20 años de whatever people say i am that’s what i’m not, el álbum que marcó un antes y un después en el rock contemporáneo
Inglaterra es una potencia mundial en la formación de grupos de rock, y son sus grandes ciudades las que históricamente han funcionado como semilleros creativos. Basta con mirar el mapa: Londres tiene a Blur, Queen y los Rolling Stones; Manchester a Joy Division, Oasis y los Stone Roses; Liverpool a los Beatles.
Durante años, público e industria han mirado casi exclusivamente hacia esas canteras en busca de la próxima gran banda. Pero entre 2002 y 2005, lejos de esos focos y sin más testigos que un puñado de fans, en el norte del país comenzó a gestarse una de las agrupaciones más importantes del siglo.
Sheffield no es, precisamente, el lugar más lindo del mundo. Lejos del brillo y el glamour, a inicios de siglo arrastraba el desgaste de su pasado industrial: fábricas cerradas, barrios obreros golpeados por el desempleo y edificios cubiertos de grafitis. En ese contexto, la noche se volvió el espacio donde una juventud marginada encontraba una forma de expresar lo que significaba crecer en una ciudad abandonada por Dios.
Los bares nocturnos se convirtieron en lugares de culto donde los jóvenes se reunían para escuchar a las bandas locales, que se dedicaban en mayor medida al rock, punk y grunge. Entre todas ellas, había una que destacaba por su nombre de animal y un sonido crudo y pesado que recordaba al garage rock del siglo pasado pero con una clara inspiración en los Strokes, y que acompañado por letras irreverentes y sarcásticas logró conectar directamente con el malestar y las pulsiones de la juventud de Sheffield. Eran nada menos que los Arctic Monkeys.
Cuando el grupo se formó, alrededor de 2002, estabo integrada por Jamie Cook (guitarra), Matt Helders (batería), Andy Nicholson (bajo) y Alex Turner (voz). Comenzaron tocando en bares y pubs de la ciudad, mientras sus primeros seguidores repartían CDs caseros con demos de sus conciertos, ayudando a que su nombre escalara dentro de la escena local.
Lejos de ver la piratería y la distribución online como una amenaza, en 2003 empezaron a regalar demos propios con sus temas a la salida de conciertos, que gracias a plataformas como MySpace se difundieron rápidamente en internet. Sin una estrategia planeada, los fans subieron las canciones, compartieron enlaces y llamaron a ese conjunto de grabaciones Beneath The Boardwalk, haciendo referencia a uno de los bares que más frecuentaba la banda. Así, su música llegó a otras ciudades, sonó en BBC Radio 1 y agotó conciertos antes de firmar con un sello, convirtiéndolos en una de las primeras bandas de rock en volverse virales. En 2005, ya con Domino Records, publicaron dos singles previos a su esperado debut.
El primero fue ‘I Bet You Look Good on the Dancefloor’, que debutó en el número uno del ranking británico. El sencillo llegó acompañado por dos B-sides: ‘Bigger Boys and Stolen Sweethearts’ y ‘Chun Li Flying Bird Kick’.
En enero de 2006, pocas semanas antes del lanzamiento de su primer LP y siguiendo la misma dinámica, apareció el segundo single, ‘When the Sun Goes Down’, que también debutó en el número uno de las listas. Esta vez, los B-sides fueron ‘Stickin’ to the Floor’ y ‘7’.
Así, con dos sencillos consecutivos y con la expectativa por las nubes, llegó el primer álbum de los Arctic Monkeys: Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not. Publicado el 23 de enero de 2006, el disco se convirtió en el debut más vendido en la historia del Reino Unido, consolidando a una banda que había pasado de los bares de Sheffield a redefinir el mapa del rock británico en tiempo récord.
La portada del disco es sencilla pero directa. La imagen, en blanco y negro, muestra a Chris McClure, un amigo cercano de la banda, fumando un cigarrillo, con la mirada cansada y un luz tenue sobre su rostro. No hay estilización, ni glamour, ni intención de “vender” una banda joven: hay desgaste, nocturnidad y una sensación de resaca emocional que conecta de inmediato con las letras del álbum
La elección generó polémica desde el inicio, llegando a recibir críticas por supuestamente promover el tabaquismo, pero precisamente ahí radica su potencia: la portada funciona como una declaración estética y generacional. No intenta ser aspiracional, sino honesta. Es la imagen de alguien que podría estar saliendo de un pub a las tres de la mañana después de una velada llena de alcohol, humo y rock pesado, una clara referencia a la vida nocturna de la ciudad en la que crecieron.
Entrando en el álbum, este puede leerse en tres partes. El primer bloque comienza con ‘The View from the Afternoon’, que irrumpe sin aviso con una batería pesada y riffs de guitarra veloces y afilados, sin dar tiempo a procesar lo que se está escuchando. La temática del bloque, y del disco en general, quedan claras desde la primera estrofa de la canción: “La anticipación tiene la costumbre de prepararse para la decepción del entretenimiento nocturno”. El álbum no busca dejar una moraleja ni una enseñanza, sino mostrar cómo se vive la noche inglesa, con sus excesos, errores y reflexiones, especialmente en torno a las relaciones personales y la rutina del ocio.
Sin dar respiro, el disco continúa con ‘I Bet You Look Good on the Dancefloor’, igual de frenética pero más superficial, centrada únicamente en el impulso de pasarlo bien y dejarse llevar por el momento. ‘Fake Tales of San Francisco’, más contenida, introduce uno de los temas recurrentes del álbum: los imbéciles que no conocen su lugar. Aquellos que, tras un mínimo éxito, se sienten intocables. Luego aparece ‘Dancing Shoes’, que profundiza las ideas ya planteadas. Cuando Alex Turner invita a “ponerse los zapatos de baile”, no se refiere solo al acto literal, sino a entrar en el juego social, especialmente en lo que respecta a las interacciones con mujeres.
Ese recorrido desemboca en los dos temas que cierran el bloque: ‘You Probably Couldn’t See for the Lights but You Were Staring Straight at Me’ y ‘Still Take You Home’. El primero se mantiene en la superficie del deseo inmediato y la atracción fugaz; el segundo, en cambio, introduce una mirada mucho más incómoda. Con ironía y crudeza, recursos literarios que Alex ya ha demostrado tener controlados hasta este punto, expone una masculinidad construida desde el desprecio, la repetición y el vacío emocional. El narrador no se presenta como víctima ni como conquistador exitoso, sino como parte del mismo problema que describe: un personaje atrapado en una lógica nocturna que reduce a los demás, y a sí mismo, a roles descartables, cerrando el bloque con una de las observaciones más duras y honestas del disco.
Para la mitad del proyecto, y comienzo del segundo bloque, aparece ‘Riot Van’, que rompe de forma directa con el sonido del primer tramo. Es una canción tranquila y melancólica, sin las guitarras desenfrenadas ni baterías explosivas, funcionando como un respiro dentro del álbum. Si se piensa el disco como una noche de fiesta, este tema sería ese momento en el que uno se encierra en el baño para tomar aire antes de volver a salir y enfrentar lo que falta.
Luego llega ‘Red Light Indicates Doors Are Secured’, que recupera el pulso urbano y acelerado. Suena como un recorrido en auto por la ciudad: directa, pegadiza y aparentemente superficial. Pero ese impulso se corta con ‘Mardy Bum’, la favorita de muchos y otro punto de reflexión.
En este tema, Turner se aleja del retrato colectivo para centrarse en lo íntimo, recordando a su novia y cómo su relación ya no es igual. Nos sitúa en una discusión donde ella, claramente enojada, está con el ceño fruncido, que según el protagonista “es como mirar de frente al cañón de una pistola”. Alex recuerda cuando se reían y jugueteaban en la cocina, mientras su pareja argumenta que a él no le importa nada. “Pero no puedo seguir adelante en este debate que vuelve a ocurrir cuando dices que no me importa, pero por supuesto que sí, claro que me importa”, responde él.
La canción nos deja con el sinsabor de saber que pasa después de la pelea, pero queda claro que ambos están cansados y que la ruptura parece inevitable. Es uno de los momentos más humanos del álbum, donde la ironía cede espacio a la vulnerabilidad.
Dejando atrás esa faceta reflexiva, el bloque se cierra con ‘Perhaps Vampires Is a Bit Strong But…’, ‘When the Sun Goes Down’ y ‘From the Ritz to the Rubble’. La primera canción del trackrun es una de las más abiertamente críticas del disco: Turner expresa su hartazgo frente a un entorno que percibe como falso y parasitario, utilizando la figura del vampiro para describir cómo ciertas personas absorben su energía hasta dejarlo exhausto.
Por su parte, ‘When the Sun Goes Down’ comienza con un tono sereno que pronto se quiebra, volviéndose violenta y arrolladora. La canción relata una situación de explotación en la calle y, a medida que avanza, recupera el sonido característico del álbum: riffs frenéticos, batería pesada y tensión constante. Más allá de la historia puntual, una prostituta que es abordada por un hombre asqueroso que solicita sus servicios, el tema funciona como un comentario sobre la indiferencia social y la normalización de estas realidades urbanas, revelando lo que ocurre “por aquí” cuando se esconde el sol, cerrando de la misma forma como empezó. Finalmente, ‘From the Ritz to the Rubble’ mantiene la energía de las guitarras y vuelve a temas más superficiales, como el despertar confuso después de una noche de excesos, cerrando el bloque con ironía y velocidad.
La división del álbum en tres apartados no es una decisión editorial, sino una elección consciente de la banda. En la contraportada del disco, las canciones aparecen separadas en bloques, siendo el último uno solo: ‘A Certain Romance’, el tema que cierra este recorrido por la vida nocturna británica.
Esta canción condensa todos los elementos trabajados a lo largo del álbum, convirtiéndose en una conclusión perfecta. Musicalmente, reúne todo lo que hace de este disco uno de los más importantes del siglo: batería vibrante y pesada, riffs veloces, un bajo marcado, pero también melodías memorables y ritmos pegadizos. Todo está ahí.
En lo lírico, Turner adopta una mirada más reflexiva y nostálgica sobre su entorno: la escena juvenil, los códigos de pertenencia y las contradicciones de una generación que se cree especial, pero repite las mismas dinámicas de las anteriores. Observa con ironía a los dickheads, analiza sus actitudes performativas, su necesidad de validación y su relación conflictiva con la identidad de clase y el orgullo local. Al mismo tiempo, hay espacio para el afecto: pese a la violencia, la frustración y el desgaste, Turner expresa un cariño genuino por sus amigos y su comunidad. Esa dualidad entre la crítica y la pertenencia es lo que le da profundidad al cierre.
Dentro del álbum, ‘A Certain Romance’ es la pieza más completa, permitiendo que cada integrante brille en su rol. Tras un disco dominado por la velocidad, el deseo y el conflicto, el tema propone una pausa final para mirar alrededor y reconocer que, pese a todo, existe algo especial dentro de ese mundo fiestero y nocturno.
Con el paso de los años y frente a los recurrentes rumores de separación, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not permanece como un recordatorio del impacto de los Arctic Monkeys en una generación que creció buscando una identidad propia y la encontró en su sonido. Un disco que acompañó ese proceso de descubrimiento colectivo y que, aunque el viaje de la banda pueda acercarse a su final, seguirá siendo imposible de olvidar, igual que su debut.










