AQDC: Tigre y Diamante

Gijón es una ciudad costera, profundamente comprometida con la cultura y de una tradición obrera que nunca terminó de domesticar su carácter. Entre la sidra, los astilleros y una escena musical que históricamente ha preferido el ruido antes que la complacencia, nació Tigre y Diamante, una banda que parece llevar en su ADN esa mezcla de crudeza, resistencia y honestidad que define a la ciudad asturiana. Tras diez años y cuatro álbumes de estudio, mantienen su idea clara: hacer canciones que acompañen la vida tal como es, sin poses ni medias tintas.

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El proyecto nació casi por accidente. Jon Álvarez acumulaba canciones sin destino claro hasta que decidió reducirlo todo a lo esencial: guitarra y batería, en un nintendo de capturar una vibra más cercana al garaje y al punk primitivo que a cualquier sofisticación innecesaria.

Tras probar con varios bateristas sin que la química terminara de aparecer, Jon encontró en Coke Makaha la pieza que faltaba. La conexión fue inmediata y definitiva, haciendo que después de unos pocos ensayos comenzaran a tocar en vivo, haciendo del escenario su principal laboratorio sonoro.

Ese espíritu inicial —crudo, visceral y casi salvaje— quedó plasmado en sus primeros trabajos, reflejo también de una etapa vital marcada por la intensidad. Con el paso del tiempo, y sin una estrategia premeditada, la evolución llegó sola. Las canciones comenzaron a pedir más matices, más espacio y más músicos. Hoy, a Tigre y Diamante lo completan  Marce Carballo (guitarra), Alejandro Carantoña (bajo) e Iker González (sintetizadores), pero, como remarcan ellos mismos, la esencia sigue intacta, y los nuevos acompañantes complementan a la perfección el sonido que comenzó en 2016.

Estafa piramidal, su proyecto más reciente, funciona como síntesis de todo ese recorrido, desarrollándose con crudeza y una perspectiva menos encerrada en el nihilismo de sus primeros años. Las letras miran hacia afuera y asumen una postura más consciente y política, atravesadas por el contexto global y por la sensación de vivir un momento histórico que no permite la indiferencia.

Esa tensión entre madurez e irreverencia se expresa incluso en la portada: una niña hurgando su nariz. “Es una foto de una amiga nuestra, Carlota, de cuando era pequeña. Siempre nos había gustado, pero nunca encontrábamos el momento adecuado para usarla”, explica Jon. “Con este disco fue inmediato: esta tenía que ser la portada”.

Es una imagen infantil, rebelde y aparentemente ingenua que funciona como gesto de negación y desafío. Un “que le jodan a todo” que dialoga con canciones que, sin perder filo, se detienen a observar con mayor profundidad el hoy.

El método creativo del grupo se mantiene fiel a su origen. Jon llega con las canciones y las letras, y a partir de ahí la banda las democratiza hasta encontrar la forma definitiva. Si una idea no funciona desde el ensayo, se descarta sin miramientos. No hay apego a fórmulas ni nostalgia, avanzar implica también saber soltar.

En canciones como ‘Soy adicto’, una de las más crudas del LP, conviven la inmediatez punk de sus inicios con una lectura más compleja sobre la obsesión, la pasión y las múltiples formas de la adicción. La colaboración con Nacho Vegas e Igor Paskual surge de la cercanía cotidiana, casi como una extensión natural de una vida compartida entre música y conversaciones.

Autodefinidos como “el secreto peor guardado del garage-punk ibérico”, Tigre y Diamante bebe de influencias tan amplias como el soul clásico, el protopunk, el grunge o el post-punk. Para ellos, el punk no es una cuestión de ruido ni de tocar mal, sino de actitud y forma de estar en el mundo. Puede sonar limpio y seguir siendo punk.

Esa misma lógica atraviesa su relación con lo político. Lejos de entender la música como un refugio neutral, asumen que todo artista —como cualquier ciudadano— habita un tiempo histórico y tiene la responsabilidad de tomar una postura, citando a Heidegger en su idea de que no elegimos la época en la que nacemos, pero sí somos responsables de cómo nos hacemos cargo de ella. En un contexto, Tigre y Diamante elige no ser un fantasma que atraviesa la historia sin dejar huella.

“A la gente le es muy fácil juzgar genocidios del siglo XX, pero les cuesta más condenar los que están sucediendo ahora mismo. No quieren mojarse, no quieren posicionarse” explica Jon “Si nos llama un partido de ultraderecha para tocar en su fiesta, nunca tomaríamos, por mucho dinero que nos dieran. Seguiremos siendo pobres pero de izquierdas” sentencia Coke.

Diez años después de su nacimiento, la banda sigue mirando hacia adelante. Estafa piramidal no es un cierre, sino una confirmación: el ruido puede madurar, el punk puede cambiar de forma, pero la honestidad sigue siendo el motor que mantiene vivo a Tigre y Diamante.

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