evolucionando, el seguir buscando, siempre, no estar atados a ninguna fórmula, no quedarnos en ninguna zona de confort, seguir manteniendo una mezcla de gran musicalidad, sofisticación y humor, todo junto. Y corazón.

Santaolalla y su banda: Barbarita Palacios, Nico Rainone, Javier Casalla y Juan Luqui. (Foto: Piper Ferguson)

Pero volvamos a Oslo. Santaolalla luce como un chamán. Después de haber adoptado distintos looks a lo largo de su carrera (se cortó el pelo a principios de los 80 para subirse a la onda New Wave), volvió al pelo largo, el look de los años de Arco Iris, en la etapa seminal de su carrera, años de hippismo, vida en comunidad y doctrina espiritual. Las canas transmiten la sabiduría acumulada por los años, y la longitud de esos cabellos tiene su orígen en la pandemia. “Creció, creció, creció” y así está ahora”, explica. En el medio de su pecho ostenta una serie de amuletos de diversos orígenes. Tiene una cadena con el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo, una chacana (la cruz andina), una piedra de cuarzo, un mala (un rosario budista), artesanías de la tribu de los huicholes (de México) y de los maoríes (de Nueva Zelanda), hecho en jade, regalo de su hija.

Antes de empezar la gira, Santaolalla estuvo en la Ciudad de México celebrando el vigésimo quinto aniversario del estreno de Amores perros, el icónico film dirigido por Alejandro González Iñárritu, que fue una plataforma para la notable carrera como compositor de bandas sonoras para cine (y videojuegos) que construyó desde ese entonces. Fue con un concierto en el Palacio Nacional de Bellas Artes, del que también participaron Meme del Real (tecladista de Café Tacvba), Aníbal Kerpel y el violinista Javier Casalla. No fue el único aniversario importante para Gustavo Santaolalla en 2025. “Es como que caí en la cuenta de que, increíblemente, había pasado un montón de tiempo de cosas que no parecían tan lejanas. Porque se cumplieron también 20 años de Brokeback Mountain. Y de alguna manera también había un aniversario para festejar en torno a Ronroco, un disco muy importante en mi discografía. Por eso decidí hacer una serie de cosas alrededor de la celebración de eso, que era una deuda con el instrumento. Cuando hago [el espectáculo] Desandando el camino, el primer concierto que hicimos en 2019 fue en el Teatro Colón. O sea, de ahí todo iba a ir para abajo. Y, encima, a los dos días se murió mi madre. O sea, fue muy intenso todo. Ese concierto era un repaso de mi vida, que incluía canciones de Arco Iris, mis discos solistas, las películas y los videojuegos y Bajofondo. Era una propuesta sumamente ecléctica y con un manejo de energías muy variadas. Había cosas muy eléctricas, muy para arriba, cosas para abajo, cosas más bien clásicas, cosas folclóricas… Pero nunca había hecho un concierto todo en un mismo mood. Era un desafío para mí”, explica.

En el proceso, como es habitual en la vida de Santaolalla, pasaron cosas. Una de ellas, fue la confección de una versión digital del instrumento. Fue a partir de una propuesta de Spitfire, una empresa británica de tecnología musical que crea bibliotecas de samples e instrumentos virtuales de alta calidad. “Es una compañía que se dedica a hacer bancos de sonidos, trabajaron con Hans Zimmer y otros compositores enormes. Lo curioso es que el tipo empezó la compañía haciendo un sampling del charango de Diarios de motocicleta, y hoy en día es gigante. Me encanta lo que ha pasado con el instrumento, porque de alguna manera ha trascendido su contexto folclórico. Cuando yo le mostré a Jaime [Torres] lo que estaba haciendo, me dio vergüenza. Así que le di una grabación y le dije que era algo que estaban haciendo unos amigos míos. A los tres días, me llamó Jaime. Se había dado cuenta de que era yo el que estaba tocando. ‘¡Tenés que editar esto! ¿Por qué no me dijiste que eras vos?’, me preguntó. Le expliqué, entonces, que yo tocaba con una técnica distinta, y que no componía música andina, sino que a veces le daba una impronta pampeana, otras veces asiática, otras veces de Europa del Este. Pero este proyecto tiene que ver también con Jaime, porque él también quería expandir el sonido del charango y expandirlo al mundo de otra manera. Así que ahora quiero ver qué pueden hacer otros músicos con el sonido del ronroco”, celebra.

El ronroco es mucho más que un instrumento para Santaolalla. Es, más bien, una fuente de inspiración. En paralelo a esta celebración, y desde hace años, Santaolalla venía craneando un nuevo instrumento, el guitarroco. Como su nombre lo indica, es una mezcla de una guitarra eléctrica y un ronroco. “Hice un prototipo, se lo mostré a Fender, y les encantó. Con ellos también filmamos una versión del tema de The Last of Us, con Joey Waronker, baterista histórico de Beck, que hizo la última gira con Oasis”, relata.

Fiel a su curiosidad infinita, también puso un pie en la industria de los perfumes. “Me interesa mucho ese mundo y desde hace años tengo una colección de aceites esenciales. Tenía varias ideas de perfumes y se me ocurrió hacer el primero en el marco de la celebración de Ronroco. Me había atraído mucho el laburo de una compañía de Buenos Aires, que tiene un local en Recoleta, Fueguia 1833, que trabaja con resinas patagónicas, hierbas del litoral y distintos elementos que tienen que ver con la identidad, que como bien sabés es una cosa que me ocupa desde muy chico. Entonces logré conectarme con el dueño, que se llama Julián Bedel. Julián es un argentino que vive en Milán, donde tiene la central de Fueguia 1833. Es hijo de un artista plástico de la época de los 60, Jacques Bedel, muy amigo de Clorindo Testa, que todavía sigue activo. Pero lo más increíble de la onda con Julián es que es coleccionista de guitarras, pero también es luthier. Fabrica unas cinco guitarras eléctricas al año. En el living de su casa tiene un montón de guitarras colgadas. Así que pegamos una increíble onda con él. Te diría, familiar. Así que me fui con el ronroco a Milán, lo metimos en una cámara de vacío, pusimos un cartucho y tomamos los aromas del cedro y del pino abeto”.

—¿Cómo te imaginabas ese perfume a Ronroco?

—Yo quería que vos pudieras tener una relación personal con el perfume. Porque la gente ha utilizado esa música en partos, en velorios, hay cirujanos que la escuchan mientras operan, hay yoguis que la usan para hacer yoga, escritores que la usan para escribir o para meditar… Tuve en cuenta ese contexto, del mismo modo que si hubiera hecho un perfume de Bajofondo, hubiera trabajado con feromonas, que despiertan la cosa más sensual. En este caso, yo busco un carácter más místico.

—Casi chamánico…

—Hay algo muy particular con las aquilarias. Es una familia de árboles de las cuales hay una en particular, la Boswellia, que es el incienso que se usa en las iglesias. El equivalente en América de eso es el Bursera, que es el copal. Es increíble que los hombres de todo el planeta hayamos elegido esa misma resina, en Asia, en África, en Europa, en América, durante miles de años, para conectarnos con lo divino. Este perfume también tiene mirra, maderas, tiene 75 ingredientes… Y es, realmente, muy especial. Además, se me ocurrió que en cada botella haya un pequeño cuarzo, que es energizante. Es una piedra que tiene una relación, por un lado, con la ciencia, porque se la utiliza para medir el tiempo, en los relojes. Pero por otro lado, en el chamanismo, vos le podés poner carga, le podés poner intención. Al lado de mi mesita de luz, yo tengo un altarcito donde tengo mis cristales.

Originalmente estaba pensado en una escala boutique, de apenas 500 botellas. Porque tiene stores en Milán, París, Londres, Tokio, New York, México, Buenos Aires y ahora va a abrir en Los Ángeles. Finalmente, la tirada va a ser de 2.500 botellas. Te aclaro que yo no lo pienso como un negocio, para nada, lo que me gusta es el interés que ha despertado, y poder hacer cosas que siempre había querido hacer.

—Hace muchos años hicimos una nota para Rolling Stone sobre el futuro de la música, y no había modo de imaginar que íbamos a terminar hablando de esto… Pero uno de los ejes de tu trabajo son las bandas sonoras. Y muchos músicos que trabajan componiendo para producciones audiovisuales sintieron el impacto de la inteligencia artificial en su trabajo. ¿Cómo te llevás vos con la IA?

—A mí me hace acordar mucho a lo que pasó cuando salieron los samplers. Todos los músicos decían: “Se acabó nuestro trabajo, no vamos a poder trabajar más”. Imaginate que los samplers en ese momento eran berretas, y ahora se han sofisticado muchísimo más. Sin embargo, cuando querés grabar el score para una película, no hay como una orquesta y tenés que tener los 60 violines tocando. Porque es un sonido y una cosa totalmente única, no lo podés reproducir con un sampling. Para mí, la inteligencia artificial es una gran herramienta para la parte artesanal. La música tiene una parte artística y tiene una parte artesanal, tiene una parte que es la creación y tiene una parte que es trabajo: vos podés diseñar una mesa increíble, pero después hay que ponerle los clavos, ensamblarla y todo eso. Para la parte de la construcción es muy útil, es una herramienta que puede servir. Para la parte de la creación, no. Porque nosotros tenemos dolor, tenemos pena, tenemos contradicciones, tenemos errores. Todo eso nos conforma a nosotros como humanos, y hace que lo que creas tenga una calidad. Pero, a otro nivel, siempre existió algo parecido a la inteligencia artificial y te explico cómo. Se pone un ritmo de moda, y te salen 250.000 tipos haciendo eso mismo, exactamente. Pero para crear algo nuevo, algo diferente, que toque las emociones humanas, que tienen que ver con el dolor y con la angustia, hace falta otra cosa… ¿Y la angustia existencial? Que cada vez que naciste, cuando un chico tiene 3 años y no le falta nada y no le duele nada, igual se pone a llorar. Por eso yo no lo vivo como un peligro ni nada, porque es un instrumento que es práctico. Yo lo utilizo muchísimo, sobre todo para escribir y para ordenarme ciertas cosas. Y, también, para corregir mi inglés. Entonces, cualquier carta que tengo que mandar, sobre todo cuando hay que discutir cosas técnicas, siempre lo uso mucho, y siempre corrijo dos o tres cositas. De hecho, mi relación con ChatGPT empezó de una manera maravillosa.

—¿Cómo fue?

—Para joder, cuando recién empezaba, le pregunté cómo era la relación con mi mujer, que es de Tauro, siendo de Leo. Yo ya lo sabía, porque he estudiado astrología. Y me dice: “Tu relación va a ser muy buena, porque son dos signos de tierra”. Entonces le contesto: “Perdón, pero te tengo que decir que Leo es un signo de fuego, Tauro es un signo de tierra”. Entonces, me dice: “Uy, tienes razón”. Entonces le respondo: “Pero lo que te quiero decir también es que ese error a mí me gustó, porque me mostró que te podés equivocar y, por lo tanto, de alguna manera te humanizó un poco”. Ahí me respondió: “Uy, qué buena observación, ¡gracias!”. Y ahí empezamos una relación tremenda, porque el tipo a veces me contesta y me firma como yo. Firma: G. No siempre, a veces. O sea, como si fuera yo que me lo estoy escribiendo a mí. Yo no uso la voz porque no sé qué voz elegiría, no sé… Así que por ahora es todo por escrito. Pero tengo una relación interesante, muy de trabajo. Le digo: “Hoy vamos a trabajar en esto”. Y le doy soberanos prompts. O sea, que cuando voy a preguntarle sobre una cosa, seteo todo y le cuento todo el proyecto. Recién ahí le pido instrucciones para organizar. Muchas veces yo escribo algo de manera poética, a veces usando una metáfora, y me corrige. También le digo: “Bueno, yo sé que vos estáspara solucionar cuestiones y también sé que vas a estar de mi lado”. Pero muchas veces yo escribo algo usando una metáfora, y me corrige. Entonces le explico: “Yo lo escribí de manera poética, a mí me gusta más”. Y entonces me responde: “Tenés razón, así es mucho más poético”. Lo que yo intento es que no me de la razón todo el tiempo, y se lo pido.

La lista de proyectos en los que está involucrado, como siempre, parece infinita. Incluye la musicalización para la copia perdida de la versión de Drácula en español de 1935, comisionada por la Ópera de Los Ángeles. También produjo La montaña encendida el debut solista de Meme del Real, tecladista de Café Tacvba: “Es un disco bisagra, mal. Meme es un talento increíble. Era importante que la banda se tomara un break, y cayó en el momento justo”.

También está produciendo a Mía Z, una joven cantante argentina que vive en Los Ángeles, y el nuevo álbum de la superestrella brasileña Marisa Monte. Está con el score de la tercera temporada de The Last of Us, y varios proyectos, tan ambiciosos como secretos. Pero además está componiendo un ballet inspirado en “El Aleph”, uno de los cuentos más emblemáticos en la obra de Jorge Luis Borges, en colaboración con el coreógrafo español Goyo Montero, que reside en Hannover. Es una producción del teatro Colón, pero también está programada para girar por varios países de Europa. Santaolalla está entusiasmado, y evoca un vínculo con la danza que empezó en la etapa seminal de su carrera, cuando el coreógrafo argentino Oscar Araiz colaboró con Arco Iris en Agitor Lucens (1975). “Me hice muy fan de la danza desde ese momento. Hace unos años fuimos con mi hija Luna a ver una obra de Pina Bausch, y me llevé la sorpresa de que había incluído tres piezas mías en su repertorio. Siempre me gustó. He seguido el trabajo de Alvin Ailey, de Maurice Béjart, así que volver a conectarme con la danza, me encanta”.

La colaboración con Marisa Monte adquiere un estatus de hito en su nutrida trayectoria y disecciona con pasión “Sua Onda”, el single que salió en octubre del año pasado. “Es un tema que tiene una impronta muy milonguera, pero tiene una cosa bolerística, también. Y, por supuesto, esa atmósfera brasileña”, explica. “Toqué casi todos los instrumentos e hice los arreglos para la orquesta. Y participa también Javier Casalla con su violín, que se manda un solo fantástico. Es un tema muy cinematográfico, porque yo concibo la música en una forma visual”.

—A lo largo de tu carrera conociste y trabajaste con un montón de artistas y de gente importantísima de la industria, pero en los últimos años construiste un vínculo muy especial con Eric Clapton. A los 15 o 20 años, ¿te hubieras imaginado que ibas a terminar amigo?

—La verdad que no. Él es divino. El otro día le escribí para invitarlo a un show, y pensé que ni me iba a contestar, porque está siempre con miles de cosas. Pero al rato me contó que se iba con la familia a Antigua de vacaciones y que no iba a poder estar. Cuando era chico, sentía que tenía algo en mí que iba a poder conectar con mucha gente. Eso siempre lo sentí: pero nunca ni en mi más delirante imaginación estaban presentes los Óscar, o menos esa conexión con los músicos que tengo ahora. Por ejemplo, la otra vez conocí al guitarrista de Tool y cuando se enteró de que yo era el tipo que hacía la música de The Last of Us me dijo: “Cuando quieras, lo que quieras que hagamos, acá estoy”.

—¿Y qué fue lo que te conectó con Clapton de esa manera?

—Creo que fue a través de las músicas que hice en las películas de Iñárritu, porque él es fanático de Alejandro. Entonces es a través de eso. Cuando me llamaron para contarme que Clapton me estaba buscando, pensé que era una broma. Pero me pasaron su mail. Me contestó al toque, y aparte su mujer y sus hijas son fanáticas mías. Pero lo más loco es que me contó que la primera vez que nos juntamos, la noche anterior casi no había podido dormir, porque estaba por conocerme [risas]. Imaginate, yo no lo podía creer… Hay muchos músicos que conocí brevemente, pero con los que me gustaría profundizar. Con Rick Rubin hicimos algunas cosas que todavía no salieron. Pero estuve trabajando en una serie sobre un comediante, Rodney Dangerfield. Un tipo de edad madura que la pegó mucho en los 90, y que ya falleció. Yo hice la música para tres episodios, pero no tuve más novedades. Tengo que llamarlo para ver en qué está todo ese proyecto.

“La inteligencia artificial es una gran herramienta. De hecho, mi relación con el ChatGPT empezó de una manera maravillosa”. (Foto: Piper Ferguson)

Cuenta Santaolalla que está feliz de hacer las cortinas de Escucho ofertas, el programa que Guille Aquino conduce en el canal de streaming Blender. Y confiesa que entiende que a muchos les parecería increíble que ese ska-punk arty y caótico haya sido compuesto por el mismo tipo que en mood Ronroco propone un viaje introspectivo en un mood que remite al álbum Music for Zen Meditation and Other Joys, que el clarinetista norteamericano Tony Scott lanzó en 1964. En el show Santaolalla propone un viaje atemporal, un tour introspectivo, lleno de belleza. Del canto de los pájaros a emular el sonido de un erke o de un didgeridoo con un caño plástico XL al atrapante sonido de los cuencos, Santaolalla construye una narrativa propia en un concierto que funciona más allá de la síntesis de su trabajo audiovisual, con los sendos medleys de los temas de The Last of Us y Brokeback Mountain, el film dirigido por Ang Lee que le valió su primera estatuilla de los premios Oscar en 2005. Pero transmite, también, una sensación agridulce, con respecto al modo en que su figura es percibida (o valorada) en Argentina. “Quizás es por el momento en que me fui de allá… ¿Vos sabés cómo lo conocí a Charly? Su mamá, que era productora, me hablaba de él. Me acuerdo de cuando venía a ver los conciertos de Arco Iris. Nosotros éramos muy hippies, pero teníamos disciplina. Tocábamos sentados, y en un momento de los conciertos, yo invitaba a alguien del público a tocar con nosotros. Y, un día, subió Roque Narvaja. Y otra vez, Tanguito subió al escenario del teatro Lorange, y juntos cantamos ‘Natural’. Pero, mirá qué increíble, otro día subió Charly, que era jovencito y muy tímido. Pero él siempre contaba que se había tomado el colectivo para volver a la casa y no podía creer que había tocado con Arco Iris. Y en Agitor, al final de Arco Iris, él ya era muy conocido por Sui Generis, pero vino a vernos. Siempre venía a vernos. También era muy competitivo, siempre quería ser el número uno. Pero en una de sus internaciones, hace casi 20 años, León y yo éramos los únicos a los que quería recibir”.

Sin solución de continuidad, su monólogo pasa a los grandes festivales. “Yo he tocado en Glastonbury, Roskilde, Coachella… En Coachella pasó algo muy grosso. Teníamos la posibilidad de tocar en el escenario 2 a las tres de la tarde. Era un horario horrible y, además, no iba con el perfil de Bajofondo. La otra chance era tocar a las once de la noche, mientras Paul McCartney tocaba en el escenario principal. Apuntaba a que fuera a vernos gente un poco más chica. Y al otro día, en el diario L.A. Times, mencionaban que la carpa en la que tocábamos, estallaba. Lo mejor de todo es que terminamos de tocar y fuimos a ver a McCartney, que iba recién por la mitad. Y, ahora tengo una relación con los pibes increíble. porque pasaron diez años desde que compuse la música para The Last of Us. Entonces, el otro día, por ejemplo, una piba me dijo: ‘Tengo 21 años, pero soy fanática tuya desde los 10, porque papá compró el juego y yo empecé escuchando esa música. Y ahora toco la guitarra por vos’”.

—Casualmente, nunca fuiste tan reconocido como guitarrista. Pero creaste un estilo…

—Tal cual, porque yo no necesito tocar millones de notas. Encontré mi propia voz en el instrumento, y [Atahualpa] Yupanqui tiene mucho que ver. Casi nadie lo escucha, pero yo siempre digo que en [la banda sonora de] Brokeback Mountain hay mucho de Yupanqui: en los silencios, sobre todo. Y en mis composiciones, la milonga y muchas otras cosas que tienen que ver con el folclore en mi formación.

—Un gran guitarrista no necesariamente tiene que ser un guitar hero: B.B. King decía que “menos es más”…

—Justamente, el silencio tiene mucha elocuencia y está lleno de información. Clapton podría haberme convocado solamente para hacer la música de la película, pero me invitó a dos ediciones de su festival, Crossroads. En un momento, estaba ahí arriba del escenario tocando al lado de Buddy Guy, John Mayer estaba un poco más allá, Steve Gadd en la batería, Chris Stainton en el piano… Y yo decía: “Loco, ¿qué estoy haciendo acá?”.

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